Draxcan: El Despertar de Darmir

Capítulo XVII: La Prueba de Lealtad

Fox salió del castillo cuando la noche ya se había devorado a Draxcan. No llevaba mochila. No llevaba pan ni agua. Solo llevaba la carta —cosida nuevamente al forro interior de su chaqueta con hilo negro y dedos temblorosos— y la piedra gris en el bolsillo del pantalón, pequeña y fría como un fragmento de mala conciencia.

Sabía que no volvería. No de esa manera. Si Cilion —si Darmir, aunque eso aún era un nombre que Fox no podía pronunciar— lo recibía con los brazos abiertos, sería una trampa. Si lo recibía con sospechas, también. No había salida limpia, ni la había habido desde el momento en que aceptó esta tarea. Solo existía la misión, y la misión era una soga que se cerraba cada día un poco más alrededor de su cuello.

Eligió los senderos que bordeaban los campos de cultivo, lejos de los caminos principales donde los ojos del Gran Sabio podían seguirlo. La luna estaba llena esa noche —una luna obscena, pensó, que se negaba a ocultar sus crímenes—, y su luz pálida derramaba sombras largas sobre la tierra arada. Sombras que parecían dedos. Dedos que señalaban.

Fox no miró atrás. No podía permitirse ese lujo.

El Regreso al Campamento

Llegó al amanecer, cuando el cielo aún no había decidido si era noche o día, esa hora sin nombre que pertenece a los soldados y a los condenados.

Los centinelas lo vieron acercarse desde la distancia y dieron la alarma. No fue un grito, sino tres golpes secos de metal contra metal —la señal de los vigías de la Convención— y en cuestión de minutos media docena de hombres armados lo envolvieron en un círculo cerrado. Sus caras no mostraban hostilidad abierta, pero tampoco alivio. Nunca alivio, en ese lugar.

—¿Dónde está la carta? —preguntó el primero, un hombre de mandíbula cuadrada que llevaba el cuero de su chaleco salpicado de lo que esperaba que fuera barro.

—En mi chaqueta —respondió Fox—. Llevo la carta.

—¿Y la información?

—En mi cabeza.

Lo condujeron ante Cilion sin mediar más palabras. Las palabras sobraban aquí. Solo importaba lo que se tenía y lo que se debía.

Darmir —pues era él, aunque Fox aún lo llamaba por el nombre equivocado, aquel nombre prestado que era en sí mismo una mentira— estaba sentado en la piedra que usaba como trono, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en las rodillas con una calma que resultaba más amenazante que cualquier gesto de violencia. Sus ojos rojizos ardían en la penumbra de la cueva como ascuas que se negaban a morir.

—Has vuelto —dijo.

No era una pregunta. Nunca lo era, con ese hombre.

—He vuelto.

—¿Traes la carta?

—Sí.

—¿Y la información?

—Sí.

Cilion extendió una mano. Una mano pálida, de dedos largos, con la palma hacia arriba —no como quien pide, sino como quien cobra lo que ya le pertenece.

Fox se llevó los dedos al pecho. Descosió el forro de su chaqueta con movimientos lentos, metódicos, sin desviar la vista de esos ojos que no parpadeaban. Extrajo el pergamino enrollado y se lo tendió.

Cilion lo tomó sin apresurarse. Lo desplegó. Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas escritas con una lentitud deliberada, la lentitud de alguien que saborea, que mastica cada palabra para extraerle hasta el último jugo de significado.

—Esto es... interesante —dijo al fin.

—¿Cree que servirá? —preguntó Fox.

—Servirá. —Una pausa. Una sonrisa que no llegó a los ojos—. Pero no para lo que tú crees.

Fox sintió que algo frío le recorría la columna. No miedo, exactamente. Algo más antiguo que el miedo. El reconocimiento de que el tablero sobre el que había estado jugando no era el tablero real.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir —dijo Cilion, enrollando el pergamino con la misma parsimonia con que lo había abierto— que esta carta es falsa. Los nombres de los generales no existen. Las rutas de suministro no existen. El Gran Sabio te tendió una trampa. —Hizo una pausa—. O mejor dicho, te usó como cebo.

Fox no respondió. No encontraba las palabras, y aun si las hubiera encontrado no habría sabido qué hacer con ellas.

—¿Crees que no lo sabía? —continuó Cilion—. ¿Crees que no tengo ojos dentro de ese castillo? Sé que eres un infiltrado. Lo supe desde el primer día que pisaste este campamento.

—¿Por qué no me mató entonces?

Cilion se permitió algo que en otro hombre habría sido una sonrisa afectuosa, pero que en él era simplemente la máscara del afecto, perfectamente ajustada.

—Porque necesitaba que llevaras esta carta. Una carta falsa. Una carta que demostrará a mis aliados que el Gran Sabio está desesperado. Que miente. Que no tiene información real. Que confía en la gente equivocada. —Sus ojos rojizos se movieron despacio, hasta fijarse en Fox con una precisión quirúrgica—. Resulta que el Gran Sabio y yo nos hemos prestado el mismo servicio mutuamente, aunque él aún no lo sabe.

Se levantó de la piedra. No era un hombre alto, pero cuando se ponía en pie llenaba el espacio de una manera que desafiaba la lógica de sus proporciones. Caminó hacia Fox con pasos contados.



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En el texto hay: thiller, fantasiaoscura, politica y guerra

Editado: 28.06.2026

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