El fuego de la chimenea se había consumido casi por completo, dejando solo brasas que palpitaban con un ritmo lento, como algo que respira despacio porque ya no tiene prisa por nada. La habitación de Tilio había caído en una penumbra cálida, sostenida apenas por las pocas velas que aún no se habían extinguido sobre la mesilla.
Seraphine seguía apoyada contra su pecho. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, dejando ese rastro fino y salino que Tilio había recorrido con los labios, beso por beso, sin prisa, como quien atiende algo que merece atención completa.
—¿Sabes una cosa? —dijo Tilio, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—Nunca imaginé que terminaría así.
—¿Así cómo?
—En una habitación, a solas, con la mujer que amo, mientras el mundo se desmorona afuera y yo decido, de todas formas, que esta hora me pertenece.
Seraphine sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada en los bordes, pero genuina en el centro.
—Yo tampoco lo imaginé así.
—¿Y qué imaginabas?
—No lo sé con certeza. —Lo pensó un momento, como si la pregunta mereciera una respuesta honesta en lugar de la primera que viniera a la mente—. Quizás que llegaría a general, que pasaría mi vida entera en el campo, que moriría en combate como han muerto la mayoría de los Elemens de mi linaje desde que tengo memoria de los relatos familiares. No imaginaba esto. No imaginaba a nadie con quien compartirlo.
—No vas a morir en el campo de batalla.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no te lo voy a permitir.
Seraphine levantó la cabeza para mirarlo directamente, con esa expresión que mezclaba el cariño con la incredulidad ante una afirmación tan obviamente imposible de garantizar.
—No puedes controlar la guerra, Tilio. No puedes controlar la muerte.
—Puedo intentarlo.
—Eres un necio.
—Tu necio.
Se besaron. No con la urgencia de los amantes que temen que sea la última vez, sino con la lentitud específica de quienes han decidido que esta hora no va a apresurarse por nada que ocurra fuera de esas cuatro paredes.
La Promesa
—Seraphine —dijo Tilio, separándose apenas de sus labios.
—Dime.
—Quiero prometerte algo.
—¿Qué?
—Que cuando esta guerra termine, vamos a tener una familia.
Seraphine parpadeó. No era la primera vez que hablaban de esto, en términos vagos, en momentos robados entre reuniones, pero nunca lo habían dicho con esta claridad, en una habitación a oscuras, sin nada urgente esperando al otro lado de la puerta.
—¿Una familia?
—Hijos. Una casa, no el castillo. —Tilio lo dijo con la convicción de quien lo ha pensado más de lo que admite normalmente—. Una vida que se parezca, aunque sea un poco, a lo que la gente normal entiende por vida.
—No hay nada normal en nuestra vida, Tilio. Tú eres el Gran Sabio. Yo soy Comandante de Divisiones del ejército imperial. Nuestra relación es ilegal según las leyes que tú mismo deberías hacer cumplir.
—Lo sé. Pero podemos intentarlo de todas formas. La normalidad no tiene que significar ausencia de complicaciones. Puede significar simplemente que, en medio de las complicaciones, exista algo que se parezca a un hogar.
Seraphine guardó silencio. Sus dedos acariciaban distraídamente el borde de la camisa de él.
—¿Y si la guerra termina mal? —preguntó.
—Entonces habremos intentado. Y eso, aunque no sea suficiente, es más de lo que la mayoría de la gente consigue decir sobre su propia vida.
—¿Y si no terminamos juntos? Si algo nos separa antes, de cualquier manera —no solo la muerte, sino las leyes, los clanes, todo lo que está construido específicamente para que dos personas como nosotros no terminen juntas.
—Terminaremos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Tilio le tomó la cara entre las manos, con la suavidad de quien sostiene algo que le importa más que casi cualquier otra cosa en su vida.
—Porque te quiero —dijo—. Porque no me importa la ley que prohíbe nuestra relación, y porque pienso cambiarla en cuanto tenga el espacio político para hacerlo sin que cambiarla se convierta en el arma que mis enemigos usen contra todo lo demás que estoy intentando proteger.
—¿Cuándo?
—Cuando esto termine. Cuando la gente deje de tener tanto miedo de lo desconocido que necesite leyes que les digan a quién pueden amar.
—¿Y si esa paz nunca llega?
—Entonces lo haré durante la guerra, aunque sea más difícil, aunque me cueste más caro políticamente de lo que costaría esperar.
Seraphine sonrió de nuevo, y esta vez las lágrimas que volvieron a sus ojos no tenían el sabor de la tristeza, sino algo más parecido a la esperanza que llega cuando se permite, por fin, dejar de protegerse de ella.