Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo XI: Lo que se Dice de Noche

La noche había entrado en el castillo Dracking por los resquicios que la piedra antigua nunca termina de sellar del todo, esos huecos entre la roca y la argamasa que el viento encuentra y los siglos no corrigen. Las antorchas de los pasillos crepitaban con una irregularidad que no era del viento sino de la resina mal curada, barata, del tipo que el departamento de suministros había empezado a pedir desde que el déficit se volvió real y ya no era una cifra en un informe sino una consecuencia visible en la calidad de la luz con que el castillo se iluminaba.

Tilio lo notaba. Notaba ese tipo de cosas porque llevaba suficiente tiempo en el poder para saber que los primeros signos del desgaste de un reino no aparecen en los mapas ni en los informes militares. Aparecen en la calidad de las antorchas.

Pero esta noche no estaba en los pasillos.

Estaba en su habitación, que era el único lugar del castillo donde podía no ser el Gran Sabio durante unas horas, y esa distinción — entre el lugar donde uno tiene que ser lo que es y el lugar donde puede ser lo que es — se había vuelto más importante con cada semana que pasaba desde que la guerra comenzó.

Seraphine estaba con él.

No había pasado nada entre ellos en el sentido que la corte habría querido susurrar. Lo que había pasado era más difícil de nombrar y más importante: habían compartido el silencio durante horas, y el silencio compartido entre dos personas que se conocen bien tiene una calidad diferente al silencio de estar solo, tiene el peso específico de la compañía sin la obligación de las palabras.

Seraphine tenía la cabeza apoyada en el pecho de Tilio. Sus ojos estaban abiertos, mirando la pared, aunque no había nada en la pared que mirar excepto la piedra y las sombras que las brasas de la chimenea dibujaban en ella.

—¿No puedes dormir? —preguntó.

—No —respondió Tilio, sin dejar de acariciarle el cabello con ese movimiento lento y sin urgencia de los gestos que se han repetido suficientes veces para volverse automáticos—. Llevo tiempo sin poder.

—Yo tampoco.

—¿En qué piensas?

Seraphine tardó.

—En Johan —dijo—. En Elaine, que está en el frente con lo que queda del Grupo Alca. En Paul, que va a Eltrix con los símbolos del Caos y un cuerpo que todavía se está recuperando. —Una pausa—. En todos los que están donde están mientras nosotros estamos aquí.

—No estamos a salvo —dijo Tilio—. Si eso es lo que piensas.

—No lo pienso. —Seraphine levantó ligeramente la cabeza—. Sé que no estamos a salvo. Pero estamos en cama, y eso ya es una diferencia que no deberíamos ignorar.

Tilio no respondió de inmediato. Era verdad. Y la verdad de esa clase — la que hace sentir culpable al que la recibe porque no sabe qué hacer con ella — era más difícil de sostener que la mentira cómoda.

El Peso de lo que No se Dice

—¿Crees que ganaremos? —preguntó Seraphine.

Tilio cerró los ojos un momento.

—No lo sé.

—¿Lo que tenemos es suficiente?

—No lo sé. Los hombres de Elroan están entrenando. Fox ha partido. Paul tiene los símbolos. Aldric... —Se detuvo.

—Aldric qué.

—Aldric es una incógnita que estoy gestionando.

Seraphine se incorporó lo suficiente para mirarlo.

—¿Cuándo ibas a decirme lo del cristal de comunicación?

Tilio abrió los ojos.

La miró durante un momento que tenía la textura de los momentos en que uno evalúa cuánto sabe la otra persona antes de decidir cuánto decir.

—Mis guardias interceptaron un objeto en el correo de Aldric —dijo—. Un cristal de comunicación mágico. El tipo que transmite voz.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Y no me dijiste nada.

—Todavía no lo he abierto. Quería que Fox estuviera fuera del alcance de lo que pudiera revelar antes de abrirlo. —Una pausa—. También quería una noche que no fuera sobre Aldric.

Seraphine guardó silencio.

No era un silencio de reproche, exactamente. Era el silencio de quien procesa dos cosas al mismo tiempo: la información y el hecho de que la información llegó tarde.

—¿Cuándo lo abrirás?

—Mañana. Cuando sepa que Fox ha cruzado el río Vorn. Es el punto donde el cristal ya no podría alcanzarlo aunque revelara su ruta exacta.

—¿Y si el cristal no contiene lo que crees que contiene?

—Entonces habré sido más cuidadoso de lo necesario. —Tilio miró el techo—. Prefiero ese error al contrario.

Seraphine volvió a apoyar la cabeza en su pecho. Sus dedos recorrieron el borde de la camisa de Tilio con ese movimiento de quien piensa con las manos además de con la cabeza.

—Tengo miedo —dijo, en voz más baja—. No de morir. De perderte. De que todo lo que hemos construido en estos meses —lo que hemos construido entre nosotros, no el reino, eso ya estaba cuando llegué— de que todo eso se rompa de una manera u otra.




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