Los días siguientes a la votación fueron extraños.
La guerra no había terminado —nadie en Draxcan albergaba esa ilusión, no después de meses de aprender a la fuerza que Nalia nunca dejaba de calcular—, pero algo en su ritmo había cambiado. Las bestias no atacaban. Las grietas menores que Nalia había estado probando en distintos puntos del reino dejaron de abrirse, una tras otra, con un silencio que resultaba más inquietante que cualquier asedio anterior.
Paul pasaba la mayor parte del tiempo en la sala pequeña que Aelindel le había asignado en el hospital del castillo, no porque estuviera en crisis médica —su recuperación seguía su curso, lenta pero constante— sino porque desde ahí, en la quietud que el resto del castillo raramente le ofrecía, podía concentrarse en la sensibilidad que le quedaba tras el cumplimiento de los símbolos.
—Algo está cambiando —dijo a Martina, una tarde, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas—. No sé exactamente qué. Pero el ritmo del Caos, el que percibo desde el cráter, se ha alterado.
—¿Alterado cómo?
—Más lento. Más deliberado. Como si Nalia hubiera dejado de improvisar grietas menores y estuviera, en cambio, planeando algo con más cuidado.
Martina le tomó la mano, con el gesto que había repetido tantas veces a lo largo de los últimos meses que ya no necesitaba pensarlo.
—¿Puedes descansar sin sentirlo? —preguntó—. ¿Aunque sea unas horas?
—Puedo intentarlo. Pero cada vez que lo intento, algo en mí se resiste a dejar de prestar atención. Como si supiera que apartar la mirada, aunque sea un momento, pudiera costarnos algo importante.
—Eso también es un precio que estás pagando —dijo Martina, con la honestidad que Paul había aprendido a valorar en ella desde mucho antes de que la guerra empezara—. No físico. Pero un precio de todas formas.
Paul abrió los ojos y la miró con algo que se parecía a la culpa.
—Lo sé.
—No te pido que dejes de hacerlo. Solo te pido que sepas que lo veo.
La Conversación con Andreisis
Andreisis visitó a su padre esa misma tarde, con la armadura ligera que había llevado en su vuelo desde las cuevas del norte todavía puesta, y con el cansancio del viaje visible en cada movimiento, aunque no lo suficiente para disminuir la determinación que Paul reconocía en ella desde que era niña.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, sentándose junto a la cama.
—Como un anciano cansado que todavía no ha terminado su trabajo —respondió Paul—. ¿Y tú? ¿Cómo estuvo el vuelo con Sera y los refugiados?
—Largo. Peligroso en el segundo día. —Andreisis le contó, con el mismo cuidado que Martina le había enseñado a organizar la información, el ataque en el bosque y la intervención de los dragones que había traído desde Eltrix.
—Hiciste bien —dijo Paul, con orgullo genuino en la voz—. Torvin y Sera hablarán bien de ti cuando esto termine.
—Eso espero. —Andreisis dudó un momento, con la expresión de quien tiene algo distinto que preguntar—. Papá. ¿Qué sientes tú del voto? De la enmienda que finalmente pasó.
—Alivio —respondió Paul, sin necesidad de pensarlo—. Alivio de que Tilio y Seraphine ya no tengan que esconder lo que son el uno para el otro. Alivio de ver que este reino, a pesar de todo lo que ha perdido en esta guerra, todavía puede cambiar para bien cuando se le da la oportunidad correcta.
—¿Y qué piensas sobre lo que dijiste tú mismo, hace tiempo, sobre matrimonios mixtos que ya existían en secreto entre los soldados?
Paul la miró con atención, notando en la pregunta algo más personal de lo que Andreisis parecía dispuesta a admitir directamente.
—¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó, con la suavidad de quien no quiere presionar pero tampoco quiere ignorar la señal.
Andreisis se sonrojó, con la misma expresión que Paul recordaba de cuando era una niña y la sorprendían en alguna travesura que no sabía cómo confesar.
—Todavía no —dijo, finalmente—. Pero quizás algún día.
Paul sonrió, con la calidez de quien ha aprendido, en meses de guerra, a valorar cada pequeño fragmento de vida ordinaria que consigue abrirse paso entre las crisis.
—Cuando ese día llegue, quiero conocerlo —dijo—. Sea quien sea.
—Lo sabrás primero que nadie.
Se quedaron en silencio un momento, con la luz de la tarde entrando por la ventana del hospital.
—Cuando esto termine —dijo Paul, después de un rato—, quiero que vuelvas a Eltrix. Que ayudes a reconstruir lo que la guerra dañó.
—¿Y tú?
—Yo me quedaré aquí, con Tilio, mientras el reino me necesite.
—Y yo te necesito a ti.
—Lo sé —respondió Paul, con la ternura de quien reconoce el peso de esas palabras sin poder ofrecer, todavía, la certeza completa que Andreisis merecía—. Pero a veces, lo que necesitamos no es lo mismo que lo que debemos hacer.
Andreisis bajó la mirada, con la misma preocupación que Paul reconocía en ella desde que había asumido, meses atrás, el mando interino de Eltrix con apenas veinte años.