La ley original número siete del Reino Sagrado de Draxcan decía, en su redacción más antigua, grabada en piedra en los archivos del senado desde antes de que ningún Gran Sabio viviente hubiera nacido:"Queda terminantemente prohibida la unión entre personas de diferentes razas cuando una de ellas ocupe el trono o cargo de sucesión directa. Aquellos que violen esta ley serán despojados de sus títulos y su descendencia quedará excluida de cualquier derecho de sucesión. La ley es la ley."
Tilio la conocía de memoria. La había leído tantas veces en las últimas semanas que las palabras habían perdido, en algún punto, la capacidad de sorprenderlo, aunque no la de pesarle.
—Necesito los votos de al menos cuatro de los seis clanes representados en el consejo para que la enmienda avance —dijo, extendiendo el pergamino sobre la mesa de la sala de estrategias, donde Fox y Paul lo esperaban—. Los Elemens ya están de nuestro lado, gracias a Vorn. Pero Vorn no habla por todos los Elemens, y mucho menos por los elfos o los magos.
—¿Cuántos tenemos confirmados? —preguntó Fox.
—Uno. Los Elemens. Los demás están en deliberación, que es la manera educada de decir que todavía no se han decidido.
Paul, que ya podía caminar sin ayuda aunque el esfuerzo le costara más de lo que antes le habría costado, se sentó frente al mapa con el cuidado de quien todavía está reaprendiendo los límites de su propio cuerpo.
—¿Qué dice Orlin sobre esto? —preguntó.
—Orlin sigue en contra, con la misma insistencia de siempre —respondió Tilio—. Pero algo cambió en él en las últimas semanas. Fox me dice que sus reuniones con la figura que se hace llamar Aldric son menos frecuentes de lo que eran.
—¿Crees que está dudando?
—Creo que empieza a sospechar que lo están usando, aunque todavía no tenga pruebas suficientes para actuar sobre esa sospecha.
Fox asintió, con la seriedad de quien lleva semanas siguiendo ese hilo con la paciencia que Tilio le había enseñado.
—¿Y los elfos? —preguntó Paul.
—Divididos. Algunos apoyan la enmienda porque creen que fortalece al reino, especialmente después de ver lo que Seraphine hizo durante la guerra. Otros se oponen por principio, porque cualquier cambio a las leyes fundamentales del reino les parece un riesgo innecesario en un momento donde ya hay demasiada incertidumbre.
—¿Y los magos?
—Indiferentes, en su mayoría. No tienen prohibiciones similares en sus propias tradiciones, así que el tema no les toca de la misma manera directa. Pero tampoco tienen razón para arriesgar capital político apoyando algo que no les afecta personalmente.
Paul consideró todo eso con la misma velocidad analítica que había aplicado a cada decisión importante desde que había recuperado la conciencia después del cráter.
—Necesitas algo más que argumentos abstractos —dijo—. Necesitas que vean lo que arriesgan si no cambian la ley, no solo lo que ganarían si la cambian.
—¿Como qué?
—Como lo que casi perdieron en esta guerra. Cuántos Elemens murieron defendiendo Draxcan sin que la ley los reconociera como iguales al humano que gobernaba. Cuántos matrimonios mixtos existen ya, en secreto, entre soldados que lucharon codo a codo durante meses y que la ley obliga a esconder lo que sienten.
Tilio lo miró con atención.
—¿Existen esos matrimonios?
—Más de los que crees —respondió Paul—. La guerra ha hecho que la gente deje de importarle tanto quién es de qué raza cuando la persona a su lado le ha salvado la vida tres veces en una misma batalla.
El Distrito Humano
Tres días después, Tilio habló en una plaza del Distrito Humano.
No fue un discurso anunciado con pregoneros ni campanas oficiales. Fue algo más informal, convocado por el propio representante del distrito, ante unos cientos de personas que llevaban semanas reconstruyendo sus casas con las manos y que tenían, en este momento de sus vidas, poca paciencia para la retórica vacía.
—No vengo a pedirles que me apoyen porque soy su Gran Sabio —dijo Tilio, de pie sobre una plataforma improvisada con maderas recuperadas de los escombros—. Vengo a pedirles que piensen en lo que han visto en esta guerra. Cuántos de ustedes lucharon junto a un Elemens en la muralla norte. Cuántos vieron a un elfo curar a un soldado humano sin preguntar de qué distrito venía. Cuántos perdieron a alguien que amaban sin que importara, en ese momento, si era de su misma raza.
La multitud escuchaba en silencio, con la atención específica de quien ha vivido lo suficiente de la guerra para no necesitar que le expliquen sus costos.
—Sé que muchos ya conocen mi situación —continuó Tilio—. Ya no es un secreto. Amo a una mujer Elemens, y la ley actual dice que ese amor, si se hiciera formal ante este reino, me costaría el derecho de que mis hijos, si algún día los tengo, hereden lo que yo he construido. No les pido que aprueben mi vida privada. Les pido que se pregunten si una ley que castiga el amor con la exclusión es una ley que sirve al reino, o una que solo sirve al miedo de quienes la escribieron hace generaciones.
Un hombre levantó la mano, con la barba entrecana y las manos callosas de quien había trabajado toda su vida con ellas.