Dr. Klein

CAPÍTULO 10.

CAPÍTULO 10.

AURORA.

Salimos del bar como si ninguno tuviera ganas de volver a la realidad tan rápido. No es tarde, tarde, pero se nota que el día ha sido largo porque el cuerpo ya va cansado, es como cuando has estado con la adrenalina arriba y de golpe te la quitan. Giulia va hablando, contando una historia de una vecina que se ha comprado una planta “indestructible” y la ha matado en tres días. Yo me río, pero mi cabeza está en otra parte.

En mi jefe; el doctor Milán Klein.

No dejo de pensar en quien es Milán fuera del hospital. No ha pasado nada extraordinario, solo ha sido tomar una cerveza, una charla normal y un “nos vemos”. Pero su parte relajada, su sonrisa me ha gustado más de lo que debería hacerlo. No debería fijarme en el cómo algo más que un compañero. Menos después de lo que me ha tocado vivir este último año, y aun así, cuando he entrado y lo he visto con Priscila, se me ha quedado una sensación rara en el estómago.

No es que me moleste que tenga vida. Sería absurdo. No lo conozco fuera del hospital, no tengo derecho a nada, ni siquiera a pensarlo. Pero la primera imagen que me ha llegado ha sido esa: Milán con una chica guapa, morena, pelo largo y con pinta de ser segura de sí misma. Priscila es de esas que entran en un sitio y parece que lo dominan. Y yo, de golpe, me he sentido… no sé, fuera de lugar. Como si estuviera invadiendo un lugar que no debía.

Y luego ha sido peor, porque he entendido que no era “una chica”. Era su prima. Y me he sentido tonta por haber pensado lo otro, aunque haya sido durante un segundo.

Giulia me mira de reojo mientras caminamos.

—No me estás escuchando.

—Perdona, es que estoy cansada.

—Ya —dice, como si no se lo creyera—. ¿Te lo has pasado bien?

—Sí. Ha estado bien.

—Tu compañero es… —se para un momento buscando la palabra, y luego suelta una sonrisa—… Está como un tren. Menudo papito lindo —dice en un español que me hace reír.

—¡Giulia!

—¿Qué? Es la verdad. Está para chuparse los dedos, Aurora. Y encima serio, que eso lo empeora todo, seguro que es de los que en la cama te destrozan.

—No me hagas pensar en el de esa forma. —Intento sonar indiferente, pero siento que mis mejillas arden.

—Además, te miraba todo el tiempo…

—No digas tonterías.

—No son tonterías, es una observación. —niego con la cabeza—. Yo observo mucho, te recuerdo que soy periodista.

—Y también hablas mucho ¿No?

—Soy reportera. —Giulia se encoge de hombros y ríe—. Además, me ha caído bien. No habla por hablar. Y cuando lo hace, se nota que no lo hace para quedar bien.

No contesto porque, aunque me dé rabia admitirlo, tiene razón. Milán no es de los que te sueltan cumplidos porque sí. Y hoy, en el bar, cuando le he dado las gracias por haber confiado en mí en quirófano, no me ha hecho un gesto educado y ya. Me ha mirado a los ojos y me lo ha dicho sin dudar. “Me has demostrado que eres una profesional y confío en ti”. Lo ha dicho sin adornos y eso me ha gustado.

—¿Y la chica? —pregunta Giulia, volviendo a lo suyo—. La prima.

—Priscila.

—Guapísima también por dentro y por fuera. Yo he pensado “¿Tiene novia?”, luego he visto tu cara y he dicho “ah, no”. —Me pongo seria sin querer.

—¿Mi cara? ¿Qué cara?

—La de “uy no lo sabía”. Y eso solo ocurre cuando dos sienten que están en la misma página.

—No he puesto ninguna cara.

—Aurora, por favor —dice, empujándome con el hombro—. No pasa nada, eres humana. Y además ha sido gracioso porque luego has visto que era su prima y se te ha bajado el drama al segundo.

—No tenía ningún drama.

—Claro, claro. —Sigue riendo—. Niégalo hasta que te lo creas.

Me río al final porque si no, me enfado. Y no quiero enfadarme por algo que no tiene sentido. Giulia es así, directa, sin filtro, y a veces viene bien porque te baja a tierra.

Subimos a casa y nos despedimos ya en nuestro el rellano. Ella entra en su piso y yo en el mío.

En cuanto cierro la puerta, el silencio junto al cansancio se me caen encima.

Me quito los zapatos, dejo el bolso en el sofá y voy directa a la cocina. Abro la nevera y la cierro sin coger nada, porque no tengo hambre. Lo que tengo es cansancio y… estoy un poco de nerviosa, qué tonta. Las palabras de Giulia han conseguido despertar una curiosidad diferente sobre mi jefe en mí.

Me apoyo en la encimera y respiro.

Pienso en estos días. En urgencias, en el ascensor, en la sala de operaciones. En ese segundo en el que Milán se apoyó en la pared, en nuestro abrazo. Aun con mil cosas recayendo sobre su espalda, sigue adelante como si no pudiera permitirse flojear nunca.

Y luego, en como lo he visto en el bar. Verlo reír abiertamente y escucharlo hablar de cosas que no son trabajo con Priscila, con Giulia, conmigo. He visto al humano y me ha gustado tanto como el médico.

Me molesta que eso me haya removido. Después de lo que pasó en Verona, no puedo permitirme que vuelva a pasar. No porque sea él, sino porque yo he venido aquí a trabajar, a demostrarme que soy válida sin depender de nadie, sin historias alrededor.

Cierro los ojos para dejar de pensar y de repente me encuentro pensando en lo atractivo que se veía con esa camisa. En sí es cierto lo que dice mi vecina, y me ha mirado un poco de más. Y si en la cama…

Me doy cuenta de lo que estoy pensando y me digo mentalmente: “Aurora, céntrate”.

Me voy al baño, me quito el maquillaje rápido y me recojo el pelo. Me miro al espejo y veo la cara de alguien que ha aguantado un día duro. Eso es lo importante, lo demás son solo tonterías.

Vuelvo al salón, cojo el móvil y miro la hora. No es tarde. Puedo llamar a mi madre, todavía no están durmiendo.

El nombre de Marco, se me cruza por la cabeza sin querer. Y ahí sí que noto como me tenso.

Respiro y llamo.

—Hola, cariño. —Mi madre responde rápido.—¿Cómo estás?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.