En las profundidades del sur, donde los subreinos caídos olían a la ceniza que produce el tiempo sobre las ruinas cuando nadie las recoge, Darmir estaba muriendo.
No como mueren los seres que tienen un solo cuerpo y que cuando ese cuerpo falla ya no hay nada más. Era más específico que eso: la carne de Cilion, que Darmir había ocupado durante meses con la comodidad de un instrumento bien adaptado, se estaba rindiendo a lo que Paul había hecho en el patio de Pitra. El ataque de los símbolos del Caos en aquel patio había eliminado la mitad derecha del cuerpo de Cilion, y lo que quedaba — el lado izquierdo, el brazo, la media cara — había funcionado durante semanas con la tenacidad de algo que no sabe que debería haber parado ya.
Ahora lo sabía.
Darmir sentía el proceso con la claridad fría de quien lo observa desde dentro sin poder detenerlo. No era doloroso exactamente — el dolor requiere que el tejido nervioso funcione con suficiente normalidad para transmitir la señal, y el tejido nervioso de lo que quedaba de Cilion llevaba días funcionando por debajo de ese umbral. Era más parecido al apagado gradual de algo que tuvo luz y que ya no la tiene: primero los bordes, luego las capas intermedias, finalmente el centro.
El centro todavía resistía.
Pero no por mucho.
Kidtez observaba desde la entrada de la cueva con los brazos cruzados y la expresión de quien ha decidido que la impaciencia es la única respuesta honesta ante algo que no puede apresurar.
—¿Cuánto te queda? —preguntó.
—Horas —respondió Darmir, con la voz que sale cuando la laringe ya no tiene el apoyo muscular completo que la rodea—. Un día, si tengo suerte.
—Nalia necesita que estés operativo para el ataque final.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y estoy esperando sus instrucciones.
Kidtez se apartó del marco de la entrada y entró a la cueva. La luz rojiza del suelo lo iluminaba desde abajo con ese efecto que hace que los rostros parezcan diferentes a sí mismos.
—¿Por qué esperar instrucciones? Sabes lo que necesitas. Encuentra un cuerpo nuevo.
—Los cuerpos que puedo tomar no están aquí —respondió Darmir—. El proceso de transferencia requiere contacto directo y el sujeto tiene que ser lo suficientemente robusto para lo que vendrá después. El tipo de persona que necesito no se encuentra en los subreinos caídos.
—¿Dónde, entonces?
Darmir abrió el único ojo que le quedaba.
—En Draxcan.
La Conversación con Nalia
La conexión se estableció con la facilidad de las cosas que han ocurrido tantas veces que el canal ya no necesita preparación.
—Madre —dijo Darmir, en el espacio que no era exactamente mental pero tampoco era otra cosa—. El cuerpo de Cilion termina.
—Lo sé —respondió Nalia—. Lo he visto.
—Necesito instrucciones sobre la transferencia.
El silencio de Nalia tenía una calidad que Darmir había aprendido a leer durante toda su existencia — no el silencio de quien no tiene respuesta sino el de quien evalúa cuánta de la respuesta debe compartir.
—Hay un soldado en el Castillo Dracking —dijo finalmente—. Está en el registro de los que volvieron del sur con Paul. Joven, Elemens, con la fuerza física que necesitas para lo que viene. Su nombre en los registros del ejército es Ren.
—¿Ren? —La voz de Darmir tuvo un matiz que no era exactamente sorpresa pero que se le acercaba—. ¿El mismo que estuvo en el punto de contacto?
—El mismo. —Una pausa—. Por eso es útil. Ya tiene acceso al círculo de Paul. Ya conoce el castillo. Y ya conoce la planificación que se hace alrededor de Paul.
—Pero si desaparece, lo notarán. Fue parte del equipo que selló la grieta.
—No desaparecerá. Seguirá siendo Ren. Lo que cambiará es quién lo habita.
Darmir procesó eso con la lentitud que el estado de su cuerpo prestado imponía a cualquier proceso.
—¿Y Tilio? ¿No detectará la diferencia?
—Tilio detecta lo que sus sentidos pueden detectar y lo que su red de información le transmite. Sus sentidos no distinguen entre un Elemens y otro Elemens cuando el que observa no tiene percepción elemental activa. Y su red de información incluye ahora a Dessen, que transmite lo que yo quiero que transmita.
—Dessen trabaja para él ahora.
—Dessen trabaja para quien le conviene más en cada momento. Lo que le conviene en este momento es hacer lo que Tilio dice. Eso puede cambiar.
—¿Y si no cambia?
—Entonces Ren — tú — estarás en posición de cambiar cosas que Dessen no puede cambiar.
Darmir cerró el ojo.
El plan tenía la elegancia específica de los planes que se construyen sobre las debilidades que el enemigo no sabe que tiene. Ren conocía el castillo. Ren conocía a las personas que rodeaban a Paul. Ren había estado en el punto de contacto y sabía exactamente qué había ocurrido ahí y qué quedaba en los símbolos de Paul.