Draxcan: El Caos Despierta

Capítulo I: El Caos y Sus Hijos

Antes de que existiera el primer amanecer, antes de que hubiera piedra o mar, árbol o viento, antes incluso de que el concepto de tiempo tuviera forma en el pensamiento de alguna criatura, existía únicamente el Caos.

No era oscuridad, pues la oscuridad requiere de algo contra lo que contrastar. No era silencio, pues el silencio presupone la ausencia de un sonido que alguna vez existió. No era vacío, porque el vacío es la ausencia de algo que podría estar allí, y en el Caos no había nada que pudiera estar ausente porque no había nada que pudiera estar presente. Era una paradoja viva, un latido sin corazón, una respiración sin pulmones.

El Caos era simplemente todo y nada al mismo tiempo: una vastedad sin forma, una energía sin propósito, una voluntad sin dirección. Y sin embargo —y este es el primer axioma que los arcanos de Draxcan descifrarían milenios después— el Caos no era arbitrario. Operaba bajo tres leyes que ni siquiera él mismo podía quebrantar, pues eran la sustancia misma de su existencia: la Ley de la Voluntad, que exigía que todo acto de creación naciera de un deseo genuino; la Ley del Contraste, que dictaba que nada podía existir sin su opuesto; y la Ley del Coste, la más cruel de todas, que establecía que toda creación debía ser pagada con una porción equivalente del creador.

Quienes más tarde estudiarían los orígenes del cosmos intentarían ponerle nombre, pero todos los nombres fallaban. Algunos lo llamaron la Fuente Primordial. Otros, el Sueño Eterno. Los más sabios simplemente decían "el Caos" y dejaban que la palabra flotara en el aire como un recordatorio de que hay cosas que no pueden ser atrapadas por el lenguaje.

Y en esa eternidad sin medida, el Caos quiso.

El Despertar de la Voluntad

Los sabios de Draxcan, siglos después, debatirían interminablemente sobre la naturaleza de ese primer querer. ¿Fue un acto consciente? ¿Fue un impulso ciego? ¿Tuvo el Caos la intención de crear, o simplemente no pudo evitar ser lo que era?

Los sacerdotes del templo de Ian enseñaban que el Caos era como un jardinero que planta una semilla sin saber qué árbol crecerá. Los seguidores de la herejía de la oscuridad, en cambio, decían que el Caos era como un herrero que forja un arma sin saber en qué mano caerá. Los teólogos de la Escuela de Equimio —los pocos que sobrevivieron a las purgas de la Segunda Era— sostenían una verdad más incómoda: que el Caos no era ni jardinero ni herrero, sino un jugador que arroja los dados sabiendo que, tarde o temprano, la casa siempre gana.

Ambos se equivocaban. Y ambos tenían razón.

Nadie sabe cuántos eones transcurrieron entre ese primer querer y el momento en que la voluntad del Caos tomó forma. Quizás fue un instante. Quizás fue más tiempo del que cualquier mente mortal podría concebir. Lo cierto es que de las profundidades insondables de sí mismo, el Caos dio a luz a tres seres de poder absoluto: los Primogénitos.

Pero el Caos no los creó para que fueran felices. Los creó para que fueran necesarios. Y en esa necesidad yacía la semilla de todo el sufrimiento que vendría después.

Líonex, el Señor de la Creación

El primero en manifestarse fue Líonex, encarnación de la Creación.

Su nacimiento no fue un evento silencioso. Cuando Líonex abrió los ojos por primera vez, el vacío primordial se llenó de luz dorada, no la luz que los mortales conocen hoy, sino una luz más antigua y más densa, hecha de posibilidades en lugar de fotones. Su forma era la de un titán envuelto en esa misma luz, con ojos que ardían como soles recién nacidos y una voz que resonaba como el primer trueno del mundo. Cada vez que Líonex extendía sus manos, la nada se convertía en algo, y ese algo era siempre hermoso, siempre lleno de vida potencial. Podía crear una montaña con un suspiro y un océano con una mirada. Podía tejer galaxias completas con los dedos, como un artesano teje una alfombra.

Era la representación del bien absoluto del Caos, la cara luminosa de una moneda cósmica. Pero no era "bueno" en el sentido moral que los humanos darían a esa palabra. Era bueno en el sentido más primitivo: era lo que hacía que las cosas existieran. Y la existencia, por sí misma, era un acto de bondad cósmica.

Sin embargo, Líonex llevaba dentro una semilla de duda que el Caos había plantado en su corazón sin que él lo supiera. No era solo la angustia existencial de un dios que se pregunta su propósito; era algo más profundo, más visceral, arraigado en la Ley del Coste. Cada estrella que Líonex encendía consumía una fracción de su esencia. Cada mundo que moldeaba lo hacía un poco más ligero, un poco menos sustancial. Si la creación era su propósito, ¿qué quedaría de él cuando todo estuviera creado? ¿Se desvanecería como un sueño al despertar? ¿O acaso la creación nunca terminaría, y él estaría condenado a crear por toda la eternidad, pagando con su propia sustancia cada nuevo amanecer, sin descanso, sin paz?

Esa duda, alimentada durante eones, no solo lo convertiría en el más trágico de los Primogénitos. Lo convertiría en el primer prisionero del sistema que él mismo ayudaría a construir: un dios glorioso y terrible, condenado a pagar el precio de la existencia con pedazos de su propio ser.

Alatroz, el Señor de la Destrucción

El segundo en nacer fue Alatroz, encarnación de la Destrucción.

Donde Líonex irradiaba luz, Alatroz la consumía. Su nacimiento fue más silencioso, más contenido, como si el vacío mismo contuviera la respiración. Su cuerpo era como una sombra viva, densa y profunda, que se movía con la gracia amenazante de una tormenta en el horizonte. Sus ojos eran dos abismos de color carmesí que observaban todo con una frialdad calculadora. No tenía la belleza radiante de Líonex, pero poseía una belleza diferente: la de un acero recién forjado, la de un abismo que promete respuestas que nadie quiere escuchar.




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