Draxcan: El Despertar de Darmir

Capítulo XI: El Consejo de Guerra

El sol aún no había salido cuando los cuatro generales partieron de Draxcan. Las puertas del castillo se abrieron con un chirrido metálico que resonó en la explanada vacía, y la caballería imperial desfiló hacia el sur en formación cerrada, con los emblemas del Reino brillando bajo la luz de las antorchas que aún ardían en las almenas. El viento frío de la madrugada azotaba los rostros de los soldados, y el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado era el único ruido que rompía el silencio de la noche.

Seraphine iba al frente, con su armadura de comandante reluciente y su caballo negro pisando firme. A su derecha, Elroan el elfo, con su cabello plateado recogido en una coleta y sus ojos amarillos escudriñando el horizonte como si pudiera ver más allá de lo que los humanos percibían. A su izquierda, Aldric el mago, con su túnica azul oscuro y su bastón de ébano sujeto firmemente en la mano enguantada, los dedos brillando con un tenue resplandor mágico que indicaba que mantenía un hechizo de detección activo. Detrás, Marcus el humano, con su prótesis de hierro envuelta en cuero para que no chirriara tanto, su caballo viejo y terco avanzando con paso seguro y su mirada fija en el camino, como si pudiera ver a través de la tierra lo que se escondía más adelante.

La noche anterior, Tilio los había reunido en la sala de estrategias por última vez. No había habido discursos grandilocuentes ni juramentos dramáticos. Solo mapas, y cifras, y el peso de lo que sabían. Los cuatro generales habían escuchado en silencio, asintiendo cuando era necesario, haciendo preguntas cuando algo no estaba claro. Sus rostros, iluminados por la luz temblorosa de las velas, mostraban la gravedad de la situación. Y luego, uno por uno, se habían retirado a preparar sus cosas.

Ahora, cabalgaban hacia lo desconocido.

No hablaron durante las primeras horas del viaje. Cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos, repasando los informes que Tilio les había entregado, trazando rutas en los mapas mentales que sus años de experiencia les habían grabado en la memoria. El sonido de los cascos era un ritmo constante, casi hipnótico, que acompañaba sus reflexiones.

Korma era solo el principio. Lo sabían. Lo que no sabían era cuántos subreinos más habían corrido la misma suerte, cuántas aldeas habían sido arrasadas, cuántas almas habían sido reemplazadas por las criaturas de Nalia. Los informes de los exploradores, escuetos y contradictorios, no ofrecían una imagen clara. Solo fragmentos de una realidad que se desmoronaba.

El Primer Alto

Al mediodía, acamparon a orillas del río que marcaba el límite entre el Distrito Imperial y los territorios del sur. El agua, fría y cristalina, corría entre las rocas con un murmullo constante que apenas lograba disimular el silencio tenso que se había instalado entre los soldados. Las tiendas de campaña se alzaron rápidamente, formando un círculo defensivo alrededor del fuego central. Los soldados, entrenados en la eficiencia, montaron el campamento con la precisión de un reloj.

Los soldados encendieron hogueras y prepararon una comida rápida a base de pan duro y carne seca. Los magos, siguiendo el protocolo, extendieron un perímetro de detección para asegurarse de que no hubiera intrusos. El hechizo, visible solo para los iniciados, brillaba en el aire como una telaraña de luz tenue. Los centinelas se apostaron en las colinas circundantes, con arcos y ballestas listos para disparar ante cualquier señal de peligro. Sus ojos, entrenados para ver en la oscuridad, escudriñaban el horizonte sin descanso.

Seraphine se apartó del grupo. Se sentó en una roca, con la mirada perdida en el agua que corría. El sol se reflejaba en la superficie, creando destellos que bailaban como pequeñas luciérnagas. El sonido del río, constante y rítmico, la ayudaba a ordenar sus pensamientos. Llevaba días sin dormir bien, y el cansancio se acumulaba en sus huesos como plomo fundido.

—¿Puedo? —preguntó Marcus, acercándose.

—Siéntate.

Marcus se sentó a su lado. Su prótesis de hierro crujió al doblarse, un sonido que Seraphine ya conocía bien.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien.

—Mientes mal.

Seraphine sonrió. Era una sonrisa amarga, de esas que no llegan a los ojos.

—Todos mentimos, Marcus. Tú también.

—Es verdad. Pero yo miento por supervivencia. Tú mientes por... ¿qué? ¿Orgullo? ¿Miedo?

—¿Miedo de qué?

—De que te vean débil. De que sepan que, debajo de la armadura, eres una persona. Como todos.

Seraphine guardó silencio. Marcus no insistió. Se quedó mirando el agua, esperando. Sabía que ella hablaría cuando estuviera lista.

—Cuando volvamos —dijo Seraphine al fin—. Cuando esto termine. ¿Qué harás?

—No lo sé —respondió Marcus—. Descansar, quizás. Dormir una semana entera.

—Eso no es lo que pregunté.

—Lo sé.

Marcus se levantó. Su prótesis chirrió.

—Cuídate, Seraphine.

—Tú también.

Marcus se alejó. Seraphine se quedó sola, mirando el agua.

El río seguía fluyendo. Indiferente. Como siempre.



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En el texto hay: thiller, fantasiaoscura, politica y guerra

Editado: 28.06.2026

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