El vuelo duró un día y una noche.
Viento surcaba los cielos con la velocidad que tienen los dragones cuando la urgencia y la voluntad coinciden — no la velocidad máxima que los dragones de guerra usan en el ataque, sino algo más sostenido, más eficiente, la velocidad de quien conoce la diferencia entre llegar pronto y llegar a tiempo. Las montañas del sur central pasaban bajo ellos como el fondo de algo que solo existe para medir la distancia. Los ríos eran líneas de reflejo. Los bosques muertos eran manchas sin color.
Fox no hablaba. El viento a esa altura hacía el habla costosa, y lo que tenía que decir podía esperar al suelo. Sus manos, aferradas a las escamas del cuello de Viento, llevaban horas entumecidas con el entumecimiento específico del frío que no duele porque ya ha pasado el umbral donde el dolor es procesable.
Martina iba detrás de él, con los brazos rodeando su cintura con la firmeza práctica de quien lo hace para que no se caiga, no como gesto de consuelo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Fox, en un momento en que el viento amainó lo suficiente para que el gasto de palabras valiera la pena.
—Al amanecer las torres del castillo deberían ser visibles —respondió Martina.
—¿Y las bestias?
—No las he visto. —Una pausa—. Lo que no sé si es buena señal o mala.
Fox asintió y no preguntó más.
La oscuridad viajaba con ellos hacia el norte. Las estrellas que el bosque muerto había tapado días atrás, aquí, a esta altura, eran abundantes con la abundancia insensata de las cosas que existen sin considerar si el momento es el adecuado para existir. Fox las miró un rato y luego dejó de mirarlas porque el cielo que uno está atravesando es diferente al cielo que uno observa desde abajo, y el primero no consolaba de la misma manera.
La Llegada
Las torres del castillo Dracking aparecieron cuando el horizonte empezaba a decidir que iba a convertirse en amanecer, en esa etapa en que el cielo es todavía negro pero ha perdido la densidad de la medianoche y en algún punto entre el este y el noreste hay una insinuación de algo que todavía no es luz pero que ya no es su ausencia.
Fox las vio con la mezcla de alivio y angustia específica de quien llega a un lugar al que le urge llegar y que al llegar le recuerda por qué le urgía.
—Allá —dijo.
—Lo veo —respondió Martina.
Viento ajustó el ángulo de las alas. El descenso comenzó con la suavidad de algo que tiene mucha práctica en ese proceso y que sabe que la manera en que se aterriza importa tanto como la velocidad a la que se ha volado.
—Vamos a aterrizar en el patio interior —dijo Martina—. Los guardias de las murallas ven mejor de lo que creen a esta hora, y un dragón que aterriza sin aviso en la plaza principal de la capital produce el tipo de alarma que hace perder tiempo explicando.
El patio interior del castillo era el mismo donde Fox había dejado su caballo al inicio de la misión, semanas atrás. Viento lo alcanzó desde el ángulo correcto — entre las dos torres del ala oeste que dejaban un espacio exactamente suficiente para las alas replegadas de un dragón de su tamaño — y aterrizó con la suavidad de una pluma que cae sobre otra pluma.
Los guardias llegaron corriendo. Se detuvieron cuando vieron a Martina.
—Necesitamos ver al Gran Sabio —dijo ella, sin dar tiempo a que nadie formulara la pregunta—. Inmediatamente.
Los guardias no discutieron.
La Oficina
Tilio tenía el aspecto de alguien que lleva semanas en guerra consigo mismo y con el mundo exterior en paralelo y que ya no distingue cuál de los dos conflictos le cuesta más. Las ojeras eran más profundas que cuando Fox había partido. Los informes sobre el escritorio habían crecido en una proporción que sugería que no todos podían estar leídos.
Levantó la vista cuando Fox entró.
—Has vuelto —dijo.
—He vuelto.
—¿Paul?
—Vivo. Pero los símbolos lo están consumiendo más de lo que los informes podían transmitir.
Tilio asintió con el asentimiento de quien confirma algo que sabía sin tener manera de saberlo con certeza, y que esa confirmación no le alivia sino que le da una forma específica a lo que ya cargaba.
—¿La carta?
Fox llevaba días preparando esta respuesta. No el contenido — el contenido era simple — sino la manera de darlo que fuera más útil que culpable.
—La carta llegó —dijo—. El rastro que Nalia había añadido fue disuelto por Paul antes de abrirla. Los símbolos lo hicieron. —Una pausa—. El puente de Kaelan me lo advirtió en el camino de ida, y esa advertencia llegó a tiempo.
Tilio cerró los ojos un momento.
—El rastro fue disuelto —repitió, como quien verifica la solidez de un hecho antes de apoyarse en él.
—Sí. La carta que Tilio escribió llegó a Paul exactamente como Tilio la escribió.
Martina dio un paso al frente.
—Paul me pidió que le dijera algo —dijo—. Personalmente. No por carta.