La noticia de los subreinos arrasados llegó a Draxcan antes que los propios generales. Los rumores volaban más rápido que los caballos, alimentados por los mercaderes que viajaban de un territorio a otro y por los refugiados que huían hacia el norte en busca de seguridad. El miedo, como una plaga invisible, se extendía por las calles y los mercados, infectando a todos los que lo tocaban. No había esquina de la ciudad donde no se susurrara el nombre de algún subreino caído, ni taberna donde no se especulara sobre quién estaba detrás de la destrucción.
En las tabernas del Distrito Imperial, la gente hablaba en voz baja, con los ojos brillantes de miedo. Las jarras de cerveza se enfriaban sin ser bebidas, y las conversaciones se interrumpían al menor ruido. Los parroquianos se agrupaban en pequeños círculos, compartiendo rumores que se habían convertido en certezas para quienes los repetían. "Han arrasado Korma", decían unos. "Valdris ya no existe", susurraban otros. "Dentro de poco, llegarán aquí." El miedo se extendía como una mancha de aceite sobre el agua.
Los periódicos, que normalmente se llenaban de noticias sobre cosechas y nombramientos menores, ahora dedicaban sus portadas a los ataques. Los titulares eran grandilocuentes, como siempre en tiempos de crisis: "¿QUIÉN ESTÁ DESTRUYENDO LOS SUBREINOS?", "EL SUR ARDE", "EL GOBIERNO GUARDA SILENCIO". La gente los leía con avidez, buscando respuestas que no aparecían en las páginas. Los vendedores de periódicos gritaban sus titulares desde las esquinas, y los transeúntes se detenían a escuchar, esperando alguna noticia que les devolviera la esperanza.
Tilio también lo sabía. Los informes de los delegados imperiales, que hasta hacía unas semanas eran rutinarios, se habían vuelto escuetos, evasivos, como si quienes los escribían temieran poner en papel lo que habían visto. Las palabras se escondían entre líneas, y los silencios eran más elocuentes que los datos. "Situación bajo control", decían algunos, cuando era evidente que no lo estaba. "Incidentes aislados", afirmaban otros, cuando los incidentes se contaban por docenas. Las cifras de refugiados aumentaban día a día, y los almacenes de la capital comenzaban a llenarse de rostros desconocidos, hombres y mujeres que habían perdido todo lo que tenían.
El Gran Sabio pasaba las noches en vela, repasando mapas, trazando rutas, buscando patrones que pudieran anticipar el siguiente ataque. Pero no encontraba nada. Los subreinos destruidos no seguían un orden lógico. No eran los más ricos, ni los más estratégicos, ni los más rebeldes. Eran, simplemente, los que habían tenido la mala suerte de estar en el camino de algo que no comprendía. Sus dedos recorrían las líneas de los mapas antiguos, buscando una conexión que no aparecía. Los alfileres rojos, que marcaban los lugares atacados, formaban un patrón que se escapaba a su comprensión.
La Llegada de los Refugiados
Al amanecer del quinto día desde que Seraphine y los generales partieron, los centinelas de la muralla norte avistaron una columna de humo en el horizonte. No era humo de incendio. Era polvo. Polvo levantado por cientos de caballos y por miles de pies. La tierra temblaba ligeramente bajo el peso de la comitiva, y el sonido de los cascos y las pisadas se extendía como un trueno lejano que crecía en intensidad a medida que la columna se acercaba.
Tilio subió a la muralla. Entrecerró los ojos contra el sol naciente. La columna se acercaba lentamente, serpenteando entre los árboles del camino como una inmensa serpiente de polvo y acero. El viento traía consigo el olor a sudor y a tierra, mezclado con el aroma más intenso de la desesperación.
—¿Son ellos? —preguntó Fox Altraz, a su lado. El joven asistente tenía el rostro pálido y los ojos cansados, como si también hubiera pasado noches sin dormir. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, y su voz sonaba ronca, como si llevara horas sin hablar.
—Parece que sí —respondió Tilio, con la voz grave.
—¿Y los refugiados?
—También.
Media hora después, la comitiva llegó a las puertas de la ciudad. Seraphine iba al frente, con el rostro cubierto de polvo y los ojos enrojecidos por el cansancio. Su armadura, antes reluciente, ahora estaba cubierta de una capa grisácea que se desprendía en pequeñas nubes cada vez que se movía. Detrás de ella, los generales, con las mismas marcas de fatiga en sus rostros. Detrás de ellos, los soldados, con las armaduras desgastadas y las lanzas bajas. Y en el centro, protegidos por el ejército, cientos de refugiados.
Hombres, mujeres, niños. Rostros marcados por el hambre y el miedo. Algunos lloraban en silencio, con las lágrimas trazando surcos en sus mejillas sucias. Otros miraban al frente con una expresión vacía, como si ya no les quedara nada por lo que llorar. Sus ropas, harapientas y sucias, colgaban de sus cuerpos como mortajas. Los niños se aferraban a las manos de sus madres, y los ancianos caminaban encorvados, apoyándose en bastones improvisados. Algunos llevaban a sus hijos en brazos, otros cargaban sus pocas pertenencias en hatos atados a palos. Todos tenían la mirada perdida, como si hubieran visto algo que no podían procesar.
Tilio bajó de la muralla. Caminó hacia ellos. Sus pasos eran firmes, pero su corazón se encogía al ver la miseria que se extendía ante sus ojos. Se detuvo frente a Seraphine, que desmontó con un movimiento cansado. Sus piernas, entumecidas por las horas de viaje, apenas la sostenían.
—Gran Sabio —dijo ella, con voz ronca—. Hemos traído a los supervivientes. Son los únicos que quedan de cuatro subreinos.