Nalia había escuchado, a través de los canales débiles que le quedaban tras el corte del vínculo, algo que no debería haber llegado hasta ella con tanta claridad: un fragmento de la conversación entre Tilio y Darmir, filtrado por algún resquicio que ni Yorvenn había conseguido sellar del todo.
No todo. Lo suficiente.
Lo suficiente para saber que su hijo había hablado de Equimio con el enemigo. Lo suficiente para sentir, en algún lugar profundo de sí misma que llevaba siglos sin necesitar examinar, algo que se parecía peligrosamente al pánico.
—Kidtez —dijo, con la voz que reservaba para los momentos en que la calma calculadora amenazaba con quebrarse.
Su hijo apareció desde las sombras del túnel más cercano.
—¿Madre?
—Darmir habló. Con Tilio. Sobre Equimio.
Kidtez sintió que algo en él se tensaba con una violencia que no había anticipado.
—¿Qué dijo?
—Lo suficiente para que ahora sepan lo que somos en comparación con lo que él es. —Nalia cerró los ojos, con el peso de siglos de cautela cuidadosamente mantenida empezando a resquebrajarse—. Lo suficiente para que empiecen a calcular cómo usar esa información contra mí.
—¿Qué vas a hacer?
Nalia guardó silencio un momento largo.
—Voy a demostrar que todavía tengo poder suficiente para que valga la pena negociar conmigo —dijo, finalmente—. Antes de que decidan que ya no lo necesitan.
—¿Y el riesgo de Equimio? Darmir dijo que exceder los límites podría atraer su atención.
—Lo sé. —Nalia abrió los ojos, con una determinación fría que Kidtez reconocía de los momentos más peligrosos de su madre—. Por eso no será un ataque sin control. Será preciso. Suficiente para recordarles lo que pueden perder. No tanto como para que Equimio decida que he roto algo que no debía romper.
—¿Y si te equivocas en el cálculo?
Nalia no respondió a eso.
Alzó los brazos.
La Apertura
La plaza principal de Draxcan, reconstruida a medias en los meses posteriores al asedio, tembló poco antes del amanecer con una violencia que ningún centinela había anticipado.
No fue gradual. La tierra se abrió con un sonido que los que lo escucharon desde varias calles de distancia describirían después como el de algo que se rompe desde dentro, no desde fuera —una fractura que subía desde las profundidades del suelo con la fuerza acumulada de algo que llevaba tiempo preparándose sin que nadie lo notara.
Una columna de luz rojiza se elevó desde la grieta, más intensa que cualquiera de las anteriores desde el corte del vínculo principal.
—¡Alarma! —gritó el primer guardia que la vio, con la voz quebrándose ante la magnitud de lo que tenía delante.
Las campanas comenzaron a sonar, extendiéndose por la capital con la urgencia específica que meses de guerra habían enseñado a distinguir de cualquier otro tañido.
Las primeras bestias emergieron antes de que las brigadas más cercanas terminaran de formar posición.
No eran las sombras pequeñas y ágiles que habían probado las defensas del bosque norte semanas atrás. Eran mayores —no del tamaño de edificios, pero sí lo suficientemente grandes para que su presencia sola produjera el tipo de pánico que ninguna instrucción táctica podía anticipar del todo entre los civiles que todavía dormían en las calles cercanas.
El Aviso
Tilio estaba despierto cuando el temblor llegó hasta su oficina, con la vela de resina barata todavía encendida y el cuaderno de cuero negro abierto sobre el escritorio.
Salió al balcón antes de que Fox terminara de cruzar el corredor.
—Gran Sabio —dijo Fox, sin aliento—. La plaza principal.
—Lo veo. —Tilio observaba la columna de luz rojiza con la misma quietud calculadora que había desarrollado a lo largo de meses de crisis—. Convoca a los generales. Todos. Y a Paul.
—Paul está en el hospital.
—Tráelo de todas formas. Necesito lo que puede sentir, aunque no pueda actuar directamente.
Fox salió corriendo.
Tilio bajó al patio, donde Seraphine ya montaba a Fuego, con la armadura puesta y la espada de siempre al cinto.
—Sube —dijo ella, sin necesidad de más palabras.
Tilio montó detrás de ella. El dragón desplegó las alas.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Tilio, mientras despegaban.
—Evaluar antes de comprometer —respondió Seraphine, con la misma disciplina táctica que la había definido en cada batalla anterior—. No vamos a repetir los errores de las primeras oleadas. Fuego actúa con masa. Nada de fuego directo, nada que las alimente.
—¿Y la grieta?
—Necesitamos a alguien con afinidad de tierra suficientemente fuerte, y necesitamos que Paul confirme el punto exacto de sellado, como en el bosque norte.
Volaron hacia la plaza, donde el caos ya se había extendido en un radio que crecía con cada minuto sin contención.