Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo IV: El Sueño de Nalia

El castillo Dracking, esa noche, tenía algo diferente.

No era visible. No era audible. Era esa clase de presencia que se detecta antes de que la mente encuentre las categorías para describirla — la misma que hace que un animal se detenga en mitad del campo sin que haya nada que ver en ninguna dirección, o que un soldado experimentado sienta que una posición está mal antes de poder decir exactamente por qué. Los guardias de los pasillos se estremecían sin razón aparente. Los sirvientes caminaban más deprisa de lo que sus tareas justificaban. Los dos magos de guardia en el ala este revisaron sus hechizos de protección tres veces en la misma hora y en las tres ocasiones los encontraron intactos, lo que no los tranquilizó tanto como debería haberlos tranquilizado.

En su oficina, Tilio no leía los informes que tenía delante.

Los tenía delante. Los veía. Pero sus ojos se deslizaban sobre las líneas sin que las palabras aterrizaran en ninguna parte. Llevaba así una hora, quizás más — las velas habían bajado de intensidad sin que él lo notara, y la pila de informes sin revisar había crecido de una manera que normalmente habría producido en él la urgencia específica de quien sabe que cada cosa que no hace hoy la hace mañana con el interés acumulado de no haberla hecho hoy.

Esta noche, esa urgencia no llegaba.

—¿Gran Sabio?

La voz del guardia desde el pasillo sonó a través de la puerta con la cautela de alguien que no está seguro de si interrumpir o no interrumpir.

—Estoy bien —respondió Tilio, sin levantar la vista de los informes que no estaba leyendo.

—Solo verificaba, Gran Sabio.

—Gracias. Retírese.

Los pasos se alejaron.

Tilio se quedó solo con la sensación en el aire que no tenía nombre y con los informes que no podía leer y con las velas que seguían bajando sin que ninguna de las tres cosas que tenía delante cambiara de carácter.

Y entonces el mundo se fue.

El Campo de Cenizas

No fue como dormirse. No hubo la transición gradual entre el estar despierto y el no estar, ese borde difuso que el cuerpo negocia con la conciencia cada noche. Fue inmediato: un momento estaba en su oficina y el siguiente estaba en otro lugar, con la certeza súbita e irrefutable de quien abre una puerta esperando una habitación conocida y encuentra otra cosa.

El suelo era ceniza. No la ceniza gris y ligera de una chimenea — una ceniza más oscura, más densa, que cedía bajo sus pies hasta los tobillos y que olía a algo que Tilio tardó un momento en identificar: la quema específica que deja la magia destruida, no el fuego que consume materiales sino el fuego que consume lo que hace que los materiales sean lo que son.

El cielo era rojo.

No el rojo del atardecer que tiene calidez. El rojo de algo interno que se filtra hacia afuera — el color que tiene una herida antes de que la piel haya terminado de decidir si va a cicatrizar o no. Las nubes, si es que podían llamarse así, eran masas de humo que se desplazaban con la lentitud calculada de las cosas que tienen voluntad pero que no tienen prisa.

En el horizonte, una luz.

Tilio la miró un momento sin acercarse. No era el tipo de luz que invitaba — era el tipo que reclamaba, que hacía que el cuerpo quisiera moverse hacia ella antes de que la mente hubiera terminado de decidir si era buena idea, que prometía algo en el centro y amenazaba con algo en los bordes.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

Su voz no resonó. La ceniza la absorbió con la eficiencia de algo que ha estado practicando absorber cosas durante mucho tiempo.

—En mi reino —respondió una voz.

No provenía de una dirección. Provenía de todas las que existían y de algunos ángulos que no tenían nombre en geometría ordinaria. Era femenina en la manera en que son femeninas las tormentas eléctricas: no por suavidad sino por una cualidad específica en la manera en que ocupaba el espacio que la rodeaba.

—Nalia —dijo Tilio.

—El Gran Sabio —respondió ella, con el dejo de quien cita un título que encuentra moderadamente interesante sin llegar a respetarlo—. Qué honor recibirte aquí.

—No estoy aquí voluntariamente.

—Lo sé. Te traje yo.

—¿Por qué?

Las cenizas frente a él comenzaron a moverse.

No como las cenizas ordinarias se mueven cuando el viento las empuja. Estas se elevaron con propósito, girando en un eje invisible, construyendo algo desde abajo con la paciencia metódica de un proceso que no tiene prisa porque tiene material suficiente. Brazos primero — el esbozo de ellos, la sugerencia de la forma antes de la forma completa. Luego las piernas, el torso. Finalmente el rostro.

El rostro de Nalia no decidía.

Eso fue lo que Tilio notó antes de cualquier otra cosa: que sus rasgos no eran fijos sino que se movían, no con la irregularidad de lo inestable sino con la regularidad de algo que ha elegido deliberadamente no comprometerse con una sola apariencia porque comprometerse sería una limitación que no necesita. Un momento era joven. El siguiente, anciana. El siguiente, algo que no tenía edad porque la edad es una categoría que los seres con principio y fin necesitan y ella no.




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