El camino de vuelta a Draxcan era diferente al de ida.
No en el terreno — la misma tierra apisonada que se volvía sendero que se volvía ausencia de sendero a medida que avanzaba hacia el sur central, los mismos arbustos espinosos, las mismas colinas que el mapa describía de manera más ordenada de lo que eran en realidad. Diferente en Fox. En los días que llevaba cabalgando solo desde que Eltrix quedó atrás, con la tarea cumplida de la carta y la información de Paul prometida a Tilio, había descubierto que volver era más difícil que ir, no en términos físicos sino en ese otro sentido que los viajes largos producen cuando el objetivo ya está alcanzado y lo que queda es la distancia entre ese logro y el lugar donde la distancia termina.
Llevaba un mensaje de Paul para Tilio. Un mensaje oral, porque Paul no había podido escribir en el estado en que estaba cuando Fox partió, y porque Eril había dicho que un mensaje oral de Paul, transmitido por alguien que había escuchado las palabras directamente, valía más que un papel con el estado de los símbolos que ningún papel podría describir con la precisión necesaria.
El mensaje era breve. Fox lo había repetido cincuenta veces durante el camino para asegurarse de que llegara exactamente como Paul lo había dicho:
Dile a Tilio que voy. Que lo que viene antes de que yo llegue tiene que aguantar. Que los símbolos tienen todavía una cosa que no he usado todavía porque no sabía que podía usarla hasta que el puente de Kaelan me lo dijo a través de Fox. Que esa cosa cambia lo que es posible. Y que cuide a Seraphine.
Fox no sabía qué era esa cosa que los símbolos tenían. Paul no lo había especificado, y cuando Fox preguntó, Paul había dicho que explicarlo consumía tiempo que tenía otros usos. Fox había aceptado eso porque Paul tenía ese tono, el de las personas que han vivido suficiente para saber cuándo la economía de energía es más importante que la satisfacción de la curiosidad ajena.
Ahora cabalgaba con esas palabras en la cabeza y la distancia a Draxcan calculada en días que no alcanzaba a confirmar porque el terreno se negaba a cooperar con los mapas.
Fue al cuarto día cuando los encontró.
La Emboscada
No los vio antes de que estuvieran encima.
Eso era lo más perturbador — no la captura en sí sino el hecho de que no los oyó, no los olió, no los sintió con ninguno de los sentidos que el entrenamiento de años como asistente de campo le había afinado para exactamente esta clase de situación. Simplemente estaban ahí, de un instante al siguiente, tres figuras que no habían estado en el sendero un momento antes y que estaban en él ahora con la indiferencia específica de las cosas que no necesitan esfuerzo para aparecer porque no se mueven por los medios ordinarios.
Tormenta se detuvo en seco.
Fox tuvo tiempo de llevarse la mano a la daga antes de que las cadenas aparecieran.
No las lanzaron. No había nadie que las lanzara en el sentido ordinario. Simplemente existieron alrededor de sus muñecas con el calor-que-no-quema que la sombra del bosque del capítulo I había descrito como algo diferente a las cadenas físicas. Sombra solidificada, las mismas que la voz del puente había mencionado como parte del arsenal de las criaturas de Nalia.
Tormenta, sin Fox sujetando las riendas, huyó.
Fox lo vio irse con la claridad irrelevante de quien registra un hecho que no puede cambiar.
—El asistente del Gran Sabio —dijo una voz.
Kidtez emergió de las sombras que los otros tres proyectaban aunque no hubiera sol suficiente para proyectar sombras de esa densidad. Era más alto de lo que Fox había imaginado cuando los informes lo describían, y se movía con la fluidez de los seres que han aprendido que el movimiento es un argumento — que la manera en que uno se desplaza por el espacio dice cosas que las palabras solo pueden aproximar.
Sus ojos eran rojos, con el mismo rojo que el ojo de Darmir en el patio de Pitra, pero con una cualidad diferente: más frío, más fijo. El rojo de algo que no necesita estar ardiendo para parecer que arde.
—Fox Altraz —dijo Kidtez—. El que llevó la carta a Eltrix.
—El mismo.
—¿La entregaste?
—Sí.
—¿La carta produjo el rastro que Nalia necesitaba?
Fox no respondió. La respuesta — que el rastro había sido disuelto por Paul antes de abrir la carta, que la voz del puente le había dado la información necesaria para que eso ocurriera — era información que Kidtez no necesitaba tener.
—El silencio también es respuesta —dijo Kidtez, sin presión en la voz. Con la neutralidad de quien ya sabe lo que necesita saber y hace la pregunta porque el proceso lo requiere, no porque el resultado lo sorprenda.
—¿Qué quieres? —preguntó Fox.
—Información. Y un mensaje.
—¿Para quién?
—Para Tilio.
Fox lo miró.
—Tilio no negocia.
—Lo sé. —Kidtez se acercó con esa fluidez que convertía el espacio entre los dos en algo que él decidía cuánto tardaba en recorrer—. No voy a pedirle que negocie. Voy a pedirle que tome una decisión.