Lirael recibió a Tilio y a Fox en la sala de consejo del Distrito Élfico, con la misma cortesía formal de siempre, aunque algo en la manera en que los hizo esperar antes de recibirlos sugería que ya intuía que la visita no era rutinaria.
—Gran Sabio —dijo, cuando finalmente los hizo pasar—. Fox. ¿A qué debo esta visita tan poco anunciada?
—A una advertencia —respondió Tilio, sin rodeos—. Alguien intenta influir en el voto de su consejo sobre la enmienda de sucesión, usando métodos que van más allá de la persuasión ordinaria.
Lirael arqueó una ceja, con la cautela específica de quien ha vivido lo suficiente para desconfiar de las advertencias que llegan envueltas en la urgencia del que las trae.
—Explíquese.
Fox relató lo ocurrido en la capilla abandonada del borde de su distrito: el encuentro con la figura que se hacía pasar por Aldric, la revelación de su verdadera naturaleza, la mención específica de un plan para influir al consejero mayor que se oponía a la enmienda.
Lirael escuchó sin interrumpir, con la expresión inmóvil que Tilio había aprendido a reconocer como la manera élfica de procesar información antes de reaccionar visiblemente a ella.
—¿Y quién es este consejero? —preguntó, cuando Fox terminó.
—Eso no lo sabemos con certeza —admitió Fox—. La sombra no llegó a nombrarlo directamente. Solo dijo que era alguien que ya había cultivado durante meses, sin que esa persona supiera para quién trabajaba realmente.
Lirael guardó silencio un momento largo, con la mirada perdida en un punto de la pared que no correspondía a nada concreto.
—Hay uno entre nosotros que se ha vuelto particularmente insistente en su oposición en las últimas semanas —dijo, finalmente, con una voz que había perdido parte de su neutralidad habitual—. Filaen. Lleva siglos en el consejo. Sus argumentos siempre fueron consistentes con su carácter, pero admito que la intensidad reciente me ha parecido... distinta a la que conocía de él.
—¿Podría hablar con él? —preguntó Tilio—. No para acusarlo directamente. Para observar si algo en su comportamiento confirma lo que sospechamos.
—Puedo intentarlo. Pero si está siendo manipulado sin saberlo, como sugiere Fox, confrontarlo con torpeza podría alertar a quien lo maneja antes de que tengamos pruebas suficientes.
—Lo sé —dijo Tilio—. Por eso vine a advertirle primero, en lugar de actuar por mi cuenta.
Lirael asintió, con algo que se parecía al respeto genuino en su expresión.
—Gracias por la confianza, Gran Sabio. La mayoría de sus predecesores no se habrían molestado en avisarnos antes de investigar por su propia cuenta en nuestro territorio.
Filaen
Esa misma tarde, Lirael convocó a Filaen a una conversación privada, con la excusa de discutir los detalles finales de la votación que se acercaba.
El anciano élfico llegó con la misma rigidez que Lirael recordaba de las últimas semanas: los hombros más tensos de lo habitual, la mirada con un brillo que no correspondía del todo a la calma contemplativa que había caracterizado su carácter durante los siglos que llevaba en el consejo.
—Lirael —dijo, sentándose frente a ella—. ¿Qué necesitas discutir?
—Tu posición sobre la enmienda —respondió ella, con la naturalidad calculada de quien busca información sin revelar que la busca—. Ha sido consistente en tu oposición, pero he notado que en las últimas semanas tus argumentos han cambiado de tono. Antes hablabas de tradición. Ahora hablas de peligro inminente, de disolución, de amenazas que no habías mencionado antes.
Filaen guardó silencio un instante, con una vacilación que Lirael, observando con la atención renovada que la visita de Tilio le había dado, registró con toda su fuerza.
—Los tiempos cambian —dijo, finalmente—. Y con ellos, los argumentos que uno considera relevantes.
—¿Alguien te ha estado hablando sobre esto? —preguntó Lirael, con una suavidad que no correspondía del todo a la gravedad de la pregunta—. ¿Alguien fuera del consejo?
Filaen se tensó de una manera que confirmó, más que cualquier respuesta verbal, lo que Lirael ya sospechaba.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque me preocupa tu bienestar, viejo amigo —respondió Lirael, con una honestidad que era, en parte, genuina—. Y porque he recibido información que sugiere que alguien podría estar usándote sin tu conocimiento pleno.
Filaen la miró con una mezcla de desconcierto y algo más profundo, algo que empezaba a parecerse a la duda que Orlin había sentido semanas atrás.
—Hay un hombre —admitió, finalmente, con la voz más baja—. Se presentó como un consejero humano, preocupado por las mismas cosas que yo. Me ha estado visitando durante semanas, compartiendo argumentos, reforzando lo que yo ya pensaba pero con una claridad que... —Se detuvo—. Ahora que lo dices en voz alta, me doy cuenta de que nunca le pregunté su nombre completo. Ni de dónde venía. Simplemente... confié.
Se detuvo de nuevo, con la confusión visible en su rostro, como si el propio acto de intentar recordar los detalles de esas conversaciones le resultara más difícil de lo que debería ser.