El camino de regreso a Draxcan fue más largo que el de ida. Fox no caminaba, trotaba. Sus piernas ardían, pero no podía parar. Llevaba dos días sin dormir, comiendo solo lo que encontraba en el camino: bayas silvestres, raíces amargas, un poco de pan duro que había escondido en su mochila. El cansancio se acumulaba en sus huesos como plomo fundido, pero el miedo era más fuerte que cualquier fatiga. Sabía que Soltra lo estaba buscando. Sabía que si lo alcanzaban, no habría segunda oportunidad. Cada sombra que se movía entre los árboles era una amenaza, cada crujido de ramas era un posible perseguidor. El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a hojas podridas, y Fox no podía evitar pensar que el mismo viento llevaba su rastro hasta sus enemigos. La noche anterior había soñado con su esposa, con sus hijos, con el rostro de su hijo menor riendo mientras jugaba en el jardín del castillo. Ese recuerdo le daba fuerzas, pero también le recordaba lo que estaba en juego. Cada paso que daba era un paso más cerca de ellos, pero también un paso más cerca del peligro.
La carta de Cilion —de Darmir— iba en el interior de su chaqueta, cosida al forro para que no se cayera. Decía lo que tenía que decir. Información falsa sobre movimientos del ejército imperial. Nombres de generales que no existían. Rutas de suministro que eran trampas. Si Fox entregaba esa carta a los líderes de la Convención, estaría condenando a soldados inocentes a la muerte. Pero si no la entregaba, lo matarían. Y enviarían a otro. Alguien que no dudaría en cumplir las órdenes. No había salida. Solo una elección entre dos males. Una elección que pesaba sobre él como una losa, aplastando su pecho con cada paso. Había pasado horas dándole vueltas, tratando de encontrar una tercera opción, pero no existía. Solo la muerte o la traición. Y Fox, a pesar de todo, quería vivir. Quería volver a ver a su familia, aunque fuera por última vez.
Fox decidió que prefería vivir. Al menos por ahora. Era una decisión cobarde, lo sabía, pero también era la única que le permitiría ver a su familia una vez más. Si moría, no podría protegerlos. Si vivía, quizás aún pudiera hacer algo para salvarlos. Era un pensamiento egoísta, pero también era humano.
Las Puertas de Draxcan
Al tercer día, las murallas de la capital aparecieron en el horizonte. Fox sintió un nudo en la garganta. No era el nudo de la alegría, sino el de la despedida. Sabía que, una vez dentro, sería descubierto. No podía ocultarse para siempre. Alguien lo reconocería. Alguien hablaría. Su rostro era conocido en el castillo, y los rumores ya estaban circulando. La gente hablaría, y las palabras viajan más rápido que los caballos. Los guardias, los sirvientes, los cortesanos... cualquiera podía delatarlo. La ciudad, que antes le había parecido un refugio, ahora se le antojaba una trampa mortal. Las calles que conocía tan bien ahora se veían hostiles, y cada rostro que veía podía ser el de un enemigo. Un viejo amigo en el mercado, un antiguo compañero en la taberna, cualquier persona que lo reconociera podría poner en peligro su misión. El miedo se apoderaba de él cada vez que alguien lo miraba demasiado tiempo.
Pero no podía quedarse fuera. No podía huir. Si lo hacía, la Convención enviaría a sus propios espías. Y Fox no podía permitir que alguien más ocupara su lugar. Al menos él conocía los riesgos. Al menos él podía intentar proteger a los suyos. Si moría, moriría sabiendo que había hecho lo correcto. Era un pensamiento frío, pero era el único consuelo que le quedaba. La imagen de su esposa y sus hijos lo acompañaba en cada paso, dándole la fuerza para seguir adelante. Recordaba el rostro de su esposa, sus ojos llenos de miedo cuando él partió. Recordaba la risa de sus hijos, inocente y ajena al peligro que acechaba. Esos recuerdos eran su ancla, su razón para no rendirse. También recordaba las palabras de Tilio antes de partir: "Eres de los nuestros, Fox. Siempre lo has sido". Esas palabras resonaban en su mente como un eco, recordándole que no estaba solo, que había gente que confiaba en él. Pero también le recordaban la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros.
Caminó hacia la puerta norte. Los guardias lo miraron con desconfianza, como miraban a todos los viajeros que llegaban solos y sin equipaje. Sus rostros, duros y cansados, mostraban la fatiga de quienes han visto demasiado. El invierno se acercaba, y el frío se colaba por las rendijas de sus armaduras. El viento silbaba entre las piedras, y el cielo gris amenazaba con descargar una tormenta. Fox apretó el paso, temiendo que los guardias pudieran notar su nerviosismo. Sus manos sudaban, y su corazón latía con fuerza en su pecho. Sabía que si los guardias lo reconocían, todo habría terminado. Pero también sabía que no podía mostrarse débil. Debía actuar con naturalidad, como si fuera un viajero cualquiera. Respiró hondo y se obligó a caminar con paso firme.
—Documentos —dijo uno, extendiendo la mano enguantada.
Fox los entregó. Eran falsos, pero buenos. Los había preparado antes de partir, por si acaso. El papel, amarillento y manchado, tenía el sello de un comerciante que ya no existía. La tinta, desvaída, imitaba la caligrafía de un escriba que había muerto hacía años. Había practicado la firma hasta que le salió natural, y había memorizado cada detalle del documento para no titubear al presentarlo. Su corazón latía con fuerza mientras el guardia examinaba los papeles. Los dedos del guardia recorrían el pergamino con lentitud, y Fox contuvo la respiración. Un momento que se alargó más de lo que debería.
El guardia los leyó. Los estudió. Los devolvió.
—Puedes pasar.