CAPÍTULO 9.
MILÁN.
No voy directo a casa. Podría, pero no me apetece. Después de un día como el de hoy, encerrarme solo, no me sirve de nada. Necesito algo de ruido, aunque sea el de la calle o de gente hablando de cosas que no tengan que ver conmigo.
Priscila me ha escrito hace un rato, es común que nos juntemos de vez en cuando. Ya que además de ser mi prima, es mi mejor amiga.
¿Estás libre? Estoy cerca de “La Traviata.” —me ha puesto en el mensaje y le he contestado que sí casi sin pensarlo.
Quedamos en el mismo bar de siempre, el local es pequeño, de esos que no tienen nada especial, pero siempre están llenos. Si alguien pregunta donde puede tomar una copa y relajarse un rato, le dirán que venga aquí.
Cuando llego, Priscila ya está sentada en una de las mesas altas, con una cerveza helada delante y mirando el móvil que deja boca abajo cuando me ve. Lleva su lacio y negro pelo suelto, viste con sus eternos vaqueros oscuros y su blusa roja, siempre tan casual y a la vez tan elegante. Perfecta, si no la conoces.
En cambio, si la conoces como lo hago yo… Todavía no entiendo como pudo graduarse en psicología, esta mujer en vez de cerebro tiene un volcán en erupción. Desde que tengo memoria siempre ha sido así.
—Pensaba que me ibas a decir que no —dice al verme.
—Lo he pensado —sonrío—. Al menos durante medio segundo.
—Parece que vas progresando.
Me siento frente a ella y pido lo mismo que está bebiendo ella y unos snack de bolsa.
—Tienes cara de que el día se ha sido largo —comenta.
—Ha sido más que largo, intenso. Muy intenso.
—Bueno, eso viniendo de ti, puede significar muchas cosas. —Bebe un largo trago de cerveza y me mira analizándome.
—Hoy ha sido un día duro de los de verdad. —No comenta nada. Priscila sabe cuándo preguntar y cuándo no. Es algo que siempre he agradecido.
—¿Sigues igual? —me pregunta—. ¿Con mucho trabajo y muy poco de todo lo demás?
—Más o menos…
—Eso no es una respuesta. Quiero saber si todavía…
—Es la única que tengo ahora mismo. —La corto y ella sonríe de medio lado. Gracias al cielo, mi malhumor nunca la ha intimidado.
—Está bien, solo por hoy y por el intenso día, que parece que has tenido, cambiaré de tema. —Asiento. —Pero desde ya te digo que no siempre será así.
—No lo dudo. Aunque, te puedo decir que estoy bien.
—Pues mi madre dice que te estás convirtiendo en alguien demasiado serio, incluso para ser tú.
—Tu madre habla demasiado. —Bebo de un golpe lo que me queda de la cerveza y alzo la botella en dirección al camarero para pedir otra.
—Y casi siempre tiene razón. —Bebemos en silencio un rato. El bar está lleno, pero no me molesta. Es este tipo de ruido que me ayuda a no pensar.
—Hoy he visto quien es tu nueva compañera, Aurora —dice de repente.
Mi mirada vuelve a ella sin querer.
—¿A sí? ¿Dónde?
—En el hospital. Estaba en la consulta de mi madre en cardiología y os he visto desde la ventana. Habéis salido juntos de su consulta, te iba a saludar, pero en un momento habéis desaparecido. Parece buena chica—Me observa arquear la ceja—. Tranquilo, que no te estoy interrogando ni quiero insinuar nada.
—No lo parece. ¿Solo con verla sabes que es buena chica? —Claro que lo es, pero no lo puede saber por qué no la conoce.
—Solo me parece que es… diferente —añade—. No te mira como las demás.
—Eso lo sé. Es muy profesional y correcta. —No debería de decirlo así, tan contundente, y menos delante de ella, pero tampoco me corrijo. —En planta, funciona bien —continúo—. No se mete donde no le toca, ni tiene complejo de abeja reina.
—¿Quieres decir que tu antigua compañera, era así? —Y ahí está la puya. Se refiere a Dona.
—No saques tu lado profesional conmigo, Priscila. —Esconde su sonrisa tras la botella y bebe otro trago.
—No lo hago. ¿Te cae bien?
—Juntos trabajamos bien.
—Esa no era la pregunta.
—Entonces, no sé cuál es la respuesta.
—Vale, vale. —Se ríe. —No te presiono.
Seguimos hablando de cosas sin importancia. De su trabajo, de un viaje que quiere hacer, de cualquier cosa que no tenga demasiada importancia. Aunque sé que me analiza, estar con ella aquí bebiendo unas cervezas, me relaja.
Justo cuando alzo el brazo para pedir otra ronda, la veo.
Aurora entra en el bar con una mujer, que no conozco. No creo que trabaje en el hospital. Van hablando muy animadas, mi compañera se ríe de algo que la pelirroja acaba de decirle. Aurora está distinta a como la veo en el hospital. Más relajada. Lleva un abrigo gris de paño abierto, un pantalón negro color negro, jersey fino de cuello alto, color crema y botas del mismo color del pantalón. Se ha soltado el pelo, sus ondas caen suavemente sobre sus hombros y durante un segundo, tengo la absurda sensación de estar viendo a la mujer que es de verdad.
Priscila guiada por mi mirada se gira y las ve también.
—Mira —sonríe burlona—. ¿Será casualidad o cosa del destino? —Lo intento, pero no puedo evitar reír ante sus tonterías.
Aurora en ese momento nos ve y se queda quieta, claramente sorprendida de encontrarme aquí. Pasea su mirada de Priscila a mí y noto cómo se le endurece un poco la expresión antes de recomponerse y sonreír. No es un gesto exagerado, pero lo veo.
—Hola —Es ella la que se acerca.—. No sabía que te encontraría por aquí.
—A veces vengo a relajarme un rato —señalo mi cerveza.
Priscila se incorpora un poco en la silla y me mira.
—¿Nos presentas o qué?
—Claro —digo—. Aurora, ella es mi prima Priscila, hija de mi tía Katrin.
Aurora la mira un poquito más de lo normal.
—Encantada de conocerte —dice al final y extiende su mano. —Te pareces mucho a tu madre.
—Igualmente y gracias —responde Priscila con una sonrisa abierta—. ¿Tú trabajas con Milán, no?
—Sí, soy la nueva —ríe Aurora—. Y ella es Giulia —añade, señalando a la mujer que la acompaña—. Es mi nueva amiga y vecina. El es mi jefe, Milán.
#76 en Novela romántica
#29 en Chick lit
doctor y desamor, nueva y bella doctora, corazón roto que sana
Editado: 29.01.2026