Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo IX: El Hambre que No se Sacia

En las profundidades del Reino Subterráneo, el tiempo no existía de la manera en que existe arriba.

No porque no pasara —pasaba, con la misma indiferencia con que pasa en cualquier lugar— sino porque nada en ese reino lo registraba. No había sol que subiera ni bajara. No había estaciones que cambiaran el color de las cosas. Solo la oscuridad, que era constante, y la roca, que era constante, y el calor que emanaba de las grietas del suelo con la regularidad de algo que lleva haciendo lo mismo desde antes de que hubiera palabras para nombrarlo.

En ese lugar, Nalia llevaba siglos.

No los había contado. Contar implica que los números importan, y para Nalia los números solo importaban cuando describían lo que aún faltaba, no lo que ya había pasado.

Observaba a través de los ojos de sus criaturas con la calma de quien tiene tiempo suficiente para ver todo lo que quiere ver antes de decidir qué hacer con lo que ha visto. Había visto la muerte de Johan — la caída de ese cuerpo entrenado, esa hoja que Seraphine había forjado durante siete años y que Darmir había deshecho en cuatro movimientos — con el distanciamiento de quien evalúa más que siente. Había visto el despertar de Paul, los símbolos ardiendo en su piel con una luz que reconocía aunque hubiera esperado no reconocerla aquí, no en este momento, no en este hombre.

Eso sí había cambiado algo en sus cálculos.

—Interesante —murmuró, con la palma apoyada en el huevo más grande. La cáscara era tibia — siempre tibia, desde que lo puso siglos atrás, el calor de algo que espera con paciencia porque ha aprendido que la paciencia es lo único que no se agota—. Muy interesante.

El huevo pulsó. Una vez. Dos. Tres.

Como si respondiera.

—No todavía —dijo Nalia—. Los símbolos complican las cosas. Necesito ver cuánto puede usar antes de que le cueste demasiado.

El huevo se calmó.

Nalia retiró la mano y miró hacia arriba, hacia el techo de roca del reino subterráneo, hacia el kilómetro de piedra que la separaba del mundo donde sus criaturas se movían y su plan avanzaba y la gente moría con la eficiencia de lo que ha sido diseñado.

—Pronto —dijo, más para sí misma que para el huevo—. Pero primero hay trabajo que hacer.

Los Hijos de Nalia

Kidtez caminaba entre los escombros del subreino de Voran con la expresión del hombre que ha conseguido lo que quería y descubre que conseguirlo no es tan satisfactorio como esperaba.

Voran había sido un subreino mediano — no lo suficientemente importante para tener nombre en los mapas imperiales de primera edición, lo suficientemente grande para tener sus propias murallas y sus propias reservas de grano y su propia historia de resistencia ante los clanes que lo habían intentado antes que la Convención. Llevaba tres días conquistado. Lo que quedaba de él era lo que queda de cualquier lugar después de tres días de ocupación sin compasión: paredes en pie, en su mayoría, porque derribar paredes requiere un esfuerzo que los ejércitos raramente consideran necesario. Y dentro de las paredes, el silencio específico de los lugares donde antes había gente y ya no.

Kidtez no era un administrador. Lo sabía. Nalia lo sabía. El ejército de la Convención que ahora ocupaba Voran y los cinco subreinos del sur que habían caído antes que él lo sabía también, aunque no lo dijera en voz alta porque Kidtez era el hijo de Nalia y nadie decía esas cosas en voz alta cuando el hijo de Nalia podía escuchar.

Pero alguien tenía que supervisar. Y Darmir no podía. No en el estado en que estaba.

—Hermano.

Kidtez se volvió.

Darmir venía por el callejón que llevaba a lo que había sido el mercado central de Voran. Caminaba con el costado derecho del cuerpo — el que le quedaba — y el brazo izquierdo compensando el equilibrio que la mitad perdida ya no podía dar. La carne alrededor del muñón donde su torso derecho debería haber estado había desarrollado algo que no era exactamente cicatriz porque Darmir no cicatrizaba de la manera en que cicatrizan los seres que están hechos de carne ordinaria. Era más bien una costra de algo negro y denso que parecía absorber la luz de los alrededores con la misma voracidad que las bestias absorbían la magia.

El ataque de Paul en el patio de Pitra había hecho eso.

La mitad del cuerpo de Cilion había desaparecido, y con él la mitad de la forma que Darmir usaba para moverse por el mundo de arriba. Lo que quedaba funcionaba — Darmir seguía siendo Darmir, con su inteligencia y su capacidad y su voluntad que no necesitaba de la carne para existir — pero era visible. Y la visibilidad era una desventaja que antes no tenía.

—Deberías estar descansando —dijo Kidtez.

—No puedo descansar. —La voz de Darmir salía del lado izquierdo de la cara de Cilion, lo único que quedaba de ella, y tenía una textura diferente a la de antes, como si el sonido tuviera que recorrer un camino más largo para llegar—. Nalia me ha convocado.

—¿Convocado para qué?

—Para el siguiente paso. El frente sur está casi asegurado. Los subreinos que quedaban han caído o están cayendo. Los refugiados llevan semanas huyendo hacia el norte, y cada refugiado que llega a Draxcan lleva consigo el pánico que no podemos sembrar directamente dentro de las murallas.




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