Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo V: El Hombre de Valtor

Los refugiados llegaron a Draxcan como llegan las cosas que ya no tienen adónde ir: sin anuncio, sin orden, sin la forma que tienen los movimientos de personas cuando todavía creen que el destino que buscan existe y que llegar a él depende de cómo se llega.

Llegaron en oleadas que no eran oleadas sino la acumulación visible de días y semanas de desplazamiento que el ojo de quien los recibía comprimía en una sola imagen porque era demasiado para procesarla de otra manera.

Primero, los de los subreinos más cercanos a la capital. Estos todavía tenían carretas, todavía tenían animales, todavía tenían la organización residual de gente que había tenido tiempo de empacar aunque lo que empacaron ya no tuviera el hogar al que pertenecía. Sus niños iban envueltos. Sus ancianos iban apoyados. Sus caras tenían el miedo específico de quien sabe que ha perdido algo pero todavía no ha terminado de calcular cuánto.

Luego, los del centro. Estos habían caminado. Días, semanas. Llegaban descalzos o con los zapatos que quedaban de haber caminado demasiado, que era peor que ir descalzo porque los restos de los zapatos recuerdan lo que eran. Algunos llevaban pequeñas urnas de barro con las cenizas de sus muertos — no porque hubieran tenido tiempo de cremación completa sino porque llevarse algo era el único acto de dignidad que habían podido ejercer en medio de lo que no tenía ninguna.

Finalmente, los del sur.

Estos no caminaban. Se arrastraban, en el sentido literal y en el otro. Sus heridas no terminaban de cicatrizar porque lo que las había producido no era fuego ni acero sino algo que el cuerpo no tenía categorías previas para sanar. Sus mentes tenían ese umbral específico que solo puede verse en los ojos de quien ha visto lo que no debería poder verse y seguido vivo de todas formas, y que produce una expresión que no es la de la locura sino algo anterior a ella y más difícil de tratar: la ausencia de expectativa.

Tilio los veía desde el balcón del castillo.

No podía bajar. Lo sabía antes de que pudiera articular por qué lo sabía: si bajaba, si miraba de cerca lo que estaba viendo desde arriba, si tocaba a alguien o alguien le tocaba a él, algo en la compostura que necesitaba mantener se rompería de una manera que no podría reconstruirse antes de que hubiera que volver a usarla.

Así que miraba desde arriba.

—¿Cuántos? —preguntó.

Fox estaba a su derecha, con un informe en la mano que todavía no había terminado de leer porque los números seguían cambiando.

—Cincuenta mil confirmados. —Una pausa—. Siguen llegando.

—¿Dónde los estamos ubicando?

—Almacenes del distrito sur, escuelas, templos, cualquier espacio cubierto que todavía no tiene otra función asignada. —Otra pausa, más corta—. Se está llenando.

—¿Comida?

—Insuficiente para este número.

—¿Agua?

—También.

Tilio apretó la barandilla de piedra con las dos manos.

—Abre las reservas del castillo.

Fox lo miró.

—Gran Sabio, esas reservas son para el ejército. Si las agotamos ahora...

—El ejército no va a necesitar reservas si la gente muere de hambre en las calles de la capital que se supone que ese ejército defiende.

—Tilio.

Era la primera vez en semanas que Fox usaba el nombre sin el título. Era la primera vez en semanas que alguien lo usaba, y Tilio registró el cambio de tono antes de que procesara el contenido.

—Hay una diferencia entre decisiones que cuestan y decisiones que deshacen lo que han costado anteriores —dijo Fox, con la voz del que no discute sino del que informa—. Vaciar las reservas del castillo compra tiempo a la gente en las calles, sí. Pero si el ejército de Elroan llega al frente sin abastecimiento suficiente porque agotamos las reservas semanas antes de que las necesitaran, ese error no se compensa.

Tilio guardó silencio un momento.

—Tres cuartas partes de las reservas —dijo—. Una cuarta parte se mantiene intacta para el ejército. Eso es una orden.

Fox asintió. Salió del balcón.

Tilio se quedó solo, mirando.

—Perdón —murmuró, para nadie específico en las calles de abajo, que no podían oírlo y que de todas formas no habrían encontrado en esa palabra lo que necesitaban encontrar—. Lo siento.

Nadie respondió.

Eso también era correcto.

El Distrito Sur

Bajó al mediodía, sin escolta y sin la capa de ceremonia que el protocolo exigía para las apariciones públicas del Gran Sabio. Una chaqueta oscura de las que usaba en la universidad, antes de que hubiera cargos y protocolos. Unas botas viejas. El tipo de ropa que permite caminar entre personas sin que la ropa sea lo primero que ven.

Los almacenes del distrito sur olían al interior de lo que el miedo produce cuando se concentra en espacios cerrados: sudor, enfermedad, la humedad específica de muchos cuerpos en poco espacio, y debajo de todo eso, algo más difícil de nombrar que se parecía al olor de la esperanza cuando ya no queda suficiente para cubrir todo lo que necesitaría cubrirse.




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