Draconos

Parte 2: Una espada de verdad

Algo debió pasar por la cabeza de Draconos que le impulsó a plantarle cara a aquella temible criatura. Sujetaba con la mano derecha su espada ya algo desgastaba mientras todos los que estaban allí en aquella pequeña plaza le miraban sorprendidos por su impetuosa valentía, Helen tambien estaba allí y no pudo evitar agarrar a Draconos.

    -¡Draconos! -Exclamaba convirtiendose en el centro de las miradas- ¡Alejate de inmediato! -añadió agitada.

Draconos hizo caso omiso, seguía enfrentado cara a cara con aquel monstruo con aspecto de lobo, estaban a una distancia de aproximadamente un metro, quietos, enfrentandose con la mirada, Draconos no bajaba la guardia en ningun momento y el gran lobo se puso en postura ofensiva.

En ese momento embistió a Draconos contra una pared y a causa del impacto quedó aturdido sobre el suelo, se había dado un golpe muy brusco
En un abrir y cerrar de ojos Draconos pudo sacar fuerza de su interior para levantarse, y tuvo la valentía de lanzarse contra el monstruo y clavandole aquella espada de madera en el torso hasta atravesar su corazón.

La sangre corría sobre los adoquines del pavimento calle abajo mientras todos aclamaban a Draconos, ese día marcaría un antes y un despues en la vida del joven muchacho, pero el no lo sabía.

Al rato un hombre armado se le acercó y le dijo:
    -¡Eso ha sido increible muchacho!-
    -Yo solo he hecho lo que había de hacer, -contestaba- lo que cualquiera deberia haber hecho, defenderme y defender al resto de ciudadanos.
    -Me dejas aún más asombrado por tus palabras -contestaba el soldado- has salvado a la ciudad de las fauces de esa fiera, puedes pedirnos lo que necesites.
    -Quiero la mejor espada que puedan hacerme
El armero se arrodillo ante el muchacho mostrandole respeto
-Ven conmigo después a la herrería-le dijo a Draconos


Draconos se acercó algo más tarde a la herrería, nunca había estado, le fascinó ver todo aquello, las armaduras, las espadas, las lanzas, le encantaba todo lo que tuviera que ver con el arte de la lucha.
-Toma -dijo- esta es Isil, mi propia espada, te la entrego como muestra de respeto y agradecimiento por tu valeroso acto.
-¡Vaya! -exclamó Draconos, estaba tan entusiasmado o más que cuando le regalaron la espada de madera por su cumpleaños. 

-¡Esta es una de verdad! -agregó con un brillo especial en sus ojos, algo le hacía pensar que había venido al mundo a pelear, era algo que de niño le daba miedo pero que practicando y practicando cada vez iba cogiendo más práctica y lo disfrutaba realmente.

-Por supuesto que lo es -dijo el armero- esta espada ha abatido a muchos enemigos, ten cuidado con ella, está muy afilada.
-La cuidaré como nadie -contestó Draconos-¡Ah!, ¿Cómo te llamas?
-Mi nombre es Brägos -contestó el armero- no se si lo sabrás pero bueno... yo soy el que se encarga de la forja de armas junto al herrero de la ciudad, si necesitas algo no dudes en acudir a mi-
-¡De acuerdo!, ¡Hasta pronto! -concluyó Draconos mientras se iba alejando.

Draconos se acercó corriendo hacia Helen y le dijo
-¡Mira! -el armero me ha regalado esta espada-
-¡Estás castigado! -exclamó Ewan. Ewan se encargaba del muchacho durante la ausencia de su Padre, y a menudo estaba disgustada porque Draconos era como un torbellino en persona y no le daba tregua.
-¿Tu no sabes lo que te podía haber pasado?-
-Pero... ¡padre me entrena siempre para la guerra!
-¡No hay excusas! -dijo Ewan con enfado
-De acuerdo, lo siento -dijo el joven con cierta resignación y cabizbajo- perdoname no lo volveré a hacer...
 




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