El sol se puso sobre Draxcan como una herida abierta en el cielo.
Las nubes, teñidas de un rojo que no era el rojo tranquilo del atardecer sino el otro, el que recuerda a cosas que no se mencionan en conversaciones civilizadas, se extendían de horizonte a horizonte como si alguien hubiera vaciado sobre el firmamento el contenido de algo que debería haberse mantenido cerrado. En las calles del Distrito Imperial, la gente caminaba apresurada, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. No porque supieran algo concreto. Porque los rumores sobre los ataques a los subreinos del sur llevaban semanas circulando, creciendo en cada boca que los repetía, y cuando los rumores crecen de esa manera la gente desarrolla un instinto animal para reconocer que algo se acerca, aunque no pueda nombrarlo.
Unos decían que era la venganza de los dioses olvidados. Otros, que Nalia había despertado por fin. Los más optimistas hablaban de una conspiración de los clanes para desestabilizar el gobierno, que al menos era un problema que tenía solución humana. Los más pesimistas hablaban del fin del reino, que era la clase de cosa que nadie dice en voz alta a menos que ya haya dejado de importarle lo que piensan los demás.
Tilio no creía en ninguna de esas versiones. Sabía lo que estaba pasando. O al menos, creía saberlo, que no era lo mismo pero era lo único que tenía.
El Último Mensaje de Fox
La piedra gris se calentó en la palma de su mano mientras Tilio se preparaba para la reunión del senado. El mensaje era corto. Casi críptico. El tipo de mensaje que se escribe cuando no hay tiempo para más o cuando decir más sería peligroso.
El plan se adelanta. Esta noche. Cuidado.
Tilio sintió que algo se contraía en su pecho. No pánico —el pánico era un lujo que los hombres en su posición no podían permitirse— sino el reconocimiento frío y claro de que el tiempo que creía tener había desaparecido.
Llamó a sus generales. No hubo tiempo para reuniones formales, ni para los protocolos habituales de convocatoria, ni para la distribución ordenada de información que Elroan siempre prefería. Solo el pasillo, solo cuatro caras, solo las palabras necesarias.
—La Convención ataca esta noche —dijo—. Reforzad las murallas. Duplicad las patrullas en los accesos secundarios, no solo en las puertas principales. Que los magos activen los escudos de protección y que no los bajen sin mi orden directa, sin importar lo que les digan.
—¿Y el senado? —preguntó Elroan—. La reunión está convocada para dentro de una hora. Si no comparecemos...
—Que se reúnan. Que hablen. Que discutan durante horas si hace falta. —Tilio hizo una pausa—. No servirá de nada esta noche, pero los mantendrá ocupados y fuera de los pasillos.
—¿Y usted? —preguntó Marcus, con la prótesis de hierro apoyada contra el marco de la puerta.
—Yo esperaré aquí.
—¿Solo?
—No solo. —Tilio los miró a los cuatro, uno por uno, con la brevedad de quien no necesita discursos para decir lo que quiere decir—. Con vosotros.
Los generales asintieron. Salieron a toda prisa, sus pasos dispersándose por los corredores en distintas direcciones como agua que encuentra sus cauces.
Tilio se quedó solo en la sala, con la piedra gris en la mano y el calor que todavía guardaba del mensaje de Fox, ese calor que era lo más cercano a una voz que tenía.
—Fox —murmuró, para nadie en particular—. Cuídate.
La Noche
La luna se ocultó tras las nubes en el momento exacto en que las primeras sombras comenzaron a moverse por los callejones del Distrito Imperial. No eran las sombras normales que proyectan las antorchas sobre la piedra. Eran más densas. Más oscuras. Como si la propia noche hubiera decidido condensarse en forma humana y ponerse en marcha.
Los guardias de las murallas no las vieron. Los magos que mantenían los escudos de protección tampoco, aunque los escudos vibraron un instante —un instante tan breve que podía confundirse con el viento— y luego se estabilizaron de nuevo.
La magia del Caos, pensaba Darmir mientras avanzaba hacia el castillo entre las sombras que obedecían su voluntad, no era superior a la magia elemental porque fuera más poderosa. Era superior porque era incomprensible para quien no la había estudiado desde dentro. Los escudos de los magos de Tilio estaban diseñados para detectar lo que conocían. Lo que no conocían pasaba a través de ellos sin rozarlos, como el agua pasa por las grietas de una muralla que fue construida para detener soldados.
—¿Están todos en posición? —preguntó en voz baja, sin detenerse.
—Sí —respondió Kidtez, a su derecha, tan cerca que Darmir podía oír su respiración pero apenas distinguir su silueta—. Los hombres esperan la señal en los tres puntos acordados.
—Que no se muevan hasta que yo la dé.
—¿Y Fox?
Darmir no respondió de inmediato. Siguió caminando. Miró hacia el castillo, hacia el punto donde la muralla tenía una sombra más oscura que era la puerta lateral de los sirvientes.
—Fox cumplirá su misión —dijo al fin—. O morirá en el intento. —Una pausa—. Ambas opciones me son igualmente útiles.