Draxcan: La Grieta de Nalia

Capítulo XVII: Lo que Aldric Decidió

Tres días después de que Tilio dejara correr el correo interceptado de Aldric sin retenerlo más de lo estrictamente necesario para copiarlo, el general del este recibió, finalmente, lo que esperaba.

No llegó como carta. No llegó como cristal de comunicación, que Aldric ya no tenía y cuya ausencia llevaba notando con una inquietud creciente que no se había atrevido a investigar abiertamente, porque investigar habría significado admitir, ante sí mismo primero y ante quien fuera que lo controlaba después, que algo se había torcido.

Llegó como un sueño.

Aldric despertó al amanecer con la certeza absoluta de tres cosas que nadie le había dicho en voz alta: que el frente sur había terminado de colapsar la noche anterior, que el momento de actuar había llegado, y que la señal que esperaba desde hacía semanas era, precisamente, ese despertar repentino con el conocimiento ya instalado en su mente como si siempre hubiera estado ahí.

Se quedó tumbado un momento, con los ojos abiertos en la penumbra de su habitación, sintiendo el peso de lo que acababa de comprender.

No era una orden que pudiera negociar. No era una petición que pudiera retrasar argumentando necesidades tácticas. Era, simplemente, el momento.

Lo que Aldric Sabía y lo que no

Lo que Aldric no sabía —porque nadie se lo había dicho, ni Tilio ni la voz múltiple que lo controlaba desde hacía meses— era que las defensas del este, las que él comandaba y las que debía debilitar en el momento exacto en que las bestias de Nalia llegaran a esa frontera, ya no eran exactamente las defensas que él creía comandar.

Tilio había actuado con la paciencia que había prometido sostener en su diario, semanas atrás. No había destituido a Aldric. No había confrontado al general con las pruebas del cristal. En cambio, había hecho algo más sutil y más efectivo: había reorganizado, despacio, durante varias semanas, bajo el pretexto rutinario de rotaciones de personal que la guerra hacía perfectamente plausibles, la cadena de mando real bajo las órdenes nominales de Aldric.

Los oficiales que ahora estaban en posición de ejecutar las decisiones tácticas más importantes del frente este no eran, en su mayoría, los que Aldric había elegido originalmente. Eran hombres y mujeres leales a Elroan, transferidos con la discreción suficiente para que Aldric notara los cambios sin poder articular con precisión por qué le resultaban inquietantes.

Aldric podía dar la orden de debilitar las defensas.

La orden, sin embargo, ya no llegaría a quien necesitaba que llegara para que el debilitamiento fuera real.

La Decisión

Aldric se vistió en silencio, con el movimiento mecánico de quien ha repetido el mismo gesto miles de veces y ya no necesita pensarlo. Se miró en el espejo de su habitación —una pieza de cristal pulido, no mágico, que había heredado de su predecesor en el cargo— y vio a un hombre que llevaba meses envejeciendo más rápido de lo que el calendario justificaba.

No era miedo a Tilio lo que veía en sus propios ojos. Era algo más complicado.

Había aceptado el contrato —porque así lo había entendido siempre, aunque nunca se hubiera atrevido a usar esa palabra ni siquiera en sus pensamientos más privados— en un momento en que la guerra parecía perdida de antemano, cuando la lógica fría que él mismo había defendido ante los demás generales —proteger lo que se puede proteger, abandonar lo que ya está perdido— le había parecido la única postura racional disponible. Quien le ofreció el trato, a través de intermediarios que nunca mostraron rostro, le había prometido que estar del lado correcto cuando el Caos ganara sería mejor que hundirse con un reino que de todas formas iba a caer.

Ahora, con los dragones despiertos, con Paul cargando símbolos que ni siquiera Nalia podía ignorar del todo, con el ejército humano de Elroan entrenando con una disciplina que Aldric no había anticipado que campesinos pudieran alcanzar en tan poco tiempo, la certeza que lo había llevado a aceptar el trato se había vuelto menos sólida.

Pero la voz múltiple había sido clara, en aquella última conversación que el cristal interceptado había capturado: no te prometimos que terminara bien para ti. Te prometimos que terminara.

No había salida limpia.

Aldric lo sabía desde hacía semanas. Lo que no sabía, hasta esta mañana, era qué iba a hacer con ese conocimiento cuando el momento de actuar llegara de verdad.

El Despacho

Convocó a su segundo al mando —un capitán llamado Bressan, uno de los pocos oficiales originales que Tilio no había reemplazado, porque reemplazar a todos habría sido demasiado evidente— con la excusa rutinaria de revisar los informes matutinos.

—General —dijo Bressan, entrando—. ¿Algo urgente?

Aldric lo observó un momento antes de responder. Bressan era leal a él, hasta donde Aldric podía juzgar tras años de trabajar juntos. Pero la lealtad, había aprendido en las últimas semanas, era algo que ya no podía dar por garantizado en ningún rostro que mirara, incluyendo probablemente el propio.

—Necesito que prepares una orden —dijo Aldric, finalmente—. Retirada parcial de los puestos avanzados de la frontera este. Bajo el argumento de consolidar fuerzas ante el avance de las bestias.




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