Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo XIV: Lo que el Tiempo no Borra

La habitación de Tilio en el castillo Dracking tenía esa calidez específica que solo produce el fuego real, no la magia que algunos cortesanos preferían para sus aposentos por comodidad. Tilio había insistido siempre en una chimenea de leña, contra la opinión de los administradores del castillo que consideraban el sistema anticuado e ineficiente. Había una razón para esa insistencia que Tilio rara vez explicaba: el fuego de leña hacía ruido, olía, cambiaba, y esas imperfecciones le recordaban que el mundo seguía siendo físico incluso en los momentos en que la política y la guerra lo convertían en algo que se sentía abstracto, hecho de informes y mapas y decisiones que nunca tocaban directamente la piel.

Esta noche, el fuego crepitaba con normalidad, lanzando sombras que se movían sobre las paredes de piedra con la irregularidad orgánica de las llamas reales.

Tilio estaba sentado en el borde de la cama, la espalda apoyada contra la cabecera de madera tallada que había pertenecido a Reax antes que a él — una de las pocas piezas del mobiliario original que había decidido conservar, no por sentimentalismo sino porque cambiarla habría sido una declaración que no quería hacer. Llevaba una camisa de lino, sin más formalidad, y los pies descalzos sobre la alfombra.

Seraphine estaba a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro.

Llevaban semanas sin un momento así. La guerra los había consumido de maneras que ninguno de los dos había anticipado cuando todo empezó — no solo el tiempo, que ya era suficientemente escaso, sino la calidad de la atención que cada uno podía darle al otro incluso cuando estaban en la misma habitación. Tilio dormía en su oficina más noches de las que dormía en su cama. Seraphine pasaba días enteros en el frente o en el Distrito Original, regresando solo para reuniones que duraban hasta tarde y la dejaban demasiado agotada para nada más que el sueño.

Esta noche, sin embargo, ninguno de los dos había convocado ninguna reunión. Ningún mensajero había llamado a la puerta. El silencio que compartían tenía la calidad rara de un silencio elegido, no impuesto por el agotamiento.

—¿En qué piensas? —preguntó Seraphine, después de un rato.

—En cómo hemos llegado hasta aquí. —Tilio miró el fuego—. En todo lo que ha pasado. En todo lo que falta.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—Yo también.

Tilio apretó el brazo que rodeaba sus hombros.

—Pero no estamos solos.

—No —confirmó Seraphine—. No lo estamos.

La Pregunta

Seraphine levantó la cabeza. Sus ojos, grises como las tormentas que se forman sobre el mar en invierno, reflejaban la luz de las llamas con un brillo que tenía algo de deliberado, como si hubiera estado guardando una pregunta durante el tiempo suficiente para que ahora, finalmente, necesitara hacerla.

—Tilio. Hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo. Llevo meses postergándolo porque nunca parecía el momento, y he decidido que si sigo esperando el momento correcto, nunca lo preguntaré.

—Dime.

—¿Cómo es que te ves tan joven? Tienes cincuenta y ocho años. Pareces un hombre de veinte, quizás veinticinco como mucho. Los humanos envejecen, Tilio. Lo he visto en mis propios soldados, en los consejeros que han servido contigo desde el principio de tu mandato. Tú no.

Tilio guardó silencio durante un momento. No era una pregunta inesperada — la había anticipado, en algún nivel, desde el principio de su relación, y se había preguntado más de una vez por qué Seraphine había tardado tanto en hacerla en voz alta.

—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó.

—Claro que quiero.

—No es una historia bonita.

—No me importa que no lo sea. Me importa que sea verdad.

Tilio asintió despacio. Sus dedos recorrieron el brazo de Seraphine con un movimiento lento, el tipo de gesto que se hace para ganar tiempo más que para comunicar afecto, aunque hiciera ambas cosas a la vez.

—Cuando estudiaba en la universidad —comenzó—, antes de que nadie supiera que algún día sería Gran Sabio, me enfermé. No fue gradual. Fue rápido, en el sentido en que las enfermedades graves a veces lo son: un cansancio que no se explicaba con el ritmo de los exámenes, luego dolor, luego sangre en lugares donde no debería haber sangre. Mis riñones dejaron de funcionar en cuestión de semanas.

—¿Qué edad tenías?

—Veintidós. Los médicos de la universidad me dijeron que tenía pocas semanas de vida sin un trasplante, y que encontrar un donante compatible en ese plazo era prácticamente imposible para alguien sin conexiones, sin fortuna, sin un apellido que abriera las listas de espera más rápido de lo que se abrían para los demás.

—¿Y no tenías ninguna de esas cosas?

—Ninguna. —Una pausa breve—. Mi familia era de clase media del Distrito Imperial. Mi padre trabajaba en los archivos del senado. Mi madre enseñaba historia en una escuela secundaria. No éramos pobres, pero tampoco teníamos la influencia que se necesitaba para saltarse listas de espera diseñadas precisamente para que nadie se las saltara.

Seraphine no dijo nada. Esperó.




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