Draxcan: El Despertar de Darmir

Capítulo XIX: El Plan en Marcha

La noticia del plan de Cilion se extendió por el campamento a la mañana siguiente con la velocidad silenciosa de las cosas que se transmiten de oído a oído, sin necesidad de que nadie las proclame. Los miembros de la Convención hablaban en voz baja, inclinados unos hacia otros, con los ojos brillantes de esa emoción particular que solo existe en los hombres que llevan demasiado tiempo esperando y por fin ven que la espera va a terminar. Después de meses de entrenamiento en la penumbra de las cuevas, de privaciones, de raciones escasas y noches frías, por fin iba a ocurrir algo. Algo importante. Algo que cambiaría el rumbo de la guerra de un modo que todavía no podían calcular del todo, pero que sentían en el pecho como se siente la tormenta antes de que llegue.

Fox los observaba desde un rincón con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión de quien contempla un incendio que él mismo, sin quererlo, ha contribuido a encender.

No compartía su entusiasmo. No podía. Sabía lo que ellos ignoraban: que el plan de Cilion no era una estrategia militar sino una trampa con varias capas, y que él estaba atrapado en una de ellas sin saber todavía cuántas había debajo.

Pero no podía advertir a nadie. No podía huir. Solo le quedaba una opción, la misma opción de siempre, la única que había tenido desde que cruzó por primera vez las líneas de la Convención.

Seguir fingiendo.

El Entrenamiento Especial

Cilion ordenó que Fox entrenara personalmente a los hombres elegidos para la infiltración. Eran pocos, doce en total, seleccionados no por su fuerza sino por algo más difícil de entrenar: la capacidad de existir en un lugar sin que ese lugar los recordara. Caras ordinarias. Voces sin acento marcado. La clase de personas que un guardia mira y olvida en el mismo instante.

—Quiero que conozcan cada callejón de Draxcan —dijo Cilion, antes de dejar a Fox con ellos—. Cada mercado, cada taberna, cada rincón donde puedan esconderse. Quiero que sepan cómo moverse sin ser vistos. Cómo hablar sin levantar sospechas. Cómo matar en silencio si la situación lo exige.

Fox asintió. No dijo nada.

Los reclutas lo miraban con esa admiración incómoda que se tributa a los hombres de los que se han oído historias, y que siempre decepciona un poco cuando el hombre en cuestión resulta ser más pequeño que la historia. Pero Fox no resultó pequeño. Resultó distante, que era peor y mejor a la vez: peor porque no los hacía sentir bienvenidos, mejor porque les hacía sentir que estaban recibiendo algo serio.

Para ellos, él era el experto. El que había vivido en el castillo. El que conocía los pasillos donde el poder se movía.

Fox carraspeó.

—Primera lección —dijo, con voz neutra, la voz de alguien que repite algo que sabe de memoria y ya no siente—. No llamar la atención. En Draxcan, los que más duran son los que nadie recuerda. Si alguien os recuerda, habéis fallado. Si alguien os describe con más de cuatro palabras, habéis fallado. El objetivo no es ser invisible. Es ser aburrido.

Los reclutas asintieron.

—Segunda lección. No confiar en nadie. Ni en los compañeros de misión, ni en los superiores que os dan órdenes, ni en vosotros mismos.

—¿Ni en nosotros mismos? —preguntó un joven de pelo rojizo con una expresión que oscilaba entre la confusión y la ofensa.

—Especialmente no en vosotros mismos. El miedo puede traicionaros. La prisa, también. El odio, sobre todo.

—¿El odio? —intervino otro desde el fondo del grupo—. Nos dijeron que el odio es un buen motivador.

—Lo es —concedió Fox—. Pero también es un delator. El odio se nota en la mirada, en el tono de voz, en la forma en que los hombros se tensan cuando alguien en uniforme imperial se acerca demasiado. Los guardias del castillo no son brillantes, en su mayoría, pero están entrenados para detectar exactamente eso. Para ver lo que la cara intenta esconder. Para leer el cuerpo cuando la boca miente.

Los reclutas se miraron entre sí, como si cada uno estuviera comprobando en el otro lo que Fox acababa de describir.

—¿Entonces cómo debemos sentirnos? —preguntó el de pelo rojizo.

Fox tardó un momento en responder. Pensó en lo que habría respondido el Gran Sabio. Pensó en lo que respondería Cilion. Y luego pensó en lo que él mismo había aprendido, a costa de cosas que no quería recordar en este momento, con doce pares de ojos mirándole.

—Como si estuvierais cumpliendo una tarea más. Como si fuerais albañiles camino del trabajo, o tenderos contando el inventario, o carteros con el saco lleno. La gente no mira a los que trabajan. La gente mira a los que sobresalen, a los que dudan, a los que van demasiado deprisa o demasiado despacio. Aprended a caminar con el ritmo del lugar. A ser parte del ruido de fondo.

Los reclutas asintieron. No todos entendieron, y Fox lo sabía. Pero no preguntaron más, que era lo segundo mejor.

Fox suspiró en silencio mientras los miraba dispersarse hacia sus ejercicios. No era el entrenamiento que habría querido dar. Era, sin embargo, el único que podía dar sin delatar lo que sabía y lo que era.

El mayor crimen de la situación, pensó, era que parte de él lo estaba dando bien.

El Mensaje para Tilio



#1383 en Fantasía
#704 en Thriller

En el texto hay: thiller, fantasiaoscura, politica y guerra

Editado: 28.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.