El amanecer sobre las torres del castillo Dracking tenía ese color anaranjado que en otras circunstancias alguien habría llamado hermoso, y que esa mañana, después de meses de espera, de cartas de emergencia, de muertes que llegaban en fragmentos desde el sur, tenía simplemente el color de lo que era: el último día antes de que el ejército de Elroan partiera hacia el frente.
Tilio estaba en el balcón principal, con las manos apoyadas en la barandilla de piedra fría, mirando el patio donde las filas comenzaban a formarse en la penumbra previa al sol completo. No había dormido más de dos horas. No era una novedad, en los últimos meses, pero esta noche en particular el insomnio había tenido un peso distinto: no la inquietud genérica de la guerra, sino la certeza concreta de que lo que se decidiera en las próximas horas determinaría si el reino tenía un mañana que proteger.
Seraphine salió a su encuentro y se colocó a su lado sin decir nada. No hacía falta.
—¿Estás lista? —preguntó Tilio, después de un momento.
—No —respondió ella—. Pero voy a estarlo de todas formas, porque no estarlo no es una opción que el día de hoy me ofrezca.
—Eso es lo más cerca de un sí que vas a darme.
—Es lo único honesto que tengo.
Se quedaron en silencio, mirando cómo la luz subía sobre la ciudad, iluminando primero las torres más altas y luego, poco a poco, los tejados de los distritos que se extendían hacia el horizonte, cada uno con su propia versión del miedo y de la esperanza acumulados durante meses de guerra que hasta ahora habían sido, para la mayoría de sus habitantes, algo que ocurría lejos.
Hoy dejaba de ser lejos.
El Ejército en el Patio
Abajo, en el patio principal, los hombres formaban en filas que Elroan supervisaba con la atención meticulosa de quien ha invertido semanas en convertir caos en disciplina y sabe exactamente cuánto de esa disciplina es real y cuánto es apariencia que se sostendrá solo hasta el primer contacto con el enemigo.
No eran los soldados de las campañas anteriores del reino, con sus armaduras relucientes forjadas por los herreros imperiales y sus espadas encantadas con runas que ningún Elemens podía pronunciar sin entrenamiento previo. Eran campesinos que habían dejado el arado, artesanos que habían cerrado sus talleres, comerciantes que habían entregado las llaves de sus negocios a familiares para que los mantuvieran mientras ellos no estuvieran. Hombres —y un número considerable de mujeres, porque el Artículo 4 no especificaba género y la desesperación no discriminaba— que tres meses atrás no habrían sabido sostener una espada con la empuñadura en la dirección correcta.
Ahora sostenían sus armas con la rigidez incómoda pero funcional de quienes han practicado lo suficiente para que el cuerpo recuerde el movimiento aunque la mente todavía dude de que vaya a servir de algo.
Elaine estaba entre ellos.
Había regresado del frente sur dos semanas atrás, después de que el Grupo Alca —reducido ahora a tres miembros, con Luar todavía recuperándose de las secuelas del fuego negro— recibiera la orden de retirarse y reagruparse en la capital antes de la ofensiva final. Llevaba la espada de Johan al cinto, no como adorno sino como herramienta que pensaba usar, y su presencia entre los nuevos reclutas tenía un efecto que Elroan había notado y aprovechado deliberadamente: los hombres que habían oído la historia de Johan, del Grupo Alca, de lo que había costado el frente sur, miraban a Elaine con algo que se parecía al respeto que se da a quien ya ha estado donde uno está a punto de ir.
—Formación de combate —ordenó Elroan, recorriendo las filas con los ojos—. Escudos al frente. Lanzas detrás. Espadas en la retaguardia, listas para cubrir los huecos cuando los escudos caigan.
—¿Cuándo caen los escudos? —preguntó un soldado joven, con la voz de quien hace la pregunta porque necesita la respuesta más que porque quiera oírla.
—Cuando caen los hombres que los sostienen —respondió Elroan, sin suavizar la verdad—. Por eso hay una segunda fila. Y una tercera. Nadie lucha solo en este ejército. El que piensa que está solo ya ha perdido la mitad de la batalla antes de que empiece.
El soldado asintió, sin que la respuesta lo tranquilizara del todo, pero sin que tampoco esperara que lo hiciera.
El Discurso
Cuando las filas estuvieron completas —más de quince mil hombres y mujeres, la cifra más alta que Elroan había conseguido entrenar en el tiempo disponible, una fracción de lo que el reino habría necesitado en circunstancias ideales pero todo lo que las circunstancias reales permitían—, Tilio bajó del balcón al patio.
Caminó entre las filas con el paso lento de quien quiere que cada rostro tenga tiempo de verlo pasar, de reconocerlo no como una figura distante en un balcón sino como un hombre que caminaba entre ellos en el mismo polvo que ellos pisaban.
Algunos lo miraban con miedo. Otros con algo más cercano a la rabia contenida de quien ha sido convocado a una guerra que no eligió por una ley que él mismo firmó. La mayoría con una mezcla de ambas cosas, atravesada por algo más difícil de nombrar: la determinación específica de quien ha decidido que, ya que tiene que estar ahí, prefiere estarlo con los ojos abiertos antes que cerrados.