Fox Altraz partió de Draxcan en la noche, sin escolta, sin caballo, sin más equipaje que una mochila de cuero con algunas monedas de cobre, un par de mudas de ropa y la carta de presentación que Tilio había redactado para él. La luna, oculta tras nubes bajas, apenas iluminaba el camino, y el viento frío de la noche se colaba por las rendijas de su capa.
No era una carta oficial. No podía serlo. Llevaría el sello del Gran Sabio, y eso lo delataría. Era, en cambio, una carta falsa, escrita con caligrafía temblorosa, que supuestamente había sido enviada por un antiguo oficial del ejército descontento con el gobierno. En ella, Fox se presentaba como un Elemens de Eltrix que había sido expulsado de su cargo por negarse a obedecer órdenes injustas. Las palabras estaban cuidadosamente elegidas para despertar simpatía en los rebeldes: "He visto cómo los delegados imperiales aplastan a los débiles", decía la carta. "He visto cómo las leyes de Tilio empobrecen a los pobres y enriquecen a los ricos. Ya no puedo callar. Quiero luchar a vuestro lado."
Fox memorizó cada palabra. No podía llevar la carta consigo. Si lo registraban al entrar en la Convención, lo descubrirían. Debía actuar. Debía ser convincente. Su vida dependía de ello, y también la de los soldados que Tilio enviaría al sur si la misión fracasaba. Cada paso que daba lo alejaba más de la seguridad del castillo y lo acercaba a un peligro que no podía medir.
El Viaje
Caminó durante tres días hacia el sur, siguiendo los caminos secundarios que los mapas del castillo marcaban como "poco transitados". Durmió al raso, cubierto con su capa, y comió las raciones que había llevado: pan duro, queso añejo, un poco de fruta seca. Las noches eran frías, y el viento silbaba entre los árboles como un lamento. Fox se movía con sigilo, evitando los caminos principales, donde los soldados imperiales patrullaban con regularidad.
El paisaje cambiaba a medida que avanzaba. Los bosques densos y verdes del norte daban paso a colinas más áridas y pedregosas. Los pueblos se volvían más escasos, y las pocas personas que encontraba en el camino lo miraban con desconfianza. Un viajero solitario, sin caballo ni caravana, siempre despertaba sospechas. Fox aprendió a evitar las miradas, a caminar con la cabeza gacha, a pasar desapercibido. La pobreza, a veces, era la mejor de las protecciones.
Al cuarto día, llegó a las afueras del Distrito Mágico. Aquí, los controles de los delegados imperiales eran más laxos. La gente se movía con más libertad, y los soldados patrullaban solo las zonas más conflictivas. Las calles estaban llenas de magos con túnicas azules y grises, y el aire olía a incienso y a hierbas secas. Los edificios, altos y estrechos, se alzaban a ambos lados de la calle, y las ventanas, iluminadas por la luz de las velas, proyectaban sombras danzantes.
Fox se detuvo en una taberna, una de las muchas que se alineaban en la calle principal. Pidió una jarra de cerveza y se sentó en un rincón, desde donde podía observar la entrada sin ser visto. La taberna estaba llena de parroquianos, y el humo de las pipas se mezclaba con el olor a cerveza y a comida.
No sabía cómo contactar con la Convención. No sabía quiénes eran sus miembros. Solo sabía que existían y que estaban en algún lugar del Distrito Mágico. Había oído rumores en las tabernas del norte, pero nunca había tenido la oportunidad de verificarlos. Ahora, su vida dependía de encontrar a la gente adecuada en el lugar adecuado.
Esperó. Las horas pasaron lentamente. La cerveza se enfrió en su jarra. Observó a los parroquianos, buscando señales de que alguien pudiera ser un miembro de la Convención. Nada parecía fuera de lo común. Hombres y mujeres comunes, bebiendo, conversando, riendo. Pero Fox sabía que las apariencias engañaban. Había aprendido en el castillo que los conspiradores más peligrosos eran los que parecían más inofensivos.
Al anochecer, un hombre se sentó frente a él. Era de mediana edad, con el rostro marcado por las cicatrices del acné adolescente y la mirada esquiva de quien ha aprendido a no confiar en nadie. Llevaba una capa gastada y una daga oculta bajo la chaqueta. No pidió cerveza. No saludó. Simplemente se sentó y miró a Fox con una intensidad que helaba la sangre.
—¿Eres tú el que busca a la Convención? —preguntó, en voz baja.
Fox lo miró fijamente. Su corazón latía con fuerza, pero su rostro permaneció impasible.
—Depende de quién lo pregunte.
El hombre sonrió. Una sonrisa torcida, sin alegría.
—Soy Soltra. El segundo al mando de Cilion.
Fox sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Soltra. El nombre que Tilio le había mencionado. El que recibiría las cartas de Cilion. El que estaba al tanto de todo. Era el hombre que debía convencer si quería sobrevivir.
—He oído hablar de ti —dijo Fox, con voz neutra.
—Ya lo creo. Vamos. Te llevaré al campamento.
—¿Tan fácil?
—Llevamos semanas buscando gente nueva. Los subreinos del sur están cayendo. Necesitamos soldados. Necesitamos aliados. Tú has venido a ofrecerte. Te aceptamos.
—¿Sin preguntas?
—Las preguntas vendrán después.
Fox se levantó. Siguió al hombre hacia la puerta. Afuera, la noche era cerrada. No había luna. Las estrellas apenas brillaban, ocultas tras una capa de nubes bajas. El viento soplaba con fuerza, y el frío se colaba por las rendijas de la capa de Fox.