Ren despertó en la sala del hospital con un dolor de cabeza que no se parecía a ningún dolor que recordara haber tenido antes.
No era el dolor localizado de una herida. Era algo más difuso, como si su propia mente hubiera estado apretada durante semanas en un espacio demasiado pequeño para ella y ahora, liberada, necesitara tiempo para volver a ocupar todo el lugar que le correspondía.
—¿Estás bien? —preguntó Aelindel, que llevaba la última hora observándolo desde la silla junto a la cama con la atención específica de quien ha tratado suficientes casos difíciles para saber que la recuperación de este tipo no sigue ningún manual predecible.
—Sí —respondió Ren, aunque la palabra le costó más esfuerzo del que debería—. Solo... el dolor de cabeza.
—Es normal, dadas las circunstancias. —Aelindel le puso una mano en la frente, con el gesto profesional que había repetido cientos de veces con otros pacientes, aunque nunca con uno cuyas circunstancias fueran remotamente parecidas—. ¿Recuerdas algo de las últimas semanas?
Ren cerró los ojos, intentando reconstruir lo que su mente le ofrecía.
—Fragmentos —dijo, finalmente—. La cueva del punto de contacto. Sellamos la grieta con Kael y Dorn. Después de eso, hay... oscuridad. Como si hubiera estado dormido sin soñar, pero al mismo tiempo consciente de que algo pasaba a mi alrededor sin que yo pudiera participar de ello.
—Eso coincide con lo que Eril anticipó. Los textos que trajo de Eltrix mencionan que algunos huéspedes conservan impresiones sensoriales de lo que la entidad hizo con su cuerpo, aunque no como memoria propia completa.
—¿Impresiones de qué tipo?
Aelindel lo consideró antes de responder, con la cautela de quien no quiere sugerir recuerdos que el paciente todavía no ha formado por sí mismo.
—Eso lo descubrirás tú, con el tiempo. No te fuerces a recordarlo todo de golpe.
Ren asintió, aunque la inquietud no desapareció del todo.
—¿Cuánto tiempo estuve así?
—Casi tres semanas.
El silencio que siguió tuvo el peso específico de quien intenta procesar una ausencia de tiempo tan grande sin poder llenarla con nada concreto.
Lo que Fox Le Contó
Fox visitó a Ren esa misma tarde, con la disculpa que llevaba días preparando y que sabía, de todas formas, que no sería suficiente para cubrir del todo lo que Ren había vivido sin haberlo elegido.
—Necesito contarte lo que ocurrió —dijo, sentándose junto a la cama—. Con precisión. Sin suavizarlo.
—Te escucho.
Fox se lo contó todo: la visita al hospital semanas atrás, la sensación de que algo en los ojos de Ren no correspondía a la conversación que estaban teniendo, la confirmación de Yorvenn con el cristal, el ritual de separación que Eril había dirigido en la sala del ala este.
Ren escuchó sin interrumpir, con la mirada fija en un punto de la pared que no correspondía a nada concreto, procesando la información con la misma calma con que había procesado, meses atrás, la orden de sellar una grieta en el fondo del mundo.
—Darmir usó mi cuerpo —dijo, cuando Fox terminó—. Durante tres semanas. Hizo cosas. Dijo cosas. Con mi cara.
—Sí.
—¿Qué cosas?
Fox dudó.
—No lo sé con certeza —admitió—. Actuó con normalidad la mayor parte del tiempo, cumpliendo tus turnos de guardia, manteniendo las apariencias. Lo que hizo con la información que obtuvo de estar cerca de Paul y del castillo, no lo sabemos completamente. Lo que sabemos es que transmitía lo que veía a Nalia, a través de un canal elemental que usaba tu gema de conexión sin que tú pudieras impedirlo.
Ren se llevó la mano al pecho, donde su gema descansaba bajo la ropa del hospital.
—¿Todavía funciona con normalidad?
—Yorvenn la examinó después del ritual. Confirma que la frecuencia es la tuya, sin ninguna capa adicional.
Ren cerró los ojos.
—¿Y Darmir? —preguntó—. ¿Qué pasó con él?
—Contenido. En un cristal que Yorvenn preparó específicamente para eso. —Fox lo miró con atención—. ¿Quieres saber más sobre eso, o prefieres no pensarlo por ahora?
—Quiero saberlo —dijo Ren, con una firmeza que sorprendió a Fox por su claridad, dado el estado en que se encontraba—. Necesito entender qué hizo con mi cara antes de poder volver a llevarla sin sentir que sigue siendo, de alguna manera, suya.
El Peso de lo que No se Recuerda
Los días siguientes, Ren pasó las horas de recuperación intentando reconstruir, con la ayuda de Aelindel y de los pocos testigos que habían estado cerca de él durante las tres semanas de ausencia, un mapa aproximado de lo que había ocurrido con su propio cuerpo mientras él no estaba presente para vivirlo.
Lian, su compañero de tienda, fue el primero en visitarlo con información concreta.
—Estuviste extraño —dijo, sentándose en la silla que Aelindel había dejado libre—. Más callado de lo normal. Con una manera de mirar a la gente que no era la tuya.