El río Vorn era la frontera que Tilio había fijado en su mente, no en ningún mapa oficial, como el punto a partir del cual una pieza dejaba de poder devolverse al tablero sin que el movimiento se notara. Fox lo habría cruzado al atardecer del día anterior, según los cálculos de Elroan sobre la velocidad de un jinete solo con un caballo de las cuadras reales. Dos días desde la partida. Tiempo suficiente.
Tilio esperó hasta la mañana siguiente, de todas formas. No por necesidad estricta sino porque el margen adicional le costaba menos que el riesgo de equivocarse en el cálculo.
Convocó al jefe de su guardia personal, un hombre de nombre Dessen que llevaba quince años sirviendo en el castillo y que tenía la cualidad específica que Tilio más valoraba en quienes trabajaban cerca de él: la discreción que no necesita que se le explique por qué algo debe ser discreto.
—El cristal —dijo Tilio—. Tráelo.
Dessen lo trajo en una caja de madera sin marcas, envuelto en tela oscura. Lo depositó sobre el escritorio con el cuidado de quien maneja algo que podría ser peligroso aunque no tenga ninguna evidencia concreta de que lo sea.
—¿Algo más que deba saber? —preguntó Tilio.
—El mensajero que lo llevaba no sabía lo que transportaba —respondió Dessen—. Lo interrogamos con discreción. Le pagaron en monedas sin marca de origen, le dieron instrucciones de entregarlo en una posada del cruce de Korven a un hombre que se identificaría con una palabra clave. Nunca llegó a entregarlo porque lo interceptamos antes.
—¿La palabra clave?
—"Invierno."
Tilio la archivó. No significaba nada por sí sola, pero las palabras clave de este tipo a veces revelaban más con el tiempo, cuando se acumulaban suficientes piezas para que el patrón emergiera.
—Gracias, Dessen. Eso es todo.
Dessen se retiró. Tilio se quedó solo con la caja.
El Cristal
Lo desenvolvió con el mismo cuidado con que Dessen lo había transportado. Era del tamaño de un puño cerrado, de un color violeta oscuro que parecía absorber la luz de las velas en lugar de reflejarla, con una superficie facetada que recordaba más a un fragmento de mineral en bruto que a un objeto fabricado.
Tilio había visto cristales de comunicación antes. Los magos imperiales los usaban para transmitir órdenes urgentes entre posiciones distantes, con la limitación de que cada cristal solo podía comunicarse con su pareja — el cristal hermano, tallado del mismo fragmento original — y de que la conversación dejaba un residuo energético que un mago entrenado podía leer durante días después de que hubiera ocurrido.
Esto último era lo que necesitaba.
No tenía la habilidad de leer ese residuo él mismo. Pero conocía a alguien que sí.
Yorvenn
El mago al que Tilio había hecho llamar llegó a la oficina poco antes del mediodía. Yorvenn era viejo —más viejo que cualquier otro mago en el servicio activo del castillo, lo suficientemente viejo para haber servido bajo Reax en sus últimos años— y tenía la reputación de ser de los pocos que no debía nada a ningún general ni a ningún clan, porque su lealtad había sido siempre, exclusivamente, al cargo del Gran Sabio en lugar de a la persona que lo ocupara.
—Gran Sabio —dijo, con una reverencia mínima que el protocolo exigía y que ambos sabían que era formalidad—. Me dijeron que era urgente.
—Lo es. —Tilio señaló el cristal sobre el escritorio—. Necesito que lea el residuo.
Yorvenn se acercó. Lo examinó sin tocarlo, con los ojos entrecerrados de quien evalúa antes de actuar.
—¿De dónde proviene?
—Eso es parte de lo que necesito que confirme. Tengo una sospecha. Necesito que la sospecha se convierta en certeza o se disuelva.
Yorvenn asintió. Extendió las manos sobre el cristal sin tocarlo, a una distancia de varios centímetros, y comenzó a murmurar algo en la lengua arcana que los magos imperiales habían heredado de sus predecesores élficos, una lengua que Tilio no entendía pero cuyo ritmo había aprendido a reconocer como el sonido específico de la magia que busca información en lugar de crearla.
El cristal comenzó a brillar.
No con la luz uniforme de la magia ordinaria, sino con pulsos irregulares, como ecos de algo que había ocurrido y que el cristal repetía a una fracción de su intensidad original.
—Hay una conversación —dijo Yorvenn, sin abrir los ojos—. Reciente. Hace menos de tres días.
—¿Puede identificar las voces?
—Una de ellas, sí. La reconozco por la cadencia. Es la voz del general Aldric.
Tilio no dijo nada. Lo esperaba, pero esperarlo no era lo mismo que oírlo confirmado.
—¿Y la otra voz?
Yorvenn tardó. Sus dedos, todavía extendidos sobre el cristal, temblaron ligeramente — no de esfuerzo físico sino de algo más parecido a la inquietud que un hombre de su edad y experiencia raramente mostraba.
—No la reconozco —dijo—. Pero tiene una cualidad que no he sentido en una voz humana en mucho tiempo.
—¿Qué cualidad?