El hospital del castillo Dracking olía a lo que huelen los hospitales cuando la guerra lleva suficiente tiempo para que los curanderos hayan dejado de tener los recursos que la guerra inicial no había consumido todavía: hierbas en lugar de medicamentos elaborados, agua hervida en lugar de los ungüentos que los alquimistas producían cuando había alquimistas con tiempo para producirlos, y debajo de todo eso, el olor que ninguna hierba cubre completamente, que es el olor de la carne que está haciendo lo que la carne hace cuando ha recibido daño — repararse o no repararse, con la misma indiferencia orgánica ante cuál de los dos caminos elige.
Los heridos de la muralla norte llenaban las salas que habían estado preparadas para la mitad de esa cifra. Los curanderos se movían entre las camillas con la concentración específica de quien ha tenido que aprender a priorizar en tiempo real porque no hay tiempo para hacerlo de otra manera: este primero, este puede esperar, este ya no puede ser ayudado, sigue. El ciclo que ningún curandero aprende en la formación porque no hay manera de enseñarlo hasta que ocurre.
En el ala este, en la sala más apartada del corredor principal, el silencio era de otra clase.
Paul yacía con los símbolos apagados.
No tenues. No bajos. Apagados, con la apagación completa de las cosas que han dado todo lo que tenían para dar y que lo siguiente que hagan será determinado por algo más profundo que la decisión consciente. Su piel tenía el color de la piedra pálida, y las marcas donde los símbolos habían ardido durante meses eran ahora exactamente eso — marcas, sin la luminiscencia que las había convertido en algo diferente a tatuajes.
Sus tres corazones latían.
Eso era lo que Aelindel había confirmado tres veces en la última hora: que latían. No a qué ritmo, no con qué regularidad, no cuánto tiempo más seguirían haciéndolo. Latían. En este punto, eso era toda la información que el hospital podía dar.
Martina no había movido la silla desde que la puso junto a la cama, horas atrás. Sus manos descansaban sobre las de Paul — no sujetándolas con la desesperación de quien teme que al soltar se pierda algo, sino con el contacto quieto de quien ha decidido que estar presente es lo único que puede hacerse y que hacerlo completamente es la única forma de hacerlo.
No lloraba.
Las lágrimas habían ocurrido antes, en los momentos en que el cuerpo necesita liberar lo que no puede sostener indefinidamente. Ahora el cuerpo había encontrado otro modo: la quietud del agotamiento profundo, que no es paz pero que se le parece desde fuera.
—Paul —susurró—. Vuelve.
Los símbolos no respondieron.
El Campo de Cenizas Blancas
En algún lugar entre el estado en que los símbolos lo mantenían y el estado al que su cuerpo quería ir, Paul caminaba.
No el campo que Tilio había visto en su sueño con Nalia — ese era negro y rojo, con el peso de algo que amenaza. Este era diferente: cenizas blancas bajo sus pies, del tipo que produce el fuego cuando ha terminado completamente su trabajo y lo que queda ya no tiene ninguna amenaza, solo la quietud del proceso acabado. El cielo era azul, no el azul del cielo de día sino el azul más profundo del cielo en el momento exacto entre el ocaso y la noche, cuando el color tiene toda su intensidad antes de que la oscuridad lo borre.
En el horizonte, una figura.
No se acercó a ella. No necesitó — la figura avanzó hacia él con el movimiento de las personas que saben adónde van sin necesitar calcular la ruta.
Era una mujer joven, o al menos tenía la apariencia de una mujer joven, con la particularidad de que las apariencias en ese espacio tenían una relación diferente con la verdad de lo que la representaban. Vestida con algo blanco que no era exactamente ropa — más parecido a lo que la ropa intentaría ser si pudiera ser solo su esencia sin su materialidad. El cabello oscuro caía con la gravedad correcta, que era lo más extraño: que las cosas en ese espacio tuvieran la física correcta cuando todo lo demás era distinto.
—¿Quién eres? —preguntó Paul.
La pregunta era necesaria aunque intuyera la respuesta. Hay preguntas que se hacen no para obtener información sino para establecer que el intercambio es entre dos personas que reconocen la presencia mutua.
—Los que los crearon —respondió ella— me llamaron de maneras que el tiempo borró. Los que los estudiaron después me llamaron la Madre de los Símbolos, que es más descripción que nombre, pero que ha servido. —Una pausa—. Tú me puedes llamar como quieras. Los que llegan hasta aquí suelen llamarme de las maneras que les resultan más útiles.
—¿Por qué estoy aquí?
—Porque los símbolos trajeron lo que podían cargar hasta donde podían cargarlo. Lo que viene después es tuyo, no suyo.
Paul miró sus manos. En ese espacio, los símbolos no eran marcas en la piel sino algo más parecido a lo que las marcas describían: presencia directa, sin el medio de la piel, de lo que habían estado conteniendo.
—El precio —dijo.
—El precio.
—¿Cuánto me has cobrado ya?
La mujer lo miró con los ojos del color de algo que Paul no supo catalogar exactamente.