Draxcan: La Paz no Llega

Capítulo VII: El Tigre en la Grada

Las gradas del anfiteatro militar de Draxcan llevaban meses sin usarse.

En tiempos de paz, aquel había sido el lugar donde los generales presidían desfiles y los soldados jóvenes competían en torneos de entrenamiento bajo la mirada de una ciudad que todavía podía permitirse el lujo de mirar la guerra como espectáculo en lugar de como amenaza inmediata. Ahora el polvo cubría los asientos de piedra. Las malas hierbas habían encontrado sitio entre las grietas que nadie se había molestado en reparar. Y en la arena, donde antes los reclutas medían su destreza con espadas de práctica, no había nada más que el silencio específico de los espacios que la guerra ha vaciado de su propósito original.

Tilio caminaba por el borde de la arena con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en un punto que no correspondía a nada concreto.

No sabía con exactitud por qué había venido. Sus pies lo habían llevado ahí de la misma manera en que lo habían llevado a la torre oeste meses atrás — sin decisión consciente, siguiendo algún instinto que la mente no terminaba de articular.

—Gran Sabio —dijo una voz a sus espaldas.

Se volvió. Era Fox.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Tilio.

—Lo mismo que usted, según parece. Caminar sin rumbo aparente.

—No creo en las casualidades.

—Yo tampoco. Por eso lo seguí desde el castillo.

Tilio esbozó algo que no era del todo una sonrisa.

—Eres un buen asistente, Fox.

—Soy un buen observador. Eso es lo que necesita ahora, más que un asistente ordinario.

Fox se acercó y se sentó en una de las gradas bajas. Tilio hizo lo mismo, con el cansancio visible de quien lleva días sosteniendo demasiadas conversaciones difíciles seguidas.

—¿En qué piensa? —preguntó Fox.

—En una frase antigua —respondió Tilio, después de un momento—. El tigre en la grada. Significa que el peligro real no está donde uno pelea abiertamente. Está en las gradas, entre los que observan, entre los que deberían apoyarte y esperan en cambio el momento de sacar ventaja.

—¿Se refiere a Orlin?

—A Orlin. A los ancianos que lo respaldan. Y a quien sea que esté usando el nombre de Aldric en esas reuniones secretas del Distrito Sur, sea o no el propio Aldric.

Fox asintió, con la seriedad de quien lleva días dándole vueltas al mismo problema sin haber encontrado todavía la pieza que lo resuelva.

—Necesito que te infiltres entre los ancianos —dijo Tilio—. Como hiciste con la Convención hace un año.

—Los ancianos no son guerreros —observó Fox—. No son la Convención. No hay campamento que penetrar, ni fuego que apagar de un hombre con hijos que no puede salvarse.

—Son más peligrosos que cualquier guerrero, precisamente porque no llevan espadas —respondió Tilio—. Usan palabras, influencia, la paciencia de quien puede esperar años para que su jugada dé fruto. Y ahora mismo, alguien está usando ese tipo de arma contra mí, con un nombre prestado que no sé todavía si es real o falso.

Fox lo consideró.

—Lo haré —dijo—. Pero necesito que confirme algo primero. Si descubro que Aldric mismo está detrás de esto, ¿qué hago?

Tilio guardó silencio, con el peso de una pregunta que llevaba tiempo evitando responderse a sí mismo con total honestidad.

—Entonces habré estado equivocado sobre él durante meses —dijo, finalmente—. Y tendré que actuar en consecuencia, aunque me cueste admitir que la paciencia que he tenido con él fue un error en lugar de una estrategia acertada.

—¿Y si no es Aldric?

—Entonces alguien lleva meses construyendo una trampa lo suficientemente elaborada para usar su nombre sin que él lo sepa, lo que significa que ese alguien conoce el castillo, conoce mis decisiones internas, y tiene la paciencia y los recursos para ejecutar un plan a largo plazo sin que nadie lo note hasta ahora.

—Eso es peor.

—Mucho peor.

Lo que Nadie Vio en las Sombras

Mientras Tilio y Fox hablaban en las gradas vacías, en lo alto del anfiteatro, entre los arcos que el tiempo había dejado sin uso, una figura observaba con la quietud de quien lleva la práctica suficiente para no producir ni una sombra que delate su posición.

No era Aldric.

Era alguien que llevaba semanas cultivando el arte de parecerse a Aldric en cada gesto y cada decisión pública, mientras conducía, en la sombra, una operación completamente distinta.

La figura escuchó cada palabra de la conversación entre Tilio y Fox con la atención de quien recopila información para usarla después, y cuando ambos se levantaron para volver al castillo, se apartó de las sombras de los arcos superiores con el mismo silencio con el que había llegado.

Cruzó las calles vacías de Draxcan en esa hora en que la ciudad ya dormía pero los guardias todavía no habían empezado a rondar con la frecuencia de las horas más peligrosas. Llegó a una casa modesta en el borde del Distrito Sur, entre los escombros que todavía no habían terminado de despejarse, donde nadie preguntaba con demasiado interés quién entraba o salía después del anochecer.



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En el texto hay: poder y fantasia, amor prohido, altafantasia

Editado: 09.07.2026

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