El consejo de ancianos de Draxcan no se había reunido formalmente desde antes de que la guerra comenzara.
No por falta de asuntos que discutir — Tilio sabía, por los informes que Fox le entregaba con regularidad desde los primeros meses de su mandato, que los ancianos llevaban años reuniéndose de manera informal, en las casas de los más influyentes, discutiendo lo que consideraban que el gobierno hacía mal sin la formalidad de una convocatoria oficial que los obligara a hacer pública su posición. Eran hombres y mujeres que habían gobernado el reino en distintas capacidades durante el mandato de Reax, la mayoría humanos con algunos élficos entre ellos, y que carecían de poder ejecutivo real desde que el sistema del Gran Sabio había centralizado la autoridad, pero que conservaban algo casi tan valioso: la capacidad de influir en la opinión pública de los distritos que llevaban décadas escuchándolos.
La solicitud de una reunión formal, esta vez, había llegado con una insistencia que Fox describió como "diferente a lo habitual".
Tilio los recibió en el salón del trono.
No porque quisiera hacer una demostración de poder — aunque el efecto sería ese de todas formas — sino porque el salón del trono era el único espacio del castillo lo suficientemente formal para que una reunión con el consejo de ancianos tuviera el peso protocolario que ellos mismos habían insistido en solicitar.
—Gran Sabio —dijo el anciano más viejo, un hombre de barba blanca y postura encorvada llamado Orlin—. Gracias por recibirnos.
—No me han dado mucha opción —respondió Tilio, sin la hostilidad que la frase podría haber sugerido en otro tono, pero sin suavizarla tampoco—. La insistencia de la solicitud era considerable.
—Los tiempos que corren requieren insistencia, Gran Sabio.
—¿De qué quieren hablar?
Orlin intercambió una mirada breve con los otros seis ancianos presentes, del tipo que produce cuando un grupo ha acordado de antemano quién habla primero pero necesita confirmar, en el último momento, que todos siguen dispuestos a seguir el guion.
—De la sucesión —dijo, finalmente.
Tilio no cambió la expresión, aunque algo en su interior se tensó con la familiaridad de las conversaciones que uno anticipa antes de que empiecen del todo.
—¿La sucesión de qué?
—La suya, Gran Sabio. —Orlin lo dijo con la voz cuidadosamente neutral de quien ha ensayado la formulación para que suene menos alarmante de lo que en realidad pretende ser—. La guerra que hemos vivido no distingue entre soldados y civiles, entre humanos y Elemens, entre el Gran Sabio y cualquier otro ciudadano de este reino. Usted mismo ha estado en las murallas durante los ataques. Ha caminado entre los escombros del Distrito Sur. Ha corrido riesgos que el protocolo tradicional habría desaconsejado.
—Los he corrido porque el reino los necesitaba.
—Lo sabemos. Y lo respetamos. —Orlin hizo una pausa calculada—. Pero el reino también necesita certeza sobre lo que ocurriría si esos riesgos, algún día, no salieran a su favor.
—¿Qué proponen?
—Que designe formalmente un sucesor. Alguien preparado para asumir el mando si usted cayera en el cumplimiento de su deber.
Tilio guardó silencio durante un momento, evaluando no la propuesta en sí — que en términos abstractos no era irrazonable, y que había considerado él mismo en más de una noche de insomnio — sino la manera en que llegaba, con esta insistencia específica, en este momento específico.
—¿Y quién sugieren ustedes? —preguntó.
Orlin sacó un pergamino de su túnica con la fluidez de quien lo llevaba preparado desde antes de entrar a la sala.
—El consejo ha discutido varios nombres —dijo, desenrollándolo—. General Elroan, cuya disciplina y experiencia militar son intachables. General Marcus, cuya lealtad al reino nadie cuestionaría. Comandante Seraphine, aunque la legalidad de su posición como Elemens es un tema que requeriría discusión adicional. —Una pausa deliberada—. Y el general Aldric, cuya gestión de la defensa del este durante el asedio y su reciente aseguramiento de Trevane han demostrado una capacidad estratégica considerable.
Tilio lo escuchó con la atención específica que llevaba semanas dedicando a cualquier mención de Aldric, notando la manera en que Orlin había colocado su nombre al final de la lista, con el peso adicional de un logro reciente que Tilio sabía, mejor que nadie en esa sala, que había sido en gran parte una jugada táctica suya y no un mérito puro de Aldric.
—¿Por qué Aldric en particular? —preguntó, con la neutralidad de quien busca información sin revelar cuánto ya tiene.
—Porque los clanes lo respetan —respondió Orlin—. Porque tiene la experiencia de mando que la sucesión requeriría. Y porque, si me permite la franqueza, Gran Sabio, hay quienes en este consejo consideran que su gestión de la crisis desde el principio de la guerra ha sido... errática. Decisiones que parecen contradecirse. Información que se comparte con unos generales y no con otros. Aldric representa, para algunos de nosotros, una alternativa de mayor previsibilidad.
Tilio sintió el peso completo de lo que Orlin acababa de decir, no en las palabras explícitas sino en lo que sugerían: que alguien, en algún nivel del consejo de ancianos, tenía suficiente conocimiento de las decisiones internas de Tilio —la información compartida selectivamente, las aparentes contradicciones que en realidad eran parte de estrategias más complejas de lo que el consejo podía ver— para construir un argumento en torno a ellas.