Los días en Pitra se volvieron más oscuros.
No de manera figurada. El humo de los incendios que seguían ardiendo entre los escombros de donde había estado la muralla se elevaba en columnas densas que el viento dispersaba sobre el valle, tiñendo el sol de un color rojizo que no era el rojo tranquilo del atardecer sino el rojo de las cosas que han quemado durante demasiado tiempo. Los soldados que habían sobrevivido al ataque trabajaban sin descanso entre los escombros —apilando piedras, enterrando a sus compañeros, buscando entre los bloques de obsidiana fragmentada a los que todavía no habían sido encontrados— con el movimiento mecánico de quienes han suspendido el duelo porque el duelo puede esperar y los muertos no.
Hadrik coordinaba desde el centro, con el brazo derecho en cabestrillo y la cara todavía cubierta de polvo negro que ningún lavado terminaba de quitar del todo, porque el polvo de la muralla destruida no era polvo ordinario sino algo más fino, más persistente, que se metía en los poros como si quisiera quedarse.
El hueco en la muralla lo miraba desde donde fuera que estuviera.
Cincuenta metros de altura que ya no existían. El lugar donde habían estado los bloques de obsidiana era ahora simplemente cielo — cielo abierto, despejado, indiferente — y esa apertura en la línea de la defensa de Pitra era tan física como la herida en el estómago de Johan y tan imposible de no ver.
En el hospital, el silencio era de otra clase.
Johan
La sala de Johan olía a hierro viejo y a algo que ninguno de los curanderos sabía nombrar exactamente pero que todos reconocían: el olor de la carne que está siendo consumida por algo que no debería poder consumirla.
Johan yacía en una camilla de hierro que crujía con cada movimiento de los curanderos, cubierto por sábanas que se cambiaban cada hora porque cada hora quedaban manchadas de un color que oscilaba entre el rojo y el negro dependiendo de qué parte de la herida hubiera sangrado durante esa hora. Su respiración era audible desde la puerta —un hilo débil, irregular, con pausas que hacían que quien estuviera escuchando contuviera el aliento hasta que el siguiente llegaba.
Su rostro era irreconocible.
No porque estuviera desfigurado. Porque el rostro de Johan era el rostro de un hombre que había pasado toda su vida adulta con la tensión específica de quien está siempre preparado para lo que venga, y esa tensión había desaparecido. Lo que quedaba era más joven y más viejo a la vez, la cara de alguien que ya ha soltado algo.
El agujero en su estómago se negaba a cicatrizar.
Los curanderos lo habían limpiado, suturado, cubierto con ungüentos que deberían haber comenzado el proceso de regeneración a las pocas horas. La carne alrededor de la herida había respondido ignorándolos. Seguía ennegreciéndose, milímetro a milímetro, con la paciencia metódica de algo que no tiene prisa porque sabe que va a ganar.
—El poder de Cilion no actúa como la magia normal —dijo Aelindel, la curandera jefe, a Elaine en el umbral de la sala. Era una elfa de cabello plateado que llevaba cincuenta años ejerciendo su oficio y que había desarrollado, durante esos cincuenta años, la capacidad de dar malas noticias con una voz que no añadía drama al contenido porque el contenido ya era suficientemente dramático—. No es un elemento. No es un hechizo convencional. Actúa desde dentro. Está descomponiendo el tejido a nivel que ninguna cura que conozco alcanza.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elaine, con la voz de quien pregunta porque necesita confirmación de lo que ya sabe, no porque espere una respuesta diferente.
—Significa que no puedo salvarlo. No con lo que tengo.
—¿Con lo que no tiene?
Aelindel dudó.
—Los símbolos del Gran Viejo —dijo—. Lo que hizo en el patio durante el ataque. Apagó el fuego de Luar con una lengua y un poder que no he visto en cincuenta años de práctica. Si eso puede actuar sobre la herida de Johan...
—Paul está inconsciente —dijo Elaine.
—Lo sé.
—Y no sabemos cuándo despertará.
—Lo sé.
—¿Cuánto tiempo le queda a Johan?
Aelindel no respondió de inmediato. Miró hacia la sala, donde la respiración de Johan seguía su hilo irregular.
—Horas —dijo al fin—. Quizás menos.
Se fue.
Elaine entró en la sala. Se sentó en el taburete junto a la camilla. Miró el rostro de su líder, el hombre que la había entrenado durante cuatro años, que la había elegido para el Grupo Alca cuando podría haber elegido a cualquier otro, que le había dicho una vez que era la mejor soldado que había visto en combate real aunque nunca se lo diría delante del resto porque eso no era cómo funcionaban las cosas.
—No te mueras —murmuró, con la voz baja de quien habla sabiendo que el otro no puede oír pero necesitando decirlo de todas formas—. No te atrevas a morirte, Johan.
Johan no respondió.
Sus símbolos de vida, si es que los tenía, estaban en silencio.
El Fuego que no se Apaga
En la sala contigua, Luar gritaba.