Dr. Klein

CAPÍTULO 10-B

CAPÍTULO 10-B.

AURORA.

—Mamá…

—Tranquila —se adelanta—. No le he dado tu número, sabes que te dije que no lo haría.

—¿Y entonces por qué me lo cuentas? —Pregunto un poco más seca de lo que debería, sin querer. —No quiero saber nada de ese hombre.

—Porque ese hombre como tú dices, parece desesperado por localizarte, dice que necesita urgentemente hablar contigo. Y yo ya no sé qué hacer.

—Claro. —Suelto una risa sin humor —. Siempre es lo que él necesita. Mamá, aunque pueda parecer que Marco es un corderito indefenso, no es así. Te lo aseguro. —Mi madre suspira.

—¿Y como se supone que sepa como es? ¿Nunca nos contarás que fue lo que pasó para que lo abandonases todo de la noche a la mañana, verdad?

—Mamá, no es que no quiera contarlo. Simplemente, no me resulta fácil hablar de ello, y menos con vosotros, es algo humillante. Prefiero dejar el pasado donde está. Ya no se puede cambiar y ahora soy feliz.

—De acuerdo. Pero no me parece justo que nos mantengas al margen. Tu hermano insiste en que lo mejor ha sido alejarte, pero yo no lo entiendo y tu padre tampoco. —Estoy segura de que Antón sí sabe todo lo que pasó en esa gala. Algunos amigos suyos estaban allí, pero tambien sé que está esperando a que sea yo quién se lo cuente—. Nos conformamos con saber que estás bien, aunque no entendamos que es lo que pudo hacer Marco tan grave como para que desaparecieras de su vida sin dejar rastro.

—Por favor… No os pido que lo entendáis, solo que respetéis mi decisión.

—Y lo hacemos. No lo dudes ni por un momento, pero nos cuesta no dejar de pensar.

—Mamá… —Suspiro. —Voy a decirte algo de lo que pasó con Marco. ÉL me engañó, y no solo hablo de infidelidad, ojalá solo fuera eso —respondo, en un tono más triste de lo normal, supongo que debido al cansancio.

—Lamento mucho escuchar eso, pero lo sospechaba. Y déjame decirte que el que sale perdiendo es él. Si te apetece hablar de ello, o de lo otro, sea lo que sea que pasó, ven a casa a comer el domingo. Sabes que tú eres lo primero para nosotros y que aquí estamos para lo que necesites. Te vendrá bien pasar un día en familia.

—El domingo, iré a veros. Dile a papá que no compre entradas para el fútbol. —Intento quitar hierro al asunto.

—Aurora… —su voz se ablanda—. No sé qué más fue lo que te hizo Marco además de engañarte, ya que solo eso es lo suficientemente grave. Pero, por favor, no nos vuelvas a dejar al margen. Nosotros también estábamos sufriendo con esta incertidumbre. Imagina lo que suponía para nosotros atenderlo en cada llamada sin saber qué ocurrió realmente. Nos dejaba sin saber cómo tratarlo: si debíamos apartarnos o seguir siendo correctos con él.

—Lo lamento, no lo había pensado así.

—Y yo lamento si hablar de él, te ha removido. No era mi intención, pero entiende nuestra postura.

—Me molesta —admito—. Pero no por ti mamá. Por Marco, porque para él, no ha pasado nada. O al menos, eso parece. Cree que tiene derecho a volver a entrar en mi vida sin consecuencias y no es así. No lo quiero cerca, yo soy una mujer, no un juguete que puede manejar a su antojo.

—Me alegro de escucharte decir eso, porque hija mía, tú vales oro.

—Gracias mamá …

—¿Qué vas a cenar? —Mi madre cambia de tema con cuidado. Me pregunta por el piso, por Giulia, por si he comido bien. Le cuento lo del bar sin entrar en detalles. Le digo que he salido a tomar algo con gente del hospital y mi vecina, para despejarme.

—Eso está bien —dice—. No te encierres.

—No me estoy encerrando.

—Ya, pero tú eres así, tu mundo es el hospital y tus pacientes. —No lo niego—. Debes socializar hija, eso también es necesario.

—Creo que con mi nueva vecina no podre encerrarme demasiado.

—No la conozco, pero esa chica, ya me cae bien.

—Seguro que sí. Es buena chica.

Hablamos un rato más de cosas normales. De la familia, de Antón y Marcela, parece que esta vez va en serio con una chica. Del día a día hasta que noto que el cuerpo me pide cama.

—Voy a tener que colgar, que mañana madrugo.

—Sí. Descansa, cariño. Ya es tarde.

—Tú también. Y gracias por entenderme.

—Siempre. Te espero el domingo.

Cuelgo y dejo el móvil boca abajo, como si así también pudiera dejar el tema debajo.

Me quedo unos segundos en silencio. Luego apago luces, voy al dormitorio y me meto en la cama sin pensar demasiado. Me doy la vuelta, acomodo la almohada y cierro los ojos.

Y justo cuando parece que por fin voy a desconectar, se me cuela una imagen ridícula: Milán mirándome en el bar, serio, diciendo que confía en mí. Como si fuera lo más normal, como si yo estuviera acostumbrada a que me lo digan…

Me enfado conmigo misma, por no haber creído en mí en su día, en lo que valgo, pero me dura poco. Estoy cansada. Y hoy, por lo menos, hoy he tenido un día de esos que valen la pena.

Mañana volveré al hospital. Volverán los pasillos, las prisas, los pacientes, la rutina.

Y yo volveré a mi sitio.

Y, si puede ser, sin dar tantas vueltas a mi cabeza por un hombre que, en teoría, solo es mi compañero de trabajo.

Aunque se me haga cada día un poco más difícil.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.