Dr. Klein

CAPÍTULO 11.

CAPÍTULO 11.

MILÁN.

La mañana arranca en ese punto incómodo en el que todavía no ha explotado del todo, pero ya se intuye que no va a ser tranquila.

He llegado antes para acabar de revisar algunos informes, tomo asiento con el café aún caliente, sin prestarles toda la atención que debería.

Mi cabeza va y viene. Encontrarme con Aurora fuera del hospital fue... Digamos, refrescante. Ahora solo falta que Priscila no me saque de quicio, porque ayer, cuando Aurora se me acercó y me hablo así, con esa confianza, le noté en la mirada ese brillo curioso que no augura nada bueno.

Termino de beberme el café mientras, intento olvidarme de mi compalera y organizo mentalmente lo que viene después: una reunión rápida con enfermería para repasar los ingresos de la noche, ver qué pacientes necesitan prioridad real hoy y decidir dónde habrá que reforzar turnos.

Antes de levantarme de la mesa, para ir en busca de Aurora para organizarnos, suena el teléfono.

—¿Doctor Klein? —pregunta una voz masculina, desde el otro lado de la línea.

—Sí, el mismo.

—Soy el doctor Salviati, del comité organizador de la Convención Nacional de Cardiología Clínica. Llamo para hablar con usted sobre la próxima edición. Tenemos entendido que su hospital es un referente en cardiología. —Ya sé por dónde va esto. Todos los años aparece una llamada parecida, con distintos nombres y las mismas complicaciones de fondo. —Queríamos confirmar si el Hospital Central Klein podría acogerla este año —continúa—. La propuesta sería utilizar la sala de conferencias principal y varias aulas para sesiones clínicas, mesas redondas y presentaciones de casos.

—¿En qué fechas? —pregunto, apoyándome en el respaldo de la silla.

Según dice será en un par de meses. No es inmediato, pero tampoco es una fecha que quede tan lejos como para relajarse.

—La idea —añade— como antes he mencionado, es dar bastante peso al área de cardiología, tanto en ponencias como en casos prácticos. Su hospital encaja muy bien con el perfil que buscamos.

—Etiendo... hagamos algo, envíeme la propuesta completa —respondo—. La revisaremos con dirección está misma semana y valoraremos si es viable.

—Perfecto. En breve le llegará toda la documentación. También me gustaría informarle de que nos gustaría contar con usted como parte del comité clínico.

—Gracias por pensar en mí. Pero en todo caso, eso lo hablaríamos después de que la junta de dirección decida algo.

—Quedo pendiente de recibir su respuesta, Dr. Klein.

—Antes de que acabe la semana intentaré hacérsela llegar. Gracias por pensar en nosotros.

Cuelgo y me quedo unos segundos mirando la pantalla sin hacer nada. No me molesta la convención en sí, el hospital puede asumirla. Lo que incomoda es todo lo que suele arrastrar: reuniones interminables, decisiones que no siempre tienen que ver con la medicina, demasiada gente opinando desde los despachos que no pisan una planta. Y... Personas con las que no me apetece volverme a encontrar...

Dejo el tema en pausa y salgo del despacho. Llego justo a tiempo a la reunión con enfermería.

La sala está medio llena. Aurora ya está en la sala, al verme entrar sonríe a modo de saludo y de forma automática le devuelvo la sonrisa.

Repasamos ingresos, pacientes que han empeorado durante la noche y los que, aunque hacen ruido, pueden esperar. Todo es rápido y práctico. Aurora está sentada a mi derecha, con una tablet apoyada en la mesa. Escucha, pregunta y aporta sin imponerse.

En quince minutos está todo decidido.

Al salir, coincidimos de nuevo en el pasillo.

—¿Vas a subir a planta o a consultas? —me pregunta.

—Planta primero.

—Yo también, te acompaño —dice, y echa a andar a mi lado.

Caminamos unos metros en silencio, hasta que retomo lo de antes.

—Me han llamado esta mañana —le comento—. Por la convención internacional de cardiología. Este año han valorado hacerla aquí.

—Ajá —responde—. Supongo que para vosotros tiene que ser una decisión difícil. Es económicamente favorable y da mucho más prestigio, pero eso remueve bastante un hospital.

—Y lamentablemente no solo durante esos días.

—Si se hace aquí, habrá que coordinar muy bien la actividad clínica —dice—. Para que no interfiera con el trabajo diario.

—Eso es lo que más me preocupa. Estamos casi al límite. Mi padre sigue contratando gente, incluso mi abuelo lo ayuda con la dirección alguna vez, sobre todo desde que hemos inaugurado el ala nueva de Oncología.

Aurora asiente, como si ya estuviera viendo el calendario lleno de marcas.

—¿Te han pedido implicarte directamente? —asiento —¿Ser ponente?

—Sí. A nivel organizativo y en la parte clínica.

—Entonces, si decidís dar luz verde, habrá que filtrar bien qué es lo que se presenta —añade—. No todo lo que queda bien en una ponencia es realmente útil.

—Eso es —respondo—. Por eso quería comentarlo contigo. Si sale adelante, necesitaré ayuda con esa selección. Casos, tiempos, prioridades reales. Y...

No lo digo como ponerla a prueba ni como una carga. Lo digo porque me gusta como trabaja y... tiene sentido ¿No?

—Sí, Klein. No hace falta que me preguntes. Yo puedo ayudarte con eso —sonríe—. Siempre que esté bien definido y me invites a café.

—Muchas gracias. No pides demasiado.

Seguimos caminando.

—De nada. Serán muchos cafés. Estas cosas, quitan tiempo y desgastan más de lo que parece —dice—. No por el trabajo, sino porque te sacan del foco de lo que de verdad importa.

—Exactamente.

Llegamos a una bifurcación del pasillo. Ella tiene que ir hacia sus consultas y yo seguir subiendo, pero se detiene un segundo.

—Cuando te llegue la documentación —dice—, avísame. Si quieres le podemos echar un ojo juntos con calma.

—Hecho.

Nos separamos y continúo con el largo día. Consultas, llamadas, decisiones rápidas. En más de una ocasión me sorprendo pensando en la convención, en lo que implica y en cómo encajarla sin que el hospital se resienta.




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