En las profundidades del Reino Subterráneo, donde la luz nunca había penetrado y las sombras tenían la densidad de la carne, Nalia esperaba.
No era una espera pasiva. No lo había sido nunca. Sus criaturas sombra recorrían los túneles llevando informes de un extremo a otro, sus huevos pulsaban al ritmo de corazones que aún no habían nacido, y su conciencia se extendía hacia la superficie como las raíces de un árbol milenario, buscando cada gota de odio, de miedo, de desesperación. El odio de los humanos. El miedo de los magos. La desesperación de los elfos. La arrogancia de los Elemens. Todo alimentaba a Nalia. Todo la fortalecía. Todo la acercaba a su objetivo. Cada lágrima derramada en los distritos pobres, cada maldición susurrada contra el Gran Sabio, cada sueño roto de los que habían perdido todo en los subreinos arrasados: todo era combustible para el fuego que ella había estado avivando durante siglos.
La oscuridad no era su elemento. Era su esencia. Y la esencia, a diferencia de los elementos, no se podía combatir con magia ni con espadas. Solo se podía alimentar o ignorar. Y Nalia había aprendido, en los largos años de su destierro, que la humanidad era extraordinariamente buena alimentando su propia oscuridad. Los mortales, pensaba mientras observaba desde las profundidades, eran sus mejores aliados sin saberlo. Cada injusticia que cometían entre ellos, cada acto de crueldad disfrazado de necesidad, cada decisión que priorizaba el poder sobre la compasión, era un ladrillo más en el muro que ella estaba construyendo alrededor de Draxcan.
Ella no creaba el odio. No lo necesitaba. Los mortales eran extraordinariamente buenos para generarlo por sí mismos. Solo necesitaba canalizarlo, darle forma, convertirlo en la llave que abriría las cadenas que Equimio había forjado. El odio era el combustible. La desesperación era el fuego. Y la llave, esa llave que Nalia llevaba siglos forjando en secreto, estaba casi lista. No era una llave de metal. Era una llave de almas. De voluntades doblegadas. De promesas susurradas en la oscuridad.
Los Huevos
La cámara central estaba más llena que nunca. Los huevos —cientos, tal vez miles— flotaban en el aire como planetas en miniatura, cada uno con sus vetas doradas pulsando al unísono. No eran idénticos. Los más antiguos, los que llevaban siglos gestándose, eran del tamaño de un hombre adulto. Sus cáscaras, negras como la obsidiana, se habían vuelto traslúcidas, dejando ver las formas retorcidas que había en su interior. Criaturas que aún no tenían nombre, que aún no sabían lo que era la luz, que solo conocían la oscuridad de su creadora. Algunas ya tenían forma reconocible: brazos, piernas, cabezas con bocas llenas de dientes afilados. Otras eran todavía amorfas, masas de carne y sombra que pulsaban al ritmo de un corazón inexistente.
Los más jóvenes, en cambio, eran pequeños, apenas del tamaño de un puño. Aún necesitaban tiempo. Aún necesitaban alimentarse. Su crecimiento era lento, pero constante, y Nalia los observaba con la paciencia de un jardinero que sabe que las mejores cosechas son las que no se apresuran. Cada día que pasaba, cada conflicto que estallaba en el senado, cada lágrima que derramaba una viuda, cada gota de sangre que caía en las minas de sal gema, hacía que los huevos crecieran un poco más.
Nalia caminaba entre ellos, acariciando sus superficies, susurrándoles palabras en la Lengua del Caos que ningún oído humano podría soportar. Sus dedos, largos y pálidos, recorrían las cáscaras con una ternura que contrastaba con la frialdad de sus ojos. Cada huevo era un hijo. Cada hijo era una herramienta. Y cada herramienta era un paso más hacia la libertad.
—Pronto —decía—. Muy pronto.
Los huevos latían. Como si entendieran. Como si compartieran su paciencia. El sonido era rítmico, constante, como el latido de un corazón gigante que resonaba en las paredes de la cueva. El líquido amniótico del Caos era espeso, negruzco, con un brillo aceitoso que reflejaba la tenue luz de la cámara. Las criaturas dentro de los huevos se movían lentamente, como fetos en el vientre de una madre, desarrollando extremidades, órganos, sentidos.
La Visión
Nalia cerró los ojos. Extendió su conciencia hacia la superficie, a través de las criaturas sombra que había sembrado en cada rincón de Draxcan. Podía ver todo lo que ocurría en el mundo de arriba, desde las torres del castillo Dracking hasta las chozas más humildes del Distrito Humano. No había secretos para ella. No había rincones donde sus ojos no pudieran llegar. Cada palabra susurrada en la oscuridad, cada documento sellado con lacre, cada juramento de lealtad era conocido por Nalia antes de que pasaran veinticuatro horas.
Vio a Tilio en su oficina, repasando informes con el ceño fruncido y las ojeras marcadas. Su rostro, antes joven y esperanzado, ahora mostraba las arrugas del cansancio y la preocupación. Había envejecido en los últimos meses, y no solo por el paso del tiempo. El peso del poder lo estaba consumiendo desde dentro. Cada decisión que tomaba, cada ley que firmaba, cada enemigo que se hacía, era un paso más hacia el abismo. Y Nalia estaba allí, en la oscuridad, esperando.
Vio a Seraphine entrenando a los soldados en el patio de armas, con su armadura reluciente y su cabello recogido en una coleta. Su voz, firme y autoritaria, se elevaba por encima del ruido de las espadas. Era la imagen de la disciplina y la fuerza, pero Nalia podía ver más allá. Podía ver el miedo en sus ojos, el mismo miedo que ella había sembrado en el corazón de todos los mortales. El miedo a perder. El miedo a fallar. El miedo a que todo lo que habían construido se desmoronara.