Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo XIII: El Rugido de los Dragones

El Valle de los Dragones no existía en ningún mapa del Reino Sagrado de Draxcan, y no por la negligencia de los cartógrafos.

Los primeros Elemens que descubrieron aquel lugar, hace tantos siglos que ni los archivos más antiguos del Distrito Original conservaban la fecha exacta, habían tejido runas de ocultación directamente en la roca del valle — no como un hechizo que se renueva, sino como algo que se convirtió en parte de la piedra misma, tan permanente como el color de la tierra. Los caminos que se acercaban al valle se desviaban solos, con una sutileza que ningún viajero notaba mientras ocurría: una curva que parecía natural, una pendiente que invitaba a tomar otra dirección, un cansancio repentino que sugería que el descanso era más sensato que continuar. Quienes insistían en avanzar de todas formas sentían un sueño que no admitía resistencia, profundo y sin sueños propios, del que despertaban kilómetros más allá del valle sin memoria clara de haber decidido darse la vuelta.

Solo los Elemens podían entrar. No porque las runas reconocieran su sangre — las runas no distinguían razas — sino porque solo los Elemens podían escuchar el latido que emanaba del centro del valle, una frecuencia tan baja que el oído humano nunca la registraba como sonido sino, en el mejor de los casos, como una inquietud sin causa aparente. Y sin escuchar ese latido, nadie encontraba la voluntad de seguir buscando el camino que las runas escondían.

Ahora, los Elemens del ejército imperial acudían en masa.

No era una decisión que se tomara con ligereza. Despertar a los dragones significaba reclamar algo que durante generaciones había permanecido dormido por elección propia, no por incapacidad. Los dragones no eran bestias que esperaban órdenes. Eran seres que habían decidido, hace mucho, que el mundo de arriba ya no necesitaba su intervención constante, y que dormir era preferible a involucrarse en los conflictos pequeños de las razas que envejecían y morían en el tiempo que a ellos les tomaba respirar profundamente unas pocas veces.

Pero el momento, según Seraphine, había llegado.

La Llamada

En los cuarteles del Distrito Original, los soldados Elemens convocados se reunieron en un círculo amplio alrededor de una hoguera que ardía con llama azulada — no fuego ordinario, sino la manifestación visible del elemento puro, encendida específicamente para esta ceremonia con métodos que ningún manual militar registraba porque pertenecían a una tradición más antigua que el propio ejército imperial.

Seraphine había viajado desde la capital esa misma mañana, dejando a Tilio con la promesa de regresar antes de que cayera la noche. No era una ceremonia que pudiera delegar. Como Comandante de Divisiones, y más importante aún, como Elemens de linaje suficientemente antiguo para recordar el protocolo correcto, la presencia de Seraphine era requisito, no cortesía.

—Es hora —dijo, de pie en el centro del círculo, con la llama azulada proyectando sombras alargadas sobre su rostro—. Toquen sus gemas. Llamen a sus dragones.

Los soldados obedecieron.

Cada uno llevó una mano al pecho, donde la Gema de la Conexión —ese fragmento de cristal que cada Elemens recibía al nacer, sintonizado de manera única con un dragón específico desde antes de que ninguno de los dos supiera que el otro existía— latía con un ritmo que sincronizaba con el del corazón de su portador, no por casualidad sino porque la conexión funcionaba en ambas direcciones.

Cerraron los ojos.

No hubo palabras. No hubo conjuro audible, ni gesto ceremonial visible más allá de las manos sobre el pecho y los ojos cerrados. La llamada que hicieron fue más simple y más profunda que cualquier hechizo: la mente buscando la mente con la que había nacido conectada, el alma extendiéndose hacia el otro extremo de un vínculo que la distancia nunca había roto, solo silenciado.

Durante un instante, nada ocurrió.

Luego, la tierra tembló.

No fue el temblor violento de un terremoto que amenaza con derrumbar estructuras. Fue algo más profundo y más lento: un latido único, que pareció originarse en algún punto bajo la corteza del mundo y subir hasta la superficie con la paciencia de algo que ha estado esperando suficiente tiempo para que la prisa ya no signifique nada.

Los soldados abrieron los ojos.

En el horizonte, sobre las montañas que rodeaban el valle, puntos de luz comenzaron a aparecer. No las luces fijas de las estrellas, sino algo que se movía, que crecía a medida que se acercaba, que tenía la cualidad inconfundible de algo vivo respondiendo a una llamada.

El Vuelo

Llegaron desde todas las direcciones a la vez, como si el horizonte entero hubiera decidido simultáneamente que el momento de regresar había llegado.

Los había de todos los tamaños y colores que la tradición Elemens describía en sus textos más antiguos: rojos del color exacto del fuego en su punto más caliente, azules con la profundidad del océano que ningún pintor había conseguido replicar en lienzo, verdes que parecían contener bosques enteros bajo sus escamas, plateados que reflejaban la luz gris del cielo con una luminosidad propia que no dependía de ella. Sus alas, al desplegarse contra el cielo cubierto de nubes bajas, proyectaban sombras que se movían sobre los campos como manchas de oscuridad viva, cubriendo y descubriendo la tierra con cada batir.




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