Dr. Klein

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 13.

MILÁN

La reunión la organizo enseguida con la ayuda de mi padre. En la sala solo hay gente que trabaja con nosotros desde hace años, de los de siempre, así que nadie necesita presentaciones. Cuando entro, mi padre está sentado al fondo, con las manos apoyadas en la mesa. Katrin tiene varios documentos delante, subrayados y doblados. Frank llega detrás de mí con el café en la mano, como si esto fuera una charla cualquiera y no algo que puede complicarnos bastante más de lo que parece. Le da un beso a su esposa, mi tía Katrin y toma asiento.

—Milán que gusto verte. Pensaba que no ibas a venir —dice Frank al verme—. Últimamente no se te ve mucho en las reuniones de dirección.

—Estoy aquí ahora —respondo mientras bebo un sorbo de la botella agua que tengo delante.

—Sí, hoy —contesta—. Pero llevas semanas desaparecido.

No lo dice como reproche. Mi tío Frank nunca lo hace. Es más bien un dato, de esos que no buscan respuesta.

No espero a que nadie pregunte el porqué de la reunión.

—Yo mismo he pedido que nos reunamos —digo—. Porque me han llamado esta mañana Del comité organizador de la Convención Nacional de Cardiología Clínica.

Katrin deja los papeles y levanta la vista.

—¿A ti? —No lo pregunta molesta, sino sorprendida, porque los dueños del hospital son ella y mi padre.

—A mí —respondo sonriendo para molestarla—. La cuestión es que están valorando hacerla aquí.

Frank silba despacio.

—Eso no es poca cosa.

—No —digo—. Y tampoco es algo que se pueda decidir rápido ni a la ligera.

Empiezo a explicar lo que me han planteado el correo que he recibido. Fechas aproximadas, número de asistentes, uso de la sala de conferencias principal y varias aulas para sesiones clínicas y mesas redondas. Movimiento constante de gente de fuera, presión añadida para todos los servicios y una exposición que no siempre es tan positiva como parece desde fuera. No lo adorno, lo cuento tal cual es.

—Cardiología tendría bastante peso —añado—. Es uno de los motivos por los que nos han llamado.

—Eso significa añadir más presión en planta —dice Katrin—. Y ya vamos bastante justos.

—Por eso queríamos hablarlo con todos —interrumpe mi padre—. No quiero aceptar algo que luego no podamos sostener.

Uno de los médicos presentes, El viejo Ernest, del área de gestión, interviene con prudencia.

—Una convención así no son solo esos días —dice—. Es preparación previa, selección de casos, coordinación con servicios, personal, horarios… y alguien que esté encima de todo eso.

—Exacto —asiento—. Y ahí es donde está el verdadero problema.

Frank me observa unos segundos antes de hablar.

—Tú ya llevas bastante encima, el área de cirugía cardiológica es de las más extensas del hospital.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué te lo estás planteando? —pregunta Katrin, sin rodeos.

Me recuesto un poco en la silla antes de responder.

—Porque si al final se acepta, la carga no la llevaría yo solo.

Hay un silencio breve, expectante.

—Explícate —dice mi padre.

—Si aceptamos la convención —continúo—, yo puedo encargarme de la parte quirúrgica y clínica, pero la organización no puede recaer solo en mí. Casos, tiempos, prioridades reales… todo eso necesita a alguien más que esté encima desde el principio junto a mí.

—¿Y lo tienes? —pregunta Frank.

—Sí —respondo—. Lo he hablado con la doctora Bianchi.

Durante un segundo nadie dice nada.

—¿Con la doctora Bianchi? —pregunta uno de los médicos.

—Sí —respondo—. Con ella, con Aurora Bianchi.

El mismo médico frunce ligeramente el ceño.

—Parece una buena profesional —dice—, no lo discuto. Pero organizar algo así no es cosa de poco.

—No lo es —contesto—. Por eso se lo planteé con mucha claridad. Le expliqué lo que implicaría y me dijo que sí, que podía contar con ella.

—¿Así, sin más? —pregunta otro—. No quiero parecer desconfiado, pero hablamos de alguien que llegó hace poco y…

—No llegó ayer —interviene Katrin, con calma—. Yo no la conozco en profundidad, pero lo poco que he visto me ha bastado para saber que trabaja muy bien. De hecho, bastante mejor que muchos en su área.

El ambiente cambia un poco. No se vuelve tenso, pero sí más serio.

—No es por eso —añade el médico—. Es que ya sabéis cómo son estas cosas. Siempre se escuchan rumores.

—¿Qué rumores? —pregunto.

—Que salió de Verona de una forma bastante precipitada —dice—. Y que allí estaba donde estaba por su relación con el director del hospital. No precisamente por sus propios méritos.

La frase me provoca una punzada incómoda, breve pero clara. No porque me sorprenda que existan ese tipo de comentarios, sino porque me molesta más de lo que esperaba escucharlos en esta mesa, en este contexto y sobre ella.

—Eso no sabes si es cierto —dice Katrin sin alzar la voz—. Y además, lo poco que la he tratado me ha demostrado que no ha llegado hasta donde está por nadie que no sea ella misma.

—No estoy diciendo que sea verdad —se justifica—. Digo que es lo que se comenta en los pasillos.

—En los pasillos solo se comentan tonterías —respondo—. Y estoy seguro de que los que comentan, no han trabajado con ella, ni ninguna tienen que ver con su trabajo.

Frank apoya el café en la mesa.

—Si empezamos a tomar decisiones dejándonos llevar por rumores, cerramos el hospital —dice—. Yo he trabajado con gente mediocre con currículums brillantes y con auténticos profesionales a los que nadie daba un duro.

—Además —añade Katrin—, si hubiera algo que me hiciera dudar de su capacidad, no estaría aquí apoyando que participe en algo así. —El médico asiente.

—Solo quería plantearlo —dice algo más tranquilo—. Si va a tener un papel importante, mejor despejar dudas desde el principio.

—Las dudas se despejan trabajando —respondo—. Y hasta ahora, la doctora Bianchi ha demostrado que sabe lo que hace.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.