Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo XI: La Huida de los Inocentes

La batalla en la muralla norte había terminado.

Las bestias se habían retirado — no derrotadas, sino recalibradas, que era una distinción que Tilio había aprendido a hacer en las últimas horas con la misma claridad con que se aprenden las distinciones que cuestan algo. Derrotadas implicaba que no volverían. Recalibradas significaba que Nalia había observado lo que había funcionado y lo que no, y que el siguiente envío sería diferente. Más adaptado. Más informado por lo que estas bestias habían encontrado antes de que Paul las empujara hacia atrás.

Nadie en las murallas sabía exactamente qué había ocurrido en esos tres minutos. Los soldados murmuraban que había sido algo parecido a un milagro. Los magos hablaban de interferencia arcana con la terminología imprecisa de quienes describen algo que sus categorías no alcanzan. Los Elemens no decían nada — agradecían a sus dragones y a los símbolos y al hecho de seguir de pie, que en ese orden era el inventario completo de lo que había salvado la muralla.

Tilio sabía la verdad. No lo que había ocurrido exactamente — eso solo los símbolos lo sabían — sino que lo que había ocurrido le había costado a Paul algo que no podría devolverse con descanso.

El Hospital

Paul yacía en la cama del hospital del castillo con los símbolos al nivel más bajo que nadie le había visto, pulsando con la irregularidad de algo que no sabe si debe seguir o detenerse y que está resolviendo esa pregunta en tiempo real sin acceso a la información necesaria para resolverla bien.

Los curanderos lo habían examinado tres veces en la primera hora. Aelindel — la elfa de cabello plateado que Fox recordaba de Pitra, a quien Martina había pedido específicamente porque era la única curandera viva que había tratado a Paul antes y que por lo tanto tenía un punto de comparación — salió de la sala con la expresión de quien ha llegado a una conclusión que no le gusta.

—Gran Sabio —dijo.

Tilio se separó de la pared donde había estado esperando.

—¿Cuánto?

Aelindel lo consideró.

—Sus tres corazones laten. El primero, con normalidad suficiente para mantener la circulación básica. El segundo — el que genera el poder elemental — está prácticamente silencioso. El tercero... —Una pausa que tenía el peso de la información que se tarda en dar no porque sea difícil de decir sino porque es difícil de recibir—. El tercero late, pero por debajo del umbral en que normalmente funciona la regeneración. Está usando lo que le queda para mantenerse activo antes de reparar, lo que significa que si recibe una herida ahora, aunque sea pequeña, no tiene capacidad de sanarla.

—¿Cuándo puede despertar?

—Eso no lo puedo controlar yo. Lo controlan los símbolos.

—¿Y los símbolos?

Aelindel miró la sala donde Paul estaba. Los símbolos eran visibles desde la puerta, incluso con la intensidad mínima que tenían: una luminosidad apenas perceptible que pulsaba con el mismo ritmo irregular que los corazones.

—Los símbolos lo están protegiendo —dijo—. En el sentido en que lo mantienen en un estado donde su cuerpo puede hacer lo que tiene que hacer sin que su mente interfiera. Pero no tengo manera de saber cuánto tiempo más pueden hacer eso antes de que necesiten más de lo que él tiene para dárseles.

Tilio asintió.

—¿Algo que podamos hacer?

—Nada que acelere. Sí cosas que no empeoren. Que la sala esté tranquila. Que nadie intente comunicarse con él a través de los símbolos sin que Eril lo supervise. —Una pausa—. Y que Martina esté con él.

—¿Por qué Martina?

—Porque su gema de conexión y los símbolos de Paul están en la misma frecuencia de alguna manera que ningún texto que haya leído explica con precisión. Cuando ella está cerca, el pulso de los tres corazones se regula. —Aelindel lo dijo con la incomodidad de quien da información que no puede fundamentar teóricamente—. No sé por qué. Pero es lo que observo.

—Entonces Martina se queda.

Tilio entró en la sala.

Paul tenía el rostro de alguien que ha dado todo lo que tenía y que ha descubierto, en el acto de darlo, que tenía más de lo que sabía que tenía. No el rostro de la derrota — el otro, el más difícil de mirar, el de quien ha ganado algo a un costo que la victoria no compensa del todo.

—No te perdono —murmuró Tilio, de pie junto a la cama, en la voz de las palabras que no se dicen para ser oídas sino porque el silencio es peor—. No te perdono por hacer esto. Por usarlo todo sin decirme que lo ibas a usar todo.

Paul no respondió.

Martina, sentada en la silla del otro lado, lo miró.

—No lo decía para ti —dijo Tilio.

—Lo sé —respondió Martina—. Pero es lo mismo de todas formas.

Tilio la miró.

—¿Cómo estás tú?

—Cansada. —Lo dijo sin dramatismo—. Viajé durante un día y una noche, liberé a Fox de una cueva, cabalgué en dragón, y ahora estoy aquí sentada viendo a mi marido con los símbolos casi apagados. —Una pausa—. Podría estar peor.

—¿Tienes hambre?




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