Yorvenn llevaba tres días preparando el ritual cuando avisó a Tilio de que estaba listo.
No era el mismo proceso que había usado con Ren, meses atrás — separar una entidad de un cuerpo que la había estado habitando requería una magia distinta a la de confirmar, sin intervención directa, si una apariencia correspondía a la persona real o a un disfraz sostenido con arte suficiente para engañar incluso a quienes creían conocer bien al original.
—Necesito que Aldric regrese de Trevane —dijo Yorvenn, en la oficina de Tilio, con el cristal ya preparado sobre la mesa entre los dos—. El verdadero Aldric. Necesito compararlo directamente con lo que mis contactos han descrito del hombre que se reúne con Orlin.
—¿Puede la comparación hacerse sin que el impostor lo note? —preguntó Tilio.
—Si lo organizamos con cuidado, sí. El verdadero Aldric no tiene por qué saber por qué lo llamo. Puedo decirle que necesito examinarlo por rutina, dado el esfuerzo que hizo en Trevane.
Tilio asintió, con la precisión de quien lleva semanas calculando exactamente este momento.
—Convócalo —dijo—. Con discreción. Y prepara todo para que la confirmación sea definitiva antes de que actuemos sobre nadie.
El Verdadero Aldric
El general llegó al castillo tres días después, con el polvo del camino todavía en la armadura y la satisfacción visible de quien ha completado una misión difícil con éxito.
—Gran Sabio —dijo, inclinándose ante Tilio en el patio del castillo, con una formalidad que había sido, meses atrás, casi hostil, y que ahora tenía la calidad distinta de quien empieza a sentirse valorado por primera vez en mucho tiempo—. Trevane está asegurado. Las rutas de suministro para el perímetro norte pueden moverse con seguridad.
—Buen trabajo, general —respondió Tilio, con una sinceridad que Aldric, acostumbrado durante meses a la cautela calculada del Gran Sabio hacia él, notó con una sorpresa que no consiguió ocultar del todo.
—Gracias, Gran Sabio.
—Necesito que veas a Yorvenn antes de retirarte a descansar. Una revisión de rutina, dado el esfuerzo del último mes.
Aldric asintió sin sospechar nada, con la confianza de quien ha empezado a creer, con cada misión cumplida, que la desconfianza inicial de Tilio hacia él quedaba cada vez más atrás.
En el taller de Yorvenn, el anciano mago procedió con el mismo cuidado meticuloso que había usado en cada procedimiento anterior, examinando la frecuencia de la presencia de Aldric con el cristal de comunicaciones, comparándola con la descripción detallada que sus espías habían recopilado sobre el hombre que se reunía con Orlin en el almacén del Distrito Sur.
—¿Todo bien? —preguntó Aldric, sentado frente a él con la paciencia de quien ha aprendido, tras meses de guerra, a no cuestionar cada procedimiento médico o mágico que el castillo le exige.
—Todo bien —respondió Yorvenn, sin revelar todavía la conclusión a la que había llegado en los primeros minutos del examen—. Puede retirarse, general. Y gracias por su paciencia.
Aldric se levantó, se despidió, y salió sin sospechar que acababa de ser la prueba clave de una confirmación que cambiaría el curso de las siguientes semanas.
Cuando la puerta se cerró, Yorvenn se volvió hacia Tilio, que había observado todo desde el rincón de la sala.
—La frecuencia del verdadero Aldric no coincide con la que mis contactos describen —dijo—. Nada en su porte, en su voz, en la manera de moverse, corresponde a lo que se ha estado reuniendo con Orlin.
—¿Entonces quién es? —preguntó Tilio.
—Eso todavía no lo sé. Pero puedo confirmarte con certeza que el hombre que conspira con Orlin no es Aldric. Es alguien que ha aprendido a imitarlo con una precisión considerable, usando algún tipo de magia de transformación que va más allá de un simple disfraz de apariencia.
—¿Podría ser Darmir de nuevo, escapando del sello?
—No —respondió Yorvenn, con firmeza—. Reviso el sello del cristal cada día. Darmir sigue contenido, sin capacidad de moverse ni de ejercer influencia externa. Sea quien sea el que está usando la identidad de Aldric, no tiene relación directa con lo que contuvimos hace semanas.
Tilio guardó silencio, con el peso de una amenaza sin nombre añadiéndose a las que ya llevaba semanas gestionando.
La Trampa
—Necesitamos tenderle una trampa —dijo Tilio, esa misma tarde, reunido con Fox y con Seraphine en la sala de estrategias—. Si le confirmamos a Orlin, sin revelar nuestra sospecha, que Aldric va a estar en un lugar específico en un momento específico, y si el impostor aparece ahí en su lugar, tendremos la confirmación visual que necesitamos para actuar.
—¿Cómo organizamos eso sin que Orlin sospeche? —preguntó Fox.
—A través de uno de sus propios contactos —respondió Seraphine—. Fox tiene acceso a los sirvientes de Orlin. Si uno de ellos "filtra" información sobre una reunión importante entre Tilio y Aldric, programada para dentro de unos días, el impostor tendrá que decidir si aparece o no ante Orlin explicando por qué no puede acudir en ese momento específico.
—Y si no lo explica bien —completó Fox—, Orlin empezará a hacer las preguntas que ya lleva semanas conteniendo.