Los días en el campamento de la Convención se volvieron más oscuros para Fox.
No porque la vigilancia sobre él hubiera aumentado —de hecho, después de matar al refugiado, los miembros de la Convención lo miraban con respeto, no con sospecha— sino porque lo que había hecho lo perseguía con la constancia sorda de las cosas que no tienen prisa porque saben que ya han ganado.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro del hombre. Sus ojos. Su súplica.
Por favor. Tengo hijos.
Fox se despertaba gritando. Sus compañeros de tienda lo miraban con extrañeza, pero no preguntaban. En la Convención, todos tenían sus propios fantasmas. Cada hombre que dormía en esas tiendas cargaba con alguna versión del mismo peso, con alguna cara que no conseguía olvidar por mucho que lo intentara. Nadie hablaba de ello. Hablar de ello era admitir que quedaba algo que podía romperse.
Y eso, en ese lugar, era una debilidad que no podían permitirse.
El Nuevo Rol
Cilion —Darmir— lo había ascendido.
Ya no era un simple recluta que cargaba leña y pelaba tubérculos en las cocinas del campamento. Ahora era un oficial de confianza, encargado de entrenar a los nuevos miembros en técnicas de combate. Fox aceptó el puesto con una mezcla de orgullo y repulsión tan íntimamente trenzados que ya no podía distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Sabía que lo habían ascendido porque lo consideraban útil. Un hombre que había matado a un inocente era un hombre que podía volver a hacerlo. Un hombre que podía volver a hacerlo era un hombre manejable. Y los hombres manejables, en las manos correctas, valían más que los leales.
—Quiero que entrenes a este grupo —le dijo Cilion una mañana fría, señalando a una docena de hombres y mujeres jóvenes que aguardaban en fila con la postura rígida de quien todavía no sabe muy bien a qué ha venido pero está demasiado asustado para preguntarlo—. Son refugiados de los subreinos del sur. Quieren vengarse. Tú les enseñarás cómo.
La mayoría tenían el rostro pálido y los ojos hundidos. Caras que habían visto cosas que no se mencionan en las cenas familiares. Caras que habían aprendido demasiado pronto que el mundo no distingue entre culpables e inocentes cuando decide repartir el sufrimiento.
Fox asintió.
No dijo nada.
No podía.
Los Nuevos Reclutas
Los reclutas lo miraban con admiración. Habían oído hablar de él. El asistente del Gran Sabio que había cruzado al otro lado. El Elemens que había matado a un traidor a sangre fría sin que le temblara la mano —o eso decía la historia que había circulado por el campamento, pulida y agrandada con cada nueva boca que la contaba, como todas las historias en los campamentos de guerra.
—¿Es verdad que conoce los secretos del castillo? —preguntó uno de ellos, un joven de apenas dieciséis años con el rostro marcado por cicatrices de quemaduras que nadie le había preguntado si quería tener.
—Sí —respondió Fox.
—¿Y que puede enseñarnos a entrar?
—Si algún día es necesario, sí.
—¿Y cuándo será ese día?
Fox guardó silencio un momento. Miró al muchacho. Miró las cicatrices. Pensó en el hombre del corazón atravesado y en los hijos que había dejado sin padre, y luego pensó en que ese chico también tenía una historia, también tenía gente que lo esperaba o que había dejado de esperarlo, y que nada de eso cambiaba lo que estaba a punto de responder.
—Cuando Cilion lo decida.
Los reclutas asintieron. No preguntaron más.
La Conversación con Soltra
Una noche, mientras los miembros de la Convención cenaban alrededor de las hogueras con ese silencio cansado que sigue a los días de instrucción, Soltra se sentó junto a Fox sin anunciarse y sin pedir permiso, que era su manera habitual de instalarse en los espacios.
—¿Cómo llevas el entrenamiento? —preguntó.
—Bien. Los reclutas aprenden rápido.
—Son buenos chicos. —Hizo una pausa—. Pero están llenos de odio.
—El odio es un buen motivador.
Soltra lo miró fijamente. Con esa mirada suya que no juzgaba pero tampoco absolvía, que simplemente registraba, como un escriba que copia sin opinar.
—¿Tú odias a alguien, Fox?
Fox dudó. Un latido. Dos.
—Odio al Gran Sabio. Odio a sus delegados. Odio las leyes que nos empobrecen mientras ellos se enriquecen.
—¿Y odias a Cilion?
—No. Cilion me dio una oportunidad. Estoy en deuda con él.
Soltra asintió despacio. Como si hubiera recibido la respuesta correcta en un examen del que Fox no sabía que estaba siendo evaluado.
—Eso es lo que quería oír.
Se levantó. Se alejó hacia la penumbra sin añadir nada más.
Fox se quedó solo mirando el fuego, que ardía con esa indiferencia que tienen las llamas hacia todo lo humano.