El valle al sur de Draxcan tenía la quietud que tienen los lugares donde va a ocurrir algo.
No era una quietud tranquila. Era la quietud que produce la tensión cuando se ha distribuido de manera uniforme por todo un espacio y ya no tiene un punto concreto donde concentrarse. Los soldados Elemens formaban en círculo alrededor de la plataforma central con las manos sobre el pecho y los ojos en el centro, sin hablar, porque el tipo de conversación que podría producirse en ese momento era el tipo que interrumpe en lugar de ayudar.
En el centro, sobre una losa de piedra blanca que habían tallado los primeros artesanos de Eltrix con la precisión de quienes saben que lo que crean va a durar más que ellos, Seraphine estaba descalza.
Sin armadura. Sin botas. Una túnica blanca que no era ceremonial en el sentido en que la ropa de ceremonias lo es — no tenía ornamentos, no tenía bordados, no intentaba ser otra cosa que tela limpia — y el cabello suelto sobre los hombros. Tenía los ojos cerrados y los labios apenas separados, con la concentración de quien está escuchando algo que no llega por el oído.
—Comandante. —La voz del soldado a su derecha era baja con la baja de quien no quiere interrumpir pero considera que la pregunta merece ser hecha—. ¿Está segura?
Seraphine no respondió.
No porque no hubiera oído. Porque la respuesta no era para ese momento. Era para antes de ese momento, en la decisión que se había tomado sola, en la habitación del castillo Dracking donde Tilio le había preguntado sobre el dragón negro y ella había dicho lo que había dicho y luego había pasado el resto de la noche calculando si lo que había dicho seguía siendo cierto.
Lo era.
La Gema de la Conexión descansaba sobre su pecho, suspendida de la cadena de plata que había pertenecido a su madre. Brillaba con una luz que no era la luz de siempre: más intensa, más rojiza, con ese pulso irregular que el capítulo XIII, había establecido como la señal de que el vínculo estaba siendo reclamado desde el otro extremo. Desde hacía semanas, cada vez que la Gema brillaba así, Seraphine ponía la mano sobre ella y esperaba a que volviera a su ritmo normal.
Esta vez no iba a esperar.
—Voy a llamarlo —dijo.
Los soldados se apartaron de la plataforma con el movimiento coordinado de quienes han recibido instrucciones previas sobre qué hacer cuando se dijera eso.
Seraphine alzó la mano. Tocó la gema.
Y llamó.
La Llamada
No fue un grito. No fue el tipo de conjuro que los magos pronuncian, con sus sílabas en lengua arcana y sus gestos que el entrenamiento vuelve mecánicos. Fue una frecuencia — la misma que Seraphine sentía cuando los símbolos de Paul vibraban en el templo de Eltrix, aunque de origen completamente diferente. Una vibración que le recorrió el pecho desde la gema hacia afuera, que se extendió por la tierra de la plataforma y por el aire del valle y que los soldados a su alrededor no oyeron exactamente sino que sintieron con la especificidad de cuando algo que existe en la frecuencia correcta toca una estructura que resuena en esa frecuencia.
El valle tembló.
Uno de los soldados perdió el equilibrio. Otros se sostuvieron entre sí, no porque el temblor fuera violento sino porque era profundo, el tipo de vibración que confunde al cuerpo sobre dónde está el suelo exactamente.
Luego, el horizonte.
Una luz que no era el sol porque el sol estaba en el ángulo equivocado y tenía un color diferente. Esta era más rojiza, más concentrada, con el pulso de algo que se acerca en lugar de algo que simplemente está.
—Viene —dijo alguien en las filas, con la innecesariedad de las palabras que se dicen porque el silencio se ha vuelto insostenible.
El dragón llegó desde el sur, desde la dirección de Eltrix, desde el lugar donde el capítulo XIII había establecido que los dragones esperaban en su valle oculto. Era negro. No el negro del dragón negro que Seraphine había evitado en la ceremonia del Valle de los Dragones, sino un rojo tan intenso, tan saturado, que en la penumbra del amanecer previo a la salida completa del sol colindaba con el negro en los bordes de las escamas donde la luz no llegaba directamente.
Sus alas cubrían el cielo del valle de una manera que no era exactamente oscurecerlo sino redefinir la escala de las cosas que estaban debajo.
Aterrizó en el centro de la plataforma con el impacto que produce el peso real sobre la piedra real — un sonido que los soldados sintieron en los huesos de los pies antes de que llegara a los oídos.
Sus ojos eran del color del ámbar líquido.
Los mismos que había descrito el capítulo XIII.
No. Eran similares. Pero este dragón había dormido diferente, en un lugar diferente, con una gema diferente que lo conectaba a alguien diferente.
Miró a Seraphine.
—Cuánto tiempo —dijo.
No con la voz que usa la garganta. Con el vínculo. Con el canal que la gema de conexión había mantenido latente durante décadas de silencio deliberado y que ahora, con la llamada, se había abierto de la misma manera en que una ventana que lleva mucho tiempo cerrada abre de golpe cuando alguien decide que el interior necesita aire.