Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo X: El Fuego que Quema el Alma

Las bestias llegaron antes de lo previsto.

No dos días, como Paul había calculado. Una noche. Esa diferencia de tiempo — dieciséis horas que la lógica de Nalia había decidido recortar, porque la lógica de Nalia no negociaba con los plazos que sus enemigos consideraban seguros — fue suficiente para que nada de lo que Tilio había empezado a planear esa mañana estuviera listo.

El primer aviso llegó como avisan las cosas que nadie espera con suficiente urgencia: un grito desde la muralla norte que los pasillos del castillo tradujeron en eco antes de que ningún guardia de protocolo pudiera convertirlo en informe. Luego las campanas. No las campanas de los turnos ni las de la hora canónica — las otras, las de bronce pesado que los primeros arquitectos del castillo habían instalado específicamente para que su tañido llegara a todos los rincones de la capital sin depender de la dirección del viento.

Tilio las oyó en su oficina.

No había dormido. Había pasado las cuatro horas desde que Paul y Martina entraron al castillo revisando el mapa de Olin, ajustando la información falsa que Dessen recibiría, construyendo con Fox la arquitectura de un plan que dependía de demasiadas cosas que no podía controlar y que por eso mismo tenía que ser más sólido en las que sí podía.

Las campanas disolvieron todo eso.

—Fox —dijo, levantándose de la silla.

Fox ya estaba en la puerta.

—Las bestias —dijo—. En la muralla norte.

—¿Cuánto tiempo llevan?

—Los centinelas las vieron hace menos de diez minutos. Ya hay bajas.

Tilio tomó la espada del gancho junto a la puerta. Era ceremonial — nunca la había usado en combate real — pero era lo que había. Se la ciñó al cinturón con los movimientos de alguien que no sabe exactamente qué va a necesitar pero que sabe que no tiene tiempo de buscar algo mejor.

—Paul —dijo.

—Está durmiendo. Martina está con él.

—Que no lo despierten todavía. —Tilio caminó hacia la puerta—. Todavía no.

La Muralla Norte

Marcus llevaba siete minutos en la muralla norte cuando Tilio llegó.

No desde que comenzó la batalla — Marcus había llegado a la muralla en cuatro minutos desde que las campanas sonaron, lo que era el tiempo de un hombre que duerme con las botas puestas durante las guerras y que tiene la ruta desde su habitación hasta el puesto de mando de la muralla norte grabada en la memoria muscular de los pies. Los otros tres minutos los había usado para evaluar lo que tenía, lo que no tenía, y lo que podía improvisarse con la diferencia.

Lo que tenía: cuatrocientos soldados humanos de las brigadas entrenadas por Elroan, en posición, con espadas y lanzas y la instrucción de no usar magia aunque la tuvieran. Lo que no tenía: tiempo suficiente para que el resto de las brigadas llegaran desde los cuarteles del sur.

Lo que podía improvisarse: nada que tuviera a mano. Por eso, cuando Tilio apareció en lo alto de la escalera de la muralla, Marcus sintió algo que raramente sentía — alivio al ver a alguien llegar — y luego inmediatamente lo que seguía siempre al alivio en un campo de batalla: la conciencia de que quien llega no cambia la aritmética de lo que se enfrenta.

—General —dijo Tilio, asomándose sobre el parapeto.

Las bestias estaban en el campo al norte de las murallas. No en masa compacta — en columnas, lo que era más perturbador, porque implicaba algo parecido a una estrategia. La columna del centro ya había alcanzado la base de la muralla y estaba escalando por una de esas maneras que los informes habían descrito sin que ninguno de los que los leyeron hubiera podido imaginarlas del todo: no con garras en el sentido convencional sino con la capacidad de adherirse a la piedra que las criaturas del Caos tenían, como si la frontera entre su cuerpo y la superficie de cualquier cosa fuera una frontera negociable.

Kael, el centinela de diecinueve años que Fox recordaría después cuando leyera el informe, ya estaba en el suelo.

—Las tenemos en tres puntos de la muralla norte —dijo Marcus, con la economía de quien ya ha evaluado y solo necesita transmitir las conclusiones—. Las brigadas de Elroan aguantan en el centro. Los flancos tienen problemas.

—¿Qué necesita?

—Tiempo. Siempre tiempo.

—Lo que no tenemos.

—Exactamente.

Tilio miró el campo. Las columnas de bestias que todavía no habían alcanzado la muralla se movían con esa fluidez específica de las cosas que no distinguen entre el obstáculo y el camino porque para ellas no hay diferencia. Las que ya escalaban avanzaban sin urgencia — no porque fueran lentas sino porque la urgencia implica la posibilidad de no llegar, y estas no tenían esa posibilidad en su horizonte visible.

—¿Los dragones?

—Seraphine tiene a Fuego en la torre sur. Está esperando instrucciones. —Marcus apretó la mandíbula—. No puedo darle instrucciones útiles. Si el dragón usa fuego, las bestias lo absorben y se hacen más grandes.

—¿Pero Fuego puede actuar sin usar fuego?

Marcus lo miró.




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