Draxcan: La Paz no Llega

Capítulo V: Lo que Cada Uno Calla

La noche había caído sobre Draxcan con el peso específico de las noches después de una revelación pública: no la oscuridad ordinaria que descendía cada atardecer con puntualidad casi burocrática, sino algo más denso, más cargado, como si la ciudad entera hubiera contenido la respiración durante el día y ahora, con las antorchas encendidas en las murallas y las calles vaciándose de comerciantes y soldados, se permitiera por fin soltarla en un suspiro largo y tembloroso que recorría los callejones como un animal invisible.

Tilio no podía dormir.

Llevaba más de una hora tumbado sobre las sábanas revueltas de su cama, los ojos fijos en el techo de piedra donde las sombras de las velas dibujaban formas que no terminaban de ser nada reconocible, repasando cada instante de la reunión en el salón con la meticulosidad obsesiva de quien no puede decidir todavía si lo que hizo fue un acto de valentía histórica o el error político más grande de su liderazgo. El techo no le devolvía respuestas, por supuesto —los techos rara vez lo hacen—, pero él seguía buscándolas igual, en las grietas de la piedra, en el parpadeo de la cera consumiéndose, en el silencio demasiado grande de una habitación que había sido testigo de tantas noches de insomnio que ya casi podía considerarse un personaje más de esta historia.

Se había quitado la túnica de ceremonia con las manos todavía temblorosas por la adrenalina residual, pero no había conseguido quitarse el peso de las palabras dichas. Las sentía todavía en el pecho, no como un orgullo limpio sino como una brasa que no terminaba de enfriarse, algo entre la satisfacción y el vértigo. Las palabras ya estaban fuera. Ya habían llegado a los oídos de los ancianos, de los representantes de los clanes, de los consejeros, de los guardias que estaban junto a la puerta y que, inevitablemente, hablarían con otros guardias y esos guardias con otros más hasta que la noticia fuera tan pública como los bandos que se pregonaban en la plaza. No había manera de recuperarlas, de meterlas de vuelta en la boca y tragárselas como si no hubieran existido. Y aunque en el momento de decirlas había sentido una certeza tan sólida como el mármol del suelo que pisaba, ahora, en la oscuridad de su habitación, la certeza se había agrietado ligeramente, dejando pasar por esas grietas todas las preguntas que no se había permitido hacer antes de hablar.

¿Había calculado bien los apoyos? ¿De verdad creía que los clanes del sur iban a respaldar una enmienda que cambiaba una tradición de siglos solo porque Vorn, en un arranque de lealtad que ni él mismo esperaba, había hablado a favor? ¿Y si los ancianos conseguían bloquear el proceso con maniobras dilatorias, con votos comprados en los pasillos, con la clase de política subterránea que su padre nunca le había enseñado porque su padre nunca había necesitado aprenderla desde su puesto en los archivos? ¿Y si todo esto, al final, no servía para nada excepto para dejarlo sin el cargo que había heredado y sin ella?

Ese era el pensamiento que más le dolía, el que volvía una y otra vez como una muela infectada que la lengua no puede dejar de tocar. No era el poder lo que le preocupaba perder —había descubierto, con cierta sorpresa, que el título de Gran Sabio le importaba menos de lo que había creído cuando asumió la responsabilidad—, sino la posibilidad de que su decisión de hoy acabara apartándolo precisamente de aquello por lo que la había tomado. La ironía habría sido casi cómica si no fuera tan dolorosa: arriesgarlo todo por amor y terminar sin amor y sin nada que ofrecer.

Se incorporó en la cama, apartando las sábanas con un gesto brusco. El aire de la habitación estaba frío, como siempre en esa época del año, pero él no sentía el frío. Sentía otra cosa: una inquietud física que le pedía movimiento, que le exigía no quedarse quieto mientras su cabeza daba vueltas como un animal enjaulado. Se puso las botas sin molestarse en abrocharlas del todo, se echó una capa por encima de la ropa de dormir y salió al pasillo sin un destino claro, solo con la necesidad de caminar, de hacer algo con el cuerpo mientras la mente seguía su propia batalla.

Dos pisos más arriba, en una habitación que había sido asignada a los representantes de los clanes del norte pero que en la práctica se había convertido en su refugio personal desde que la guerra la trajo de vuelta a la capital, Seraphine tampoco dormía.

Estaba de pie junto a la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto que no era de enfado sino de contención, como si necesitara sujetarse físicamente para no desmoronarse en pedazos que nadie, excepto quizás una persona, sabría cómo volver a unir. Llevaba puesta una túnica sencilla, sin los adornos de rango ni las insignias de su clan, y con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros de una manera que la hacía parecer más joven y más vulnerable de lo que nunca permitiría que la vieran en público. La ventana daba a las murallas exteriores, donde las antorchas de los centinelas dibujaban un camino de puntos luminosos que se perdía en la oscuridad hacia el sur, hacia Kidtez, hacia todo lo que aún quedaba por resolver.

Pensaba en Vorn. No podía evitarlo. La imagen de su viejo amigo —porque sí, a pesar de todas las distancias impuestas por el rango y la política, Vorn seguía siendo su amigo— poniéndose en pie en medio del salón y hablando con una convicción tan absoluta seguía golpeándola por dentro como una campanada cuya vibración no terminaba de apagarse. No era solo lo que había dicho, aunque las palabras habían sido poderosas en su simplicidad. Era cómo lo había dicho: sin dudar, sin calcular, sin ese instinto político de protegerse las espaldas que era la segunda naturaleza de cualquier anciano con dos dedos de frente. Vorn había hablado como hablaba un guerrero, poniendo el cuerpo donde estaban sus palabras, sin dejar una puerta abierta para retirarse si la cosa salía mal.



#1385 en Fantasía
#177 en Paranormal
#73 en Mística

En el texto hay: poder y fantasia, amor prohido, altafantasia

Editado: 09.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.