La carta llegó al castillo Dracking al mediodía, en manos de un jinete cuyo caballo llevaba sus últimas energías en las patas y cuya ropa llevaba sangre que no era suya.
No era un mensajero ordinario. Era un soldado del frente sur — uno de los que habían llegado al galope desde las posiciones perdidas, que llevaba treinta y seis horas sin dormir y que había calculado, en algún momento de la huida, que lo más útil que podía hacer con lo que le quedaba era llegar hasta aquí con lo que llevaba encima.
—Mensaje urgente para el Gran Sabio —dijo al guardia de la puerta.
Luego se desmayó.
Los guardias lo recogieron antes de que tocara el suelo. Alguien fue a buscar a los curanderos. Alguien más recogió la carta que había caído al lado del jinete — sellada con cera negra, el emblema del Grupo Alca grabado en la cera con la precisión de los sellos que se hacen despacio porque la prisa se nota— y la llevó corriendo hacia el interior del castillo.
Fox la interceptó en el corredor principal.
No la leyó. No era su carta. Pero la sostuvo en las manos durante el tramo entre el corredor y la puerta de la oficina de Tilio con el peso específico de los objetos que contienen información que uno ya intuye y que de todas formas hay que entregar.
La Carta
Tilio dejó la pluma cuando Fox entró.
—Otra carta de emergencia —dijo Fox, tendiéndosela—. Del Grupo Alca. El mensajero llegó desmayado.
Tilio tomó el pergamino. Rompió el sello. Lo leyó.
No necesitó leerlo dos veces. La letra de Elaine era clara, sin adornos, con la economía de alguien que escribe en condiciones que no permiten el lujo de las palabras de más:
Gran Sabio. Las bestias de Nalia han atravesado nuestras defensas. Los subreinos de la costa han caído. Las criaturas se alimentan de magia — cuanto más poder se usa contra ellas, más fuertes se vuelven. Los magos son inútiles. Los Elemens también. Solo los humanos parecen poder herirlas, y no hay suficientes donde los necesitamos. El Grupo Alca ha perdido a Johan. Luar está herido. Estoy al mando, pero no puedo contener el avance sola. Envíe ayuda, Gran Sabio. O no quedará sur que defender. Firmado: Elaine.
Tilio dobló la carta con más cuidado del que la situación requería.
—¿Dónde está Seraphine? —preguntó.
—En el patio de instrucción, con los reclutas.
—Tráela. Y a los generales. Todos.
—¿Aldric también?
La pausa fue mínima.
—Aldric también.
Fox salió. Tilio se quedó con la carta doblada en la mano, mirando el mapa en la pared donde las cruces rojas del sur habían proliferado durante las últimas semanas como algo que crece porque nadie ha encontrado la manera de detenerlo.
Solo los humanos parecen poder herirlas.
Cuatro palabras que invertían la lógica de todo lo que el ejército imperial había construido durante siglos. Cuatro palabras que convertían en lastre exactamente lo que siempre había sido ventaja.
Golpeó la mesa con el puño, no con rabia sino con la necesidad física de que algo cediera bajo su mano aunque fuera madera.
La Reunión
Los generales llegaron en el orden de siempre, con sus tiempos de siempre, con sus posturass de siempre. Elroan impecable. Marcus con el crujido de la prótesis anunciándolo. Aldric con la expresión de quien ha llegado porque le han dicho que llegue y ha decidido de antemano que lo que va a oír no va a cambiar su posición.
Seraphine fue la última. Entró sin llamar, como siempre, y la sala cambió de temperatura cuando lo hizo — no de manera física sino de la manera en que cambia cuando entra alguien que ha leído la carta y que conoce a quien la escribió.
—Elaine —dijo, antes de sentarse—. ¿Está viva?
—La carta la firma ella —respondió Tilio—. Llegó esta mañana.
Seraphine asintió. Se sentó.
—Entonces escucho.
Tilio leyó la carta en voz alta. No la resumió. No la interpretó. La leyó palabra por palabra, con la voz plana de quien sabe que el contenido tiene más impacto sin intermediarios. Cuando terminó, el silencio de la sala tenía la textura de algo que se ha instalado para quedarse.
—Los humanos —dijo Seraphine, antes de que alguien más pudiera hablar—. Elaine dice que solo los humanos pueden herirlas. Eso confirma lo que habíamos calculado. Las bestias absorben la energía mágica. Los humanos sin magia no tienen nada que absorber, así que el contacto con ellos no las fortalece.
—¿Y si es información falsa? —preguntó Aldric. Su voz tenía la temperatura de algo que ha estado en el frío durante demasiado tiempo para seguir esperando calentarse—. ¿Y si la carta fue escrita bajo coacción? ¿O si la información sobre los humanos es una trampa diseñada para que retiremos a los Elemens y los magos del frente?
—Elaine no escribe bajo coacción —respondió Seraphine, con la precisión de quien conoce a alguien desde hace suficiente tiempo para decir algo así sin que suene a fe ciega—. Tiene frases de confirmación. Si estuviera bajo presión, las habría cambiado.
—¿Frases de confirmación? —Aldric arqueó una ceja.
—Procedimiento estándar del Grupo Alca. Lo desarrollé yo misma. No lo publiqué.
Aldric guardó silencio.
—¿Qué propones? —preguntó Marcus, con la voz directa de quien prefiere las propuestas a los debates sobre la validez de las propuestas.
—Refuerzos humanos al frente —dijo Seraphine—. Los del Artículo 4. Los que Elroan ha estado entrenando. Sin magia, sin elementos, sin nada que esas criaturas puedan absorber. Solo acero y la ventaja táctica de que no las alimentan.
—¿Y los Elemens? ¿Y los magos? ¿Y los dragones? —preguntó Elroan.
—Defensa de la capital. Lo que mejor pueden hacer que no implique usar poder elemental en campo abierto donde las bestias están.
—Arriesgamos a los más vulnerables —dijo Marcus.
—Arriesgamos a los únicos que pueden hacer daño —corrigió Seraphine—. No es lo mismo.