Draxcan: El Despertar de Darmir

Capítulo XV: El Engaño

Los días en el campamento de la Convención se volvieron más tensos para Fox. La vigilancia sobre él no había cesado. Al contrario, se había intensificado. Ahora no era una sola persona la que lo observaba, sino varias. Se turnaban. Lo seguían cuando iba a buscar agua. Lo observaban cuando comía. Se aseguraban de que no hablara a solas con nadie. Las miradas eran más largas, más penetrantes, y las conversaciones se interrumpían cuando él se acercaba. La desconfianza se había instalado en el campamento como una niebla espesa, y Fox era el centro de todas las sospechas.

Los que antes le ofrecían comida ahora se apartaban cuando se acercaba. Los que antes le hacían preguntas ahora respondían con evasivas. Y siempre, siempre, había alguien observándolo. Una sombra en la entrada de la cueva. Un rostro que desaparecía tras una roca. Un susurro que se callaba cuando él entraba en una habitación. La tensión era palpable, como un hilo que se estira hasta el punto de romperse.

Fox sabía que estaba en una situación peligrosa. Si descubrían que era un infiltrado, lo matarían. No habría juicio, no habría piedad. La Convención no se podía permitir el lujo de ser misericordiosa. Los rebeldes habían aprendido, en los años de lucha contra el Imperio, que la confianza era un lujo que no podían permitirse. Cualquier error podía costarles la vida a cientos de personas, y Fox era un error en potencia. Su presencia en el campamento era una amenaza, y los líderes de la Convención lo sabían.

Pero no podía irse. No todavía. Aún no había conseguido información suficiente. Aún no sabía cuáles eran los planes de Cilion, ni cuándo atacarían, ni con qué fuerzas contaban. Las piezas del rompecabezas seguían dispersas, y solo él podía juntarlas. Cada conversación que escuchaba, cada nombre que memorizaba, cada detalle que registraba en su memoria era un paso más hacia el éxito de su misión. Debía esperar. Debía aguantar. Su vida dependía de ello, y también la de los soldados que Tilio enviaría al sur si la misión fracasaba.

La Llegada de Cilion

Fue al atardecer del sexto día.

Las centinelas que vigilaban la entrada de la cueva dieron la alarma. Un grito. Luego otro. Luego el sonido de pasos apresurados. El eco de botas sobre la piedra resonó en las paredes de la cueva, despertando a los que dormían. Las antorchas parpadearon con la corriente de aire que entró por la entrada, proyectando sombras danzantes en las paredes de roca.

—¡Viene! —gritó alguien—. ¡Cilion ha vuelto!

El campamento entero se paralizó. Luego, todos corrieron hacia la entrada. La multitud se arremolinó, empujándose unos a otros para ver mejor. Los rostros mostraban una mezcla de emoción y ansiedad. Cilion era su líder, su esperanza, su salvación. Sin él, la Convención no era más que un grupo de descontentos sin rumbo. Con él, tenían un propósito, una dirección, una razón para seguir luchando.

Fox también corrió. No podía quedarse atrás. No podía parecer sospechoso. Se abrió paso entre la multitud, empujando suavemente a los que se interponían en su camino. Llegó a la boca de la cueva justo cuando una figura emergía de la oscuridad del exterior.

Era Cilion. O alguien que se le parecía mucho. Pero había algo diferente en él. Algo que Fox no podía describir. Sus ojos, antes brillantes de determinación, ahora tenían un fulgor rojizo, como brasas agonizantes. Su piel, antes morena y viva, ahora tenía un tono cetrino, enfermizo, como la de un cadáver que ha estado demasiado tiempo bajo tierra. Y su forma de moverse... era demasiado fluida, demasiado grácil, como si su cuerpo no fuera completamente humano. Caminaba con una seguridad que no era natural, y sus gestos, aunque similares a los de Cilion, tenían un dejo de extrañeza que Fox no podía ignorar. Era como ver a un actor que ha estudiado su papel pero que no logra ocultar del todo que está interpretando a alguien que no es.

—¡Cilion! —gritó Soltra, adelantándose—. ¡Has vuelto!

Cilion sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sus labios se curvaban, pero sus ojos permanecían fríos, vacíos, como los de un muerto que ha aprendido a imitar a los vivos. No había calidez en esa sonrisa, ni alegría, ni siquiera alivio. Solo la sombra de lo que alguna vez había sido.

—He vuelto —dijo, y su voz sonaba igual, pero también diferente—. Y traigo buenas noticias.

—¿Qué noticias? —preguntó alguien de la multitud, una mujer con el rostro marcado por el hambre y la desesperación.

Cilion alzó una mano. El silencio se extendió como una mancha de aceite. La multitud enmudeció, conteniendo el aliento. Hasta el viento pareció detenerse, como si la naturaleza misma estuviera esperando sus palabras.

—He encontrado aliados. Muchos aliados. Subreinos enteros que se unirán a nosotros. Ejércitos enteros que lucharán a nuestro lado.

La multitud estalló en aplausos. Gritos de alegría. Abrazos. Algunos lloraban de emoción, con las lágrimas corriendo por sus mejillas sucias. La esperanza, que había estado a punto de extinguirse, volvía a florecer en sus corazones. La noticia era como un soplo de aire fresco en un lugar que llevaba demasiado tiempo sin respirar.

Fox aplaudió también. Pero no apartaba la vista de Cilion. Había algo en él. Algo que no encajaba. Algo que le helaba la sangre.

La Conversación Privada

Horas después, cuando la celebración se había calmado y la mayoría de los miembros de la Convención se habían retirado a descansar, Soltra llevó a Cilion a la cueva pequeña donde solía planificar los movimientos del grupo. La luz de una vela temblaba en la penumbra, proyectando sombras en las paredes de roca. El olor a humo y a tierra se mezclaba con el del sudor de los hombres que habían estado allí antes.



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En el texto hay: thiller, fantasiaoscura, politica y guerra

Editado: 28.06.2026

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