Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo XVI: El Nombre que no se Pronuncia

En el corazón del territorio que la Convención controlaba ya sin oposición real, donde los subreinos del sur habían caído uno tras otro hasta convertir el mapa en una sucesión de cruces rojas, Darmir y Kidtez se preparaban para lo que vendría después.

La cueva que habían elegido como cuartel era más vasta que cualquiera de las anteriores, una caverna natural que se abría en las profundidades de una montaña que ningún mapa imperial molestaba en nombrar porque nadie había considerado nunca que mereciera atención. La luz que la iluminaba no venía de antorchas ni de hechizos, sino de las grietas en el suelo por donde el magma asomaba lo suficiente para teñir el aire de un rojo constante, sofocante para cualquier ser que necesitara respirar con comodidad.

Ni Darmir ni Kidtez lo necesitaban.

Darmir estaba de pie frente a una mesa de piedra donde el mapa del Reino Sagrado de Draxcan se extendía completo: distritos, subreinos, rutas comerciales, fortalezas, cada elemento dibujado con la precisión de los cartógrafos imperiales que lo habían creado para un propósito completamente distinto al que ahora servía. Sobre esa base, trazados en tinta que no era tinta sino algo más denso, algo que parecía moverse ligeramente cuando nadie lo miraba directamente, había símbolos que ningún cartógrafo humano reconocería. Runas del Caos, antiguas, que marcaban no territorio conquistado sino algo más sutil: los puntos donde la resistencia del mundo de arriba era más débil, donde el tejido entre lo que era posible y lo que no lo era se había desgastado lo suficiente para que el Caos encontrara entrada.

—¿Cuántos subreinos nos quedan por tomar? —preguntó Kidtez, acercándose a la mesa.

—Los del norte resisten —respondió Darmir, sin volverse. La voz salía del lado izquierdo del rostro de Cilion, el único que conservaba, con esa textura distinta que el ataque de Paul había dejado en ella—. Pero no por mucho tiempo. Sus murallas son más nuevas, construidas con prisa cuando el reino empezó a tomar en serio la amenaza. La obsidiana de Pitra tardó siglos en formarse de la manera correcta. Lo que hay en el norte es piedra ordinaria con runas defensivas que cualquier mago decente podría haber roto si hubiéramos tenido tiempo de intentarlo con calma.

—¿Y las bestias de Nalia?

—Arrasan todo a su paso. —Darmir señaló una zona del mapa con un dedo del único brazo que le quedaba completo—. Los soldados imperiales no pueden contra ellas. Cada intento de resistencia mágica las alimenta más rápido de lo que las espadas humanas pueden compensar.

—¿Y los dragones?

Darmir sonrió. Era una sonrisa que no tenía nada de la calidez calculada que Cilion había usado durante meses para ganarse la confianza de la Convención. Era algo más frío, más antiguo, que usaba el rostro prestado simplemente porque tenerlo era más conveniente que no tenerlo.

—Los dragones alimentaron a las bestias —dijo—. Como todo lo demás que ha intentado el mundo de arriba.

—¿Entonces?

—Entonces la victoria está cerca.

Kidtez asintió. No hizo más preguntas, porque las que más le importaban no eran sobre la estrategia, sino sobre algo que prefería no nombrar todavía.

La Conversación con Nalia

Darmir cerró el único ojo que le quedaba.

La conexión con Nalia no requería distancia ni tiempo en el sentido en que esas dos cosas limitaban a los seres del mundo de arriba. Era más parecida a recordar algo que siempre había estado presente, solo esperando que Darmir prestara atención en su dirección.

—Madre —dijo, sin necesidad de palabras audibles—. El ataque final está listo.

—¿Los soldados están preparados? —La voz de Nalia llegó con esa cualidad múltiple que ni siquiera Darmir, que la había escuchado toda su existencia, terminaba de acostumbrarse del todo.

—Sí.

—¿Las bestias?

—También. Esperan la señal en los puntos que acordamos.

—¿Y los símbolos del Caos? ¿El Gran Viejo?

Darmir dudó. Era una vacilación pequeña, casi imperceptible incluso en la comunicación mental, pero Nalia la registró de todas formas, porque registraba todo lo que sus hijos no decían con la misma atención que dedicaba a lo que sí decían.

—Paul sigue siendo un problema —admitió Darmir—. Curó a Luar del fuego que le diste. Usó los símbolos en el patio de Pitra contra mí, y nuestra magia, la que normalmente disuelve cualquier resistencia, no lo afectó como debería.

—Lo sé —respondió Nalia—. Por eso he decidido ocuparme de él personalmente.

—¿Personalmente? —La pregunta de Darmir llevaba una sorpresa genuina—. No puedes salir del Reino Subterráneo. Equimio te lo prohibió, y esa prohibición sigue activa mientras él siga existiendo.

Un silencio breve siguió a esa frase, distinto al silencio habitual de la conexión, con una textura que Darmir reconoció sin poder nombrar exactamente por qué le resultaba inquietante.

—No necesito salir —dijo Nalia, finalmente—. Puedo enviar algo más.

—¿Algo más?

—Una pesadilla. Una visión. Algo que se filtre por donde la prohibición de Equimio no llega, porque la prohibición habla de mi presencia física, no de mi influencia. Algo que debilite a Paul desde dentro, antes de que tenga que enfrentarme a él de cualquier otra manera.




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