La llanura al norte de Draxcan había sido, durante siglos, el lugar donde los Elemens domaban a sus dragones.
No era metáfora: la tierra todavía guardaba las marcas de ese uso, zonas irregularmente quemadas donde el fuego elemental había tocado el suelo con demasiada frecuencia para que la hierba volviera a crecer con normalidad, depresiones circulares donde las patas traseras de los dragones jóvenes habían aterrizado una y otra vez mientras aprendían a controlar el peso de lo que eran. La tierra tenía memoria de los dragones de la misma manera en que los huesos tienen memoria de las fracturas — no visible, pero presente, detectable para quien sabe qué buscar.
Ahora, en esas marcas, entrenaban los hombres.
Marcus caminaba entre las filas con el crujido del hierro de su prótesis marcando cada paso sobre la tierra seca. Su mirada recorría los rostros con la atención específica de quien busca algo que no puede describir con exactitud pero que reconocerá cuando lo encuentre: no valentía, que era demasiado ambiciosa para este punto del entrenamiento, ni siquiera determinación, que también podía ser una mentira que el cuerpo se contaba a sí mismo. Buscaba algo más básico. La voluntad de no darse la vuelta antes de que hubiera terminado el movimiento.
—¡Atención!
La voz de Marcus tenía la calidad de las voces que han aprendido a proyectarse en terreno abierto durante décadas: no gritaba, exactamente, sino que colocaba el sonido donde necesitaba llegar.
Los reclutas se cuadraron. Con distintos grados de éxito y en distintos momentos, pero se cuadraron.
—Soy el general Marcus —dijo—. Voy a enseñarles a pelear. No a ser soldados — eso lleva años, y no los tenemos. A pelear. Que es diferente y es lo que necesitamos ahora mismo.
Silencio.
—Algunos de ustedes nunca han matado a nadie —continuó—. Eso va a cambiar. No porque la muerte sea un objetivo en sí misma, sino porque lo que van a enfrentar no tiene la consideración de quedarse quieto mientras ustedes deciden si están listos.
Un recluta levantó la mano. Dieciocho años, quizás. La cara de quien aún no ha terminado de decidir qué tipo de persona va a ser.
—¿Y si tenemos miedo?
—Van a tener miedo —respondió Marcus, sin modificar el tono—. No desaparece. No se cura. Se aprende a funcionar con él encima, de la misma manera en que se aprende a funcionar con cualquier cosa que pesa pero que no tiene el decoro de irse.
Se tocó la prótesis. El sonido del metal contra el metal llegó hasta las últimas filas.
—Esto no duele —dijo—. No tengo nervios en el muñón que duelan. Pero me duele recordar cómo la perdí. Me duele saber que hay cosas que ya no voy a hacer de la misma manera. El dolor no se va. Se convierte en parte del inventario de lo que uno es, y uno decide qué hace con él.
Los reclutas lo miraban. Sin aplaudir. Sin decir nada.
Bien.
—Ahora —dijo Marcus, y desenvainó la espada.
El Primer Golpe
La primera lección fue la postura.
Marcus la explicó una vez y luego caminó entre las filas corrigiendo lo que se podía corregir rápido. Los pies mal puestos eran el error más común: demasiado juntos, que hacía que el golpe perdiera base, o demasiado separados, que hacía que el cuerpo tardara en girar. Las rodillas sin flexionar. Los hombros subidos hacia las orejas, el signo inequívoco de la tensión que bloquea el movimiento en lugar de permitirlo.
—Suellen la espada.
Los reclutas la soltaron, algunos con alivio visible.
—No es un martillo —dijo Marcus—. No es un hacha. No tienen que agarrarla como si alguien fuera a quitársela. Tienen que sostenerla como sostienen algo que tiene que moverse cuando ustedes lo decidan, y que no puede moverse bien si la mano que lo sostiene está rígida.
—¿Como sostener un cuchillo de cocina? —preguntó una mujer de las filas del centro, con la postura de quien lleva décadas trabajando con las manos y entiende el principio antes de que terminen de explicárselo.
—Exactamente como eso.
La demostración del golpe fue breve. Un tajo descendente, limpio, con el peso del cuerpo siguiendo la dirección de la hoja en lugar de ir en sentido contrario. El maniquí de paja cayó en dos partes. El sonido del impacto llegó antes de que el ojo terminara de seguir el movimiento.
—No aplaudan —dijo Marcus, antes de que alguien lo hiciera—. Aprendan.
Las horas que siguieron produjeron el inventario habitual de los principios: el golpe con el plano en lugar de el filo, el desequilibrio que termina en el suelo, la espada que vuela de las manos porque la muñeca no acompañó. Marcus corregía sin dramatismo. Sin insultos. Con la brevedad de quien sabe que el tiempo disponible es exactamente el que hay y no vale la pena gastarlo en lo que no enseña nada.
Al caer la noche, cuando las antorchas se encendieron y el aire se enfrió lo suficiente para que el vapor del aliento fuera visible, Marcus los detuvo.
—Mañana, el doble —dijo.
Nadie protestó.
Eso también era algo.