Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo VIII: Lo que los Símbolos Recuerdan

El camino hacia Eltrix se extendía ante la comitiva como una cicatriz en el paisaje.

Los árboles de corteza plateada que en otros tiempos bordeaban ese sendero con su bioluminiscencia azul pálida —esa luz suave que los viajeros de generaciones anteriores habían usado como guía natural en las noches sin luna— estaban muertos. No marchitos, no dormidos: muertos, con las ramas desnudas en ángulos que el peso habría debido redondear pero que la sequedad había endurecido en posturas finales, y las raíces levantadas en algunos tramos como si la tierra los hubiera expulsado en lugar de sostenerlos. Nadie había visto eso antes en este camino. Los árboles de corteza plateada no morían de sequía —el sendero corría junto a un arroyo que los alimentaba desde hacía siglos—, y nadie que viajara en el carruaje sabía desde cuándo estaban así ni si el resto del camino sería igual.

Paul lo miraba desde la ventanilla con los ojos entornados.

Sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos de cuero con un ritmo que no era nervioso exactamente, sino el ritmo de alguien que está pensando en tres cosas a la vez y ninguna de ellas admite respuesta inmediata. Martina lo conocía. No interrumpió.

Fue él quien habló primero.

—Los árboles llevan semanas así —dijo, sin apartar los ojos del exterior—. Quizás más. No es la sequía.

—¿Qué es entonces?

—El Caos. Cuando avanza, drena lo que toca antes de destruirlo. Como si prefiriera que las cosas murieran por agotamiento en lugar de por el golpe. —Una pausa—. Es más eficiente. El golpe requiere energía. El agotamiento ocurre solo.

Martina miró los árboles un momento.

—¿Cuánto ha avanzado ya?

—Más de lo que los informes dicen. Los informes miden subreinos y ejércitos y murallas. El Caos no se mueve así. Se mueve como el agua: por donde puede, antes de que nadie decida que eso era un lugar que valía la pena defender.

—¿Y Eltrix?

—Eltrix está en el cráter de un dragón extinto. El basalto del cráter tiene propiedades que el Caos no puede drenar fácilmente. Es una de las razones por las que los primeros Elemens construyeron ahí.

—¿Una de las razones?

—La otra es que es inaccesible por tierra excepto por un único paso. Lo que lo hace defendible con una décima parte de los hombres que necesitaría cualquier otra fortaleza.

Martina asintió.

—¿Y los símbolos? —dijo, después de un momento—. ¿Qué son exactamente?

Paul se volvió hacia ella. Los símbolos bajo su túnica pulsaron, como si respondieran a la pregunta antes de que él pudiera.

Lo que los Símbolos Saben

—Los Gran Viejos que me precedieron los protegieron durante siglos —dijo Paul—. Hay registros de ellos desde antes de que Draxcan existiera como reino, desde la época en que los Elemens no tenían nombre para lo que eran porque no habían conocido aún lo suficiente que no lo era. Los primeros archivos los describen simplemente como la memoria que no se pierde.

—¿Memoria de qué?

—De todo lo que los Elemens han visto y no deben olvidar. —Paul se llevó una mano al pecho, sobre la túnica, sobre donde los símbolos latían—. No son un poder que se activa. Son un conocimiento que se despierta cuando la situación lo requiere. La diferencia importa. Un poder puede agotarse. El conocimiento, una vez que está, permanece.

—¿Y en Pitra? ¿Cuando apagaste el fuego de Luar?

—El conocimiento me dijo cómo. Los símbolos del Caos en mi piel reconocieron el fuego del Caos en el pecho de Luar — el mismo origen, la misma naturaleza — y supieron la manera de deshacerlo. Como una llave que reconoce su cerradura sin necesidad de que nadie le explique para qué sirve.

—¿Y si el fuego hubiera sido más grande?

Paul tardó en responder.

—No lo sé. El poder de Nalia crece. Lo que pudo hacerle a Luar fue suficiente para matar a un soldado Elemens en nueve días. Lo que podría hacer si lo concentrara en un objetivo único, con toda su energía detrás... —Se detuvo—. Los símbolos me dirían cómo responder. Pero si la pregunta es si la respuesta sería suficiente, no tengo esa certeza.

—¿Y Johan?

La pregunta llegó con la suavidad de las cosas que se preguntan cuando ya se conoce la respuesta pero se necesita escucharla de todas formas.

—Con Johan llegué tarde —dijo Paul—. Pero incluso si hubiera llegado antes... el daño que Darmir le hizo era diferente al fuego de Luar. El fuego de Luar ardía desde afuera hacia adentro. Lo de Johan venía de dentro. Estaba deshaciendo los lazos que mantienen el cuerpo cohesionado, no quemando la carne. —Una pausa larga—. No sé si los símbolos tienen respuesta para eso. No sé si existirá una respuesta para eso.

Martina no dijo nada.

Paul miró los árboles muertos por la ventana. El arroyo junto al camino seguía corriendo, indiferente, con el sonido del agua que no sabe que el mundo que la rodea ha cambiado.

—Los símbolos me dijeron que Nalia sabía de mi existencia antes del ataque a Pitra —dijo Paul—. No como Gran Viejo, no como anciano Elemens. Como portador de los símbolos del Caos. Eso es lo que reconoció en el patio. Por eso Darmir retrocedió cuando usé el poder.




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