Antes de que existiera el primer amanecer, antes de que hubiera piedra o mar, árbol o viento, antes incluso de que el concepto de tiempo tuviera forma en el pensamiento de alguna criatura, existía únicamente el Caos.
No era oscuridad, pues la oscuridad requiere de algo contra lo que contrastar. No era silencio, pues el silencio presupone la ausencia de un sonido que alguna vez existió. No era vacío, porque el vacío es la ausencia de algo que podría estar allí, y en el Caos no había nada que pudiera estar ausente porque no había nada que pudiera estar presente. Era una paradoja viva: un latido sin corazón, una respiración sin pulmones, una voluntad sin dirección.
El Caos era todo y nada al mismo tiempo. Una vastedad sin forma. Una energía sin propósito. Quienes más tarde estudiarían los orígenes del cosmos intentarían ponerle nombre, pero todos los nombres fallaban. Algunos lo llamaron la Fuente Primordial. Otros, el Sueño Eterno. Los más sabios simplemente decían "el Caos" y dejaban que la palabra flotara en el aire como un recordatorio de que hay cosas que no pueden ser atrapadas por el lenguaje.
Y en esa eternidad sin medida, el Caos quiso.
Fue el primer acto de voluntad en la historia de lo que aún no tenía historia. No se parecía a nada, porque no había nada con lo que compararlo. No fue acompañado de sonido, de luz ni de movimiento, porque el sonido, la luz y el movimiento aún no existían. Fue, simplemente, una decisión que cambió el carácter mismo del vacío: el Caos dejó de ser un campo dormido y se convirtió en un campo con un punto. Como si un océano sin mareas hubiera decidido, en un instante único, que en uno de sus rincones brotara una ola.
Los sabios de Draxcan, siglos después, debatirían interminablemente sobre la naturaleza de ese primer querer. ¿Fue un acto consciente? ¿Un impulso ciego? ¿Tuvo el Caos la intención de crear, o simplemente no pudo evitar ser lo que era? Los sacerdotes del templo de Ian enseñaban que el Caos era como un jardinero que planta una semilla sin saber qué árbol crecerá. Los seguidores de la herejía de la oscuridad, en cambio, sostenían que el Caos era como un herrero que forja un arma sin saber en qué mano caerá.
Ambos se equivocaban. Y ambos tenían razón. Porque el Caos era las dos cosas a la vez: el sembrador que ignora la cosecha y el herrero que ignora al guerrero. Era movimiento sin dirección, y la dirección solo se conocería después de que el movimiento hubiera terminado.
Nadie sabrá jamás cuántos eones transcurrieron entre ese primer querer y el momento en que la voluntad del Caos tomó forma. Quizás fue un instante. Quizás fue más tiempo del que cualquier mente mortal podría concebir. Lo único cierto es que, mientras el Caos sostenía su voluntad como quien sostiene una antorcha en la oscuridad, el vacío a su alrededor empezó a estremecerse. Primero fue un temblor sutil, como el de una superficie de agua antes de la primera gota. Después fue un fragor que no era fragor, porque el sonido aún no existía. Por último, fue un rompimiento, un desgarrarse de la nada en tres direcciones simultáneas, como si una sola semilla hubiera estallado en tres raíces a la vez.
De las profundidades insondables de sí mismo, el Caos dio a luz a tres seres de poder absoluto: los Primogénitos.
Pero el Caos no los creó para que fueran felices. Los creó para que fueran necesarios. Los creó sabiendo que cada uno contendría la semilla de su propia tragedia, y los creó de todos modos. Porque una creación sin tragedia es un adorno sin peso, y un adorno sin peso se lo lleva el primer viento.
El primero en manifestarse fue Líonex, encarnación de la Creación.
Su nacimiento no fue silencioso. Cuando Líonex abrió los ojos por primera vez, el vacío primordial se llenó de luz dorada, no la luz que los mortales conocen hoy, sino una luz más antigua y más densa, hecha de posibilidades en lugar de fotones. La luz llenó el vacío como el agua llena un cántaro roto: por todas las grietas, por todos los resquicios, sin encontrar un solo rincón donde no pudiera llegar. Su forma era la de un titán envuelto en esa misma luz, con ojos que ardían como soles recién nacidos y una voz que resonaba como el primer trueno del mundo. Y cuando esa voz salió de su garganta, fue la primera vez que el silencio del Caos se quebró desde adentro.
Cada vez que Líonex extendía las manos, la nada se convertía en algo, y ese algo era siempre hermoso, siempre lleno de vida potencial. Donde sus dedos se rozaban, nacían nebulosas; donde su aliento tocaba el vacío, aparecían soles azules como heridas frescas; donde su mirada se posaba, quedaban constelaciones nuevas marcadas sobre la piel del cosmos, aún sin bautizar. Podía crear una montaña con un suspiro y un océano con una mirada. Podía tejer galaxias enteras con los dedos, como un artesano teje una alfombra. Y cada creación, al nacer, le devolvía a Líonex una mirada de asombro: la de quien no sabe que ha sido hecho, y por eso se admira a sí mismo como si fuera un prodigio.
Era la representación del bien absoluto del Caos, la cara luminosa de una moneda cósmica. Pero no era "bueno" en el sentido moral que los humanos darían a esa palabra. Era bueno en el sentido más primitivo: era lo que hacía que las cosas existieran. Y la existencia, por sí misma, era un acto de bondad cósmica. Las cosas no pedían nacer; nacer era ya su regalo. Morir llegaría después, traído por manos distintas a las suyas.
Sin embargo, Líonex llevaba dentro una semilla de duda que el Caos había plantado en su corazón sin que él lo supiera. Una semilla tan pequeña que ningún poder del cosmos habría podido verla, y aun así tan pesada que bastaba con su peso para inclinar todo el árbol. Esa duda era simple pero devastadora: si la creación era su propósito, ¿qué quedaría de él cuando todo estuviera creado? ¿Se desvanecería como un sueño al despertar, dejando solo un eco en las memorias de quienes había hecho? ¿O acaso la creación nunca terminaría, y él estaría condenado a crear por toda la eternidad, sin descanso, sin paz, sin la posibilidad de un solo instante en que pudiera mirar su obra terminada y decir: basta?