Las bestias llegaron desde el este antes de que el sol hubiera decidido salir.
No era el amanecer todavía — era el gris anterior al amanecer, esa hora que pertenece a los centinelas y a las cosas que prefieren no ser vistas en la luz completa. Los centinelas de la muralla este fueron los primeros en detectarlas: no con los ojos, que en esa penumbra no habrían llegado suficientemente lejos, sino con la percepción elemental que los Elemens de guardia tenían activa durante los turnos nocturnos, la frecuencia baja que distingue la presencia de algo que se mueve con propósito del movimiento ordinario del viento y los animales.
Tres de los cuatro Elemens de la guardia este tocaron sus campanas simultáneamente.
El cuarto no tuvo tiempo.
Seraphine estaba en el corredor del castillo cuando las campanas llegaron. No dormida — había vuelto de la torre oeste cuando el gris empezó a distinguirse del negro, y había pasado la hora siguiente en ese estado intermedio entre el sueño que el cuerpo necesita y la vigilia que la mente no termina de soltar. Las campanas del este la pusieron de pie antes de que su mente decidiera que estaba despierta.
Tardó cuarenta segundos en estar armada.
Fuego la esperaba en el patio del castillo cuando llegó, con las alas semi-extendidas y los ojos orientados hacia el este con la atención de algo que ha sentido lo que se acerca antes de que la primera campana sonara.
—¿Cuántas? —preguntó Seraphine, por el vínculo.
—Muchas —respondió Fuego—. Más que en el norte. Y no vienen en columnas.
—¿En qué vienen?
—En masa.
Seraphine montó. Fuego despegó antes de que ella terminara de ajustarse.
La Muralla Este
Lo que vio desde el aire era diferente a lo que había visto en la muralla norte.
En el norte, las bestias habían llegado en columnas con algo parecido a una estrategia — la vanguardia, el cuerpo principal, las bestias más grandes en posición de absorber lo que el ejército de Elroan enviara contra ellas antes de que llegaran las que venían detrás. Era el tipo de disposición que implica un cerebro detrás, aunque ese cerebro no fuera de los que piensan como los cerebros humanos.
Lo que llegaba por el este era diferente.
Era una marea.
No columnas sino una frente continua, del tipo que produce algo que ha decidido que la superficie de contacto lo es todo y que la profundidad de la formación se encargará del resto. Las bestias se movían pegadas unas a otras con la eficiencia horrible de algo que no tiene espacio personal porque no tiene la categoría biológica de necesitar espacio personal.
La muralla este, la más antigua de Draxcan, tenía menos soldados que la norte.
Los generales habían concentrado las brigadas de Elroan en la norte porque la primera oleada había venido de allí, y redistribuir había tomado tiempo que el amanecer no había concedido.
Seraphine evaluó todo eso en los veinte segundos del vuelo desde el patio del castillo hasta la muralla este.
—Necesitamos tiempo —dijo a Fuego—. No victoria. Tiempo para que Elroan mueva sus brigadas desde el norte.
—¿Cuánto tiempo?
—El que podamos comprar.
Fuego rugió. No el rugido de señal sino el de posición — el que anuncia a los soldados en la muralla que algo más grande que ellos acaba de llegar al mismo lado.
Los soldados de la muralla levantaron la vista.
—¡Comandante! —gritó el capitán de guardia, un elfo de cabello oscuro y la postura tensa de quien lleva media hora conteniendo algo que sabe que no puede contener solo mucho más tiempo—. ¡No aguantamos sin refuerzos!
—Los refuerzos están en camino —respondió Seraphine, desde el lomo de Fuego—. Necesito que aguanten doce minutos más.
—¡No tenemos doce minutos!
—Entonces tenemos los que tenemos y los usamos bien.
Desmontó sobre la muralla.
El capitán se llamaba Naerim, lo recordó mientras se ponía a su lado. Treinta años de servicio. Había estado en Pitra, en los días antes de que Pitra fuera atacada. Era el tipo de soldado que Seraphine habría querido tener en todos sus flancos.
—¿Las flechas con aceite de los químicos? —preguntó.
—Agotadas. Las usamos en la primera oleada del norte.
—¿Cuántos arqueros?
—Cuarenta. Sin el aceite son flechas ordinarias. Las bestias pequeñas caen. Las grandes las ignoran.
Seraphine miró la frente de bestias que avanzaba. Cien metros. Ochenta.
—Los arqueros apuntan a las pequeñas —dijo—. No a las grandes. Las grandes son problema de los soldados de primera línea. Las pequeñas llenan los huecos entre los grandes y anulan la ventaja de la formación.
—Las pequeñas son el treinta por ciento de lo que viene.
—Lo sé. Pero es el treinta por ciento que mata la formación desde dentro.
Naerim lo procesó y dio la orden.