El equipo partió al amanecer, como Tilio había dicho que partiría.
No por la puerta principal del castillo — por la puerta del acueducto, en el subsuelo del ala este, que llevaba a un canal seco que los arquitectos del castillo habían abandonado siglos atrás cuando el río que lo alimentaba cambió de curso. El canal terminaba fuera de las murallas de la capital, en una salida que los mapas oficiales no registraban porque los canales abandonados no se registran en los mapas oficiales, y que Tilio conocía porque Tilio llevaba veinte años estudiando cada pasaje del castillo y sus alrededores con la conciencia de que algún día necesitaría una salida que nadie más supiera que existía.
Fox iba al frente.
No con la armadura que el Grupo Alca usaba — la armadura visible era precisamente lo que no necesitaban en un movimiento que dependía de no ser visto. Ropa oscura, capas que absorbían la luz en lugar de reflejarla, la daga en el cinturón y el arco al hombro. Su gema de conexión estaba activa con el pulso mínimo que los Elemens aprenden a sostener cuando necesitan que el vínculo esté disponible sin que emita la frecuencia que otras gemas detectan a distancia.
Detrás de él, Elaine, con la espada de Johan al cinto. Con la espada iba algo que Fox no podía ver pero que se sentía: el peso específico de llevar el arma de alguien que ya no está para usarla, que Elaine llevaba con la postura de quien ha decidido que ese peso es parte del equipo y no una carga adicional.
Los dos Elemens de las brigadas de Seraphine — Kael y Dorn, nombres que Fox aprendió en el corredor del castillo la noche anterior — cerraban la fila con la postura de los soldados que han recibido instrucciones claras y que tienen la disciplina de no modificarlas hasta que la situación lo requiera.
Paul caminaba entre Fox y Elaine.
Caminaba. Eso ya era algo, después del estado en que había estado la noche anterior. Sus pasos tenían la firmeza que produce la determinación cuando el cuerpo no puede ofrecerla por sí mismo. Los símbolos en su piel estaban apagados todavía — o más exactamente, en el modo que Eril habría llamado latencia profunda, donde la energía se conserva para el momento en que sea necesaria en lugar de gastarse en ninguna otra cosa.
—Una hora de canal —dijo Fox, en voz baja, sin volverse—. Después, campo abierto. El primer punto de guardia de la Convención está a cuatro horas de marcha hacia el sur. El mapa de Olin tiene tres rutas de esquive. Las he estudiado. Las conoceré de memoria cuando las necesitemos.
—¿Sabes cuál de las tres es mejor? —preguntó Elaine.
—Depende de cuánto hayan cambiado las posiciones en el tiempo que Olin lleva fuera del territorio. El mapa tiene semanas. Las posiciones de guardia pueden haber cambiado.
—¿Y si cambiaron?
—Improvisamos con lo que encontramos. Eso también lo he estudiado.
Elaine no respondió. Era el tipo de respuesta que no requería respuesta — la afirmación de que había trabajo hecho que podía corroborarse o no sobre el terreno, y que la única manera de corroborarlo era ir.
El canal olía a tierra seca y a la memoria del agua que había pasado por ahí suficiente tiempo para dejar sus minerales en las paredes de piedra. Sus pasos resonaban de una manera que ninguno de ellos podía controlar del todo, y Fox los controló lo que pudo acelerando el ritmo para que la resonancia tuviera menos tiempo entre golpes y por lo tanto menos lectura individual.
Lo que Dessen Hizo
Dessen actuó a las nueve de la mañana.
No con violencia. No con ninguno de los métodos que la imaginación de los espías de las novelas de corte usaba para justificar su existencia. Con una carta, que era el método más antiguo y más difícil de interceptar completamente porque los castillos tienen demasiadas salidas para que todas puedan vigilarse simultáneamente con la atención necesaria.
No la salida principal. No el correo de campaña que Tilio había reorganizado semanas atrás y que pasaba por manos en las que confiaba. La salida que usó Dessen era una paloma mensajera, de las que los magos de comunicaciones mantenían en el tejado norte del ala de servicio para los mensajes que necesitaban llegar antes que un jinete.
La paloma voló hacia el sur.
Tilio la vio desde la ventana de su oficina, porque había puesto un observador en el tejado norte específicamente para ese momento, y el observador era Yorvenn el anciano, que no tenía las piernas para correr pero tenía los ojos y la voluntad de un hombre que lleva décadas haciendo exactamente el tipo de observación que nadie más en el castillo podría haber hecho con la misma precisión.
—La paloma del tejado norte —dijo Yorvenn, en la puerta de la oficina, sin aliento pero con las palabras claras—. Ha salido. Hacia el sur. Hace tres minutos.
—¿Color?
—Gris con el anillo de cobre en la pata izquierda. De las de comunicación urgente, no de las de registro ordinario.
Tilio asintió.
—Gracias, Yorvenn.
El anciano se retiró.
Tilio miró el reloj de arena sobre el escritorio. Las nueve y cuarto. El equipo de Fox llevaba tres horas en movimiento. Según sus cálculos, estaban saliendo del canal ahora mismo o acababan de salir, y en la siguiente media hora entrarían en el primer tramo de campo abierto.